- La alergia es una respuesta inmunitaria desproporcionada mediada a menudo por IgE frente a alérgenos ambientales o alimentarios inofensivos.
- En la reacción alérgica hay una fase de sensibilización sin síntomas y una fase de respuesta clínica con liberación de histamina y otros mediadores.
- El equilibrio entre células Th1/Th2, la microbiota intestinal y factores genéticos condicionan el riesgo de desarrollar enfermedades alérgicas.
- La combinación de evitación, fármacos sintomáticos e inmunoterapia específica permite controlar y, en algunos casos, modificar la evolución de la alergia.

Cuando llega la primavera y empiezan a subir las temperaturas, muchas personas notan que estornudan más, les pican los ojos y la nariz se les congestiona. No es casualidad: en esta época se dispara la presencia de polen y otros alérgenos en el ambiente, y el sistema inmunitario de quienes son sensibles reacciona de forma exagerada. Aunque parezca que “solo” es molesto, detrás de una alergia hay un engranaje inmunológico muy complejo.
Entender cómo funciona esa maquinaria defensiva es clave para comprender por qué aparecen las alergias, qué papel tiene la inmunoglobulina E (IgE), la histamina, los linfocitos y el equilibrio entre TH1 y TH2, y por qué algunas personas desarrollan rinitis, asma, urticaria o incluso anafilaxia mientras que otras, expuestas a los mismos alérgenos, no presentan ningún síntoma. Vamos a desmenuzarlo paso a paso, pero con un lenguaje cercano y práctico.
Qué es el sistema inmunitario y para qué sirve
El sistema inmunitario es el gran sistema de vigilancia y defensa del organismo. Está formado por órganos, tejidos y células repartidos por todo el cuerpo que cooperan entre sí para mantener nuestra integridad frente a agentes potencialmente dañinos como virus, bacterias, hongos, parásitos o células tumorales.
Entre los órganos linfoides que forman este sistema se encuentran las amígdalas, el timo, el apéndice, la médula ósea, el bazo y los ganglios linfáticos, además de una extensa red de vasos linfáticos. También existe tejido linfoide asociado a las mucosas del aparato digestivo, respiratorio y genitourinario, donde se concentra buena parte de la actividad inmune porque son zonas de contacto constante con el exterior.
La función principal del sistema inmunitario se resume en dos tareas clave: reconocer lo propio y lo ajeno, y actuar en consecuencia. Identifica de forma continua las estructuras que pertenecen al organismo y las diferencia de todo aquello que percibe como extraño (antígenos). Frente a cada antígeno decide si lo tolera sin causar daño o si desencadena una respuesta defensiva agresiva.
Para ello, dispone de una inmensa diversidad de anticuerpos y de linfocitos capaces de reaccionar de forma específica ante prácticamente cualquier molécula. Además, tiene memoria: si se vuelve a encontrar con un antígeno conocido, responde con más rapidez y eficacia. Gracias a esto, las infecciones repetidas suelen ser más leves o ni siquiera llegar a manifestarse clínicamente.
Cuando este engranaje se altera, pueden aparecer distintos problemas: inmunodeficiencias (cuando el sistema falla por defecto y hay más infecciones), enfermedades autoinmunes (cuando ataca a estructuras propias) o, en el caso que nos ocupa, enfermedades alérgicas y otras formas de hipersensibilidad, en las que reacciona de forma desproporcionada frente a sustancias que, en principio, no son peligrosas.
Sistema inmunitario innato y adaptativo
El sistema de defensa cuenta con dos grandes líneas de actuación que trabajan de forma coordinada: la inmunidad innata y la inmunidad adaptativa. Ambas son imprescindibles y se influyen mutuamente.
La inmunidad innata es la primera barrera de protección, rápida y poco específica. Incluye barreras físicas (piel, mucosas), químicas (pH ácido, enzimas presentes en secreciones) y celulares (neutrófilos, macrófagos, células NK, células dendríticas, entre otras). Esta respuesta actúa de inmediato cuando un patógeno logra superar las barreras externas, intentando contener la invasión antes de que se extienda.
Si el agente infeccioso o agresor consigue esquivar o sobrepasar esta primera línea, se pone en marcha la inmunidad adaptativa. Este componente es más lento al principio, pero extremadamente específico y dotado de memoria. Aquí entran en juego principalmente los linfocitos B (productores de anticuerpos) y los linfocitos T (encargados de coordinar y ejecutar respuestas celulares muy concretas).
Un rasgo esencial es la capacidad del sistema inmune para distinguir entre lo propio y lo ajeno. Distintos elementos de la inmunidad innata y adaptativa se han especializado en enfrentarse a tipos concretos de patógenos (bacterias, virus, parásitos, células tumorales), generando respuestas muy distintas según la amenaza.
La presencia de un patógeno en los tejidos no implica necesariamente enfermedad. En muchas ocasiones, el sistema inmunitario consigue neutralizar y eliminar al invasor sin que notemos nada. Solo cuando la carga del patógeno es muy elevada, su agresividad es alta, o nuestras defensas están comprometidas o desreguladas, aparece la enfermedad. En el caso de las alergias, lo que falla no es la capacidad de defensa frente a un germen, sino la regulación fina de la respuesta frente a sustancias inofensivas.
El papel de la microbiota y el desarrollo inmune en la infancia
En los primeros años de vida, el sistema inmunitario se encuentra en pleno aprendizaje. Aunque a muchos padres les preocupe que los niños encadenen resfriados e infecciones leves, lo cierto es que la infancia es una etapa de intensa educación inmunológica, en la que el organismo entra en contacto con multitud de microorganismos que contribuyen a madurar sus defensas.
Durante el embarazo, el feto está relativamente protegido en el útero materno, pero al nacer se enfrenta de golpe a un entorno lleno de bacterias, virus y hongos. En ese momento se activa con fuerza la inmunidad innata como primera línea de defensa. Conforme avanza el tiempo, la inmunidad adaptativa va ganando protagonismo, generando respuestas cada vez más específicas y eficaces.
Un aspecto crítico en este proceso es el equilibrio entre distintos tipos de linfocitos T colaboradores, en particular las células TH1 y TH2. Durante los primeros meses existe de forma natural una predominancia de TH2. Para lograr un sistema equilibrado, determinadas bacterias beneficiosas del intestino deben estimular y favorecer la actividad TH1, de manera que se compense esa balanza.
En este punto, la microbiota intestinal adquiere un papel protagonista. Ciertas bacterias, sobre todo bifidobacterias y lactobacilos, ayudan a que las defensas maduren adecuadamente y a que la relación TH1/TH2 se mantenga bajo control. Cuando esto no ocurre y el perfil TH2 sigue predominando más allá de lo esperable, se incrementa la probabilidad de que el niño desarrolle reacciones alérgicas como eczema o dermatitis atópica.
Los estudios muestran que los lactantes con menor diversidad bacteriana en la microbiota intestinal tienen más riesgo de alergia. Esto se ve con más frecuencia en situaciones concretas: nacimiento por cesárea, uso repetido de antibióticos en etapas tempranas o alimentación con fórmula en lugar de lactancia materna. Además, el microbioma de la madre influye directamente en el del bebé, sobre todo en el parto vaginal, donde se produce una verdadera “siembra” de bacterias beneficiosas que ayudan a instaurar una microbiota equilibrada desde el inicio.
Antígenos, alérgenos y anticuerpos: conceptos clave
Para aclarar bien los mecanismos de la alergia conviene distinguir entre antígeno y alérgeno. Se llama antígeno a cualquier molécula que el sistema inmunitario reconoce como extraña y frente a la cual puede desencadenar una respuesta. Lo habitual es que, tras este reconocimiento, se establezca tolerancia o una respuesta defensiva proporcionada que no causa síntomas.
Un alérgeno, en cambio, es un antígeno con una característica especial: es capaz de inducir una respuesta alérgica en individuos predispuestos. Son sustancias que no representan un peligro real para las personas no alérgicas, pero que en los pacientes con alergia desencadenan la producción de un tipo concreto de anticuerpos, las inmunoglobulinas E (IgE), y toda una cascada inflamatoria.
Prácticamente cualquier sustancia puede actuar como alérgeno: pólenes, ácaros del polvo, epitelios de animales, alimentos, medicamentos, látex, moho o venenos de insectos, entre otros. Algunas son muy frecuentes y fáciles de identificar, mientras que otras pueden resultar esquivas y requerir estudios diagnósticos complejos.
Los anticuerpos, también llamados inmunoglobulinas (Ig), son proteínas producidas por los linfocitos B transformados en células plasmáticas. Circulan por la sangre y otros fluidos y se encargan de unirse a antígenos específicos. Existen cinco grandes clases: IgG, IgA, IgM, IgD e IgE, cada una con funciones concretas y distinta localización predominante.
En personas sanas, frente a muchos antígenos ambientales inofensivos (por ejemplo, pólenes inhalados), el sistema inmunitario desarrolla sobre todo anticuerpos del tipo IgG asociados a tolerancia o a respuestas controladas. En cambio, en los individuos alérgicos predomina la producción de IgE específica frente a esos mismos antígenos, lo que da lugar a las reacciones de hipersensibilidad inmediata.
La inmunoglobulina E (IgE) y la histamina en la alergia
La IgE, aunque es la inmunoglobulina menos abundante en sangre, desempeña un papel protagonista en las enfermedades alérgicas y en las infecciones por parásitos. En condiciones normales, su concentración es baja, pero se eleva de forma notable cuando el organismo entra en un contexto alérgico o parasitario.
Su función principal es unirse a receptores específicos presentes en la superficie de mastocitos y basófilos. Estas células contienen en su interior numerosos gránulos cargados de sustancias muy reactivas, entre ellas la histamina. Cuando un alérgeno entra en contacto con la IgE unida a estas células, se produce una señal intracelular que desencadena la liberación masiva de esos mediadores, dando lugar a la reacción alérgica.
La histamina es uno de los mediadores estrella de la inflamación alérgica por su abundancia y potencia. Se almacena en los gránulos de mastocitos y basófilos, y al liberarse produce varios efectos: dilatación de los vasos sanguíneos, aumento de su permeabilidad, picor intenso, enrojecimiento de piel y mucosas, salida de líquido hacia los tejidos (edema) y contracción del músculo liso bronquial.
Por este motivo, los antihistamínicos son fármacos de referencia para aliviar síntomas como el picor, la rinorrea acuosa, los habones de urticaria o el lagrimeo. Ahora bien, la histamina no es en absoluto “mala” por sí misma. Es una molécula imprescindible para el organismo, con funciones hormonales y de neurotransmisor implicadas en el ciclo vigilia-sueño, el control del apetito, la regulación de la secreción gástrica y el calibre de los vasos sanguíneos, entre otros procesos.
Junto a la histamina, los mastocitos y basófilos liberan otras moléculas como leucotrienos, proteasas, factores quimiotácticos, heparina, enzimas digestivas y mediadores que atraen más células inflamatorias. Todo este cóctel contribuye a amplificar y perpetuar la reacción alérgica en el tejido afectado.
Células inmunitarias implicadas en la alergia
Además de mastocitos y basófilos, en las reacciones alérgicas participan otras muchas células del sistema inmunitario, cada una con su papel específico dentro de la inflamación y la regulación de la respuesta.
Los mastocitos son células grandes, muy ricas en gránulos internos, que se sitúan justo debajo de los epitelios y mucosas, especialmente en la piel, el aparato respiratorio y el digestivo. No circulan por la sangre, sino que residen en los tejidos, donde pueden alcanzar densidades muy elevadas. Tienen la particularidad de expresar en su membrana una enorme cantidad de receptores para IgE (hasta cientos de miles por célula).
Los basófilos, por su parte, son leucocitos circulantes de pequeño tamaño que representan un porcentaje muy bajo de los glóbulos blancos. Al igual que los mastocitos, contienen gránulos llenos de mediadores inflamatorios y poseen receptores de alta afinidad para IgE, por lo que participan en las reacciones inmediatas cuando se encuentran con el alérgeno correspondiente.
Los eosinófilos son otro tipo de leucocito que adquiere protagonismo en el contexto de alergia y parasitosis. En condiciones normales su porcentaje es reducido, pero aumenta claramente en sangre y tejidos durante las enfermedades alérgicas. Sus gránulos contienen proteínas muy tóxicas para parásitos, hongos y bacterias, pero que también pueden dañar los tejidos propios, contribuyendo así a mantener la inflamación crónica en cuadros como el asma o ciertas rinitis.
Los linfocitos son las células “directoras de orquesta” de la respuesta adaptativa. Los linfocitos B se encargan de producir anticuerpos (incluida la IgE), mientras que los linfocitos T coordinan la producción de interleucinas y otras citoquinas; la expansión de células T puede estar condicionada por genes característicos. Dentro de estos últimos, los subgrupos Th1, Th2 y T reguladores son claves: Th2 favorecen la síntesis de IgE y el reclutamiento de eosinófilos; Th1 contrarrestan esa tendencia y se orientan más a la defensa frente a virus y determinadas bacterias; los T reguladores modulan la respuesta para que no se descontrole.
También intervienen las denominadas células presentadoras de antígeno (células dendríticas, macrófagos y linfocitos B), que captan el alérgeno, lo procesan y lo presentan en su superficie para que los linfocitos T lo reconozcan. Este paso es esencial para iniciar cualquier respuesta inmune específica, incluida la alérgica.
Interleucinas y citoquinas: el lenguaje químico de la inflamación
Las interleucinas y otras citoquinas son moléculas señalizadoras que permiten que las células del sistema inmunitario se comuniquen entre sí. Se producen por linfocitos, macrófagos, células dendríticas, células epiteliales, endoteliales, fibroblastos, mastocitos y muchos otros tipos celulares.
Cada interleucina tiene funciones concretas sobre el crecimiento, la activación o la diferenciación de distintas células. En la alergia, cobran especial importancia algunas producidas por los linfocitos Th2, como IL‑4, IL‑5 e IL‑13. La IL‑4 (y en menor medida la IL‑13) promueve la producción de IgE por parte de los linfocitos B, mientras que la IL‑5 impulsa la maduración y activación de eosinófilos.
En paralelo, otras citoquinas como el interferón gamma (IFN‑γ), producido por los linfocitos Th1, tienden a neutralizar o frenar la respuesta de tipo Th2, ayudando a equilibrar el sistema. Los linfocitos T reguladores secretan IL‑10, una interleucina con potente efecto modulador, que limita la inflamación inhibiendo la actividad de células presentadoras de antígeno y la producción de citoquinas proinflamatorias.
El resultado clínico de una alergia depende en gran medida de este juego de equilibrios y desequilibrios entre distintas interleucinas. En cuadros como la rinitis alérgica o el asma alérgico, suele detectarse un perfil claramente inclinado hacia Th2, con aumento de IL‑4, IL‑5 e IL‑13, abundancia de IgE específica y eosinofilia en sangre o tejidos.
De ahí que algunas líneas de tratamiento avanzadas en investigación busquen bloquear interleucinas concretas o potenciar IL‑10 y TGF‑β para suprimir la respuesta excesiva de células T frente a los alérgenos y controlar la inflamación de manera más dirigida que con los fármacos sintomáticos clásicos.
Qué es una alergia y por qué se produce
La alergia se define como una respuesta inmunitaria desproporcionada frente a sustancias del entorno que no son peligrosas en condiciones normales. El polen, ciertas proteínas de la leche de vaca, los ácaros del polvo o la caspa de los animales no suponen una amenaza para la mayoría de personas, pero en quienes son alérgicos desencadenan una reacción defensiva exagerada.
Desde el punto de vista genético, no se considera una enfermedad puramente hereditaria, pero sí existe una predisposición familiar a desarrollar alergia. Es decir, se hereda una tendencia a que el sistema inmune responda de determinada manera. Sobre esa base, la exposición a distintos alérgenos marcará si la persona llega a desarrollar cuadros concretos (rinitis, asma, alergia alimentaria…) o no.
Esto explica situaciones habituales: alguien que en una región concreta ha desarrollado alergia a ácaros puede, al mudarse a una zona con gran presencia de olivos, terminar presentando también alergia al polen de olivo. El terreno genético está ahí, y los factores ambientales y de exposición terminan modulando qué alergias se manifiestan.
Los síntomas de la alergia dependen del órgano diana, pero suelen incluir picor, enrojecimiento, estornudos, lagrimeo, congestión nasal, tos, dificultad respiratoria, habones cutáneos o hinchazón. En casos extremos se puede desencadenar una anafilaxia, una reacción alérgica aguda y generalizada que pone en riesgo la vida.
Conviene subrayar que, para que haya enfermedad alérgica, no basta con exponerse al alérgeno. Es necesario que exista una fase previa de sensibilización (de la que hablaremos enseguida), durante la cual el sistema inmune “aprende” a reaccionar contra esa sustancia produciendo IgE específica y linfocitos dirigidos contra ella.
Mecanismo de la reacción alérgica: sensibilización y respuesta
La reacción alérgica clásica mediada por IgE se desarrolla en dos grandes fases separadas en el tiempo. Primero se produce la sensibilización al alérgeno, y solo después, en contactos posteriores, aparece la clínica.
Durante la fase de sensibilización, el alérgeno (por ejemplo, un polen) entra en contacto con una barrera natural como la mucosa respiratoria o la piel. Allí es captado por las células presentadoras de antígeno, que lo procesan internamente en fragmentos pequeños y los exponen en su superficie para enseñárselos a los linfocitos T en los ganglios linfáticos cercanos.
Tras este primer encuentro, ciertos linfocitos T se diferencian hacia un perfil Th2, que secreta interleucinas como IL‑4, IL‑5 e IL‑13. La IL‑4 y la IL‑13 estimulan a los linfocitos B para que cambien su producción de anticuerpos hacia la clase IgE específica contra ese alérgeno. Parte de esa IgE queda circulando en sangre y otra parte se fija en la superficie de mastocitos y basófilos a través de receptores de alta afinidad.
En esta etapa el paciente no siente nada: no hay síntomas pese a que el sistema inmunitario ya se ha reprogramado para responder de manera alérgica a ese estímulo. Este hecho es fundamental: en una primera exposición a un medicamento o alimento no pueden aparecer síntomas IgE inmediatos; estos surgen a partir de la segunda o sucesivas exposiciones, cuando la persona ya está sensibilizada.
En la segunda fase, cuando la persona vuelve a entrar en contacto con el mismo alérgeno, este se une a la IgE específica que está anclada en los mastocitos y basófilos. Esa unión cruza varias moléculas de IgE y desencadena una señal que produce la desgranulación de estas células, con liberación brusca de histamina y otros mediadores inflamatorios al tejido circundante.
Esta reacción se denomina hipersensibilidad inmediata o tipo I porque los síntomas aparecen muy rápido, en cuestión de minutos (15‑20) tras la exposición: picor nasal y ocular, estornudos en salva, lagrimeo, mucosidad acuosa, tos, opresión torácica, sibilancias o urticaria, según el órgano implicado. Varias horas más tarde (4‑6, incluso hasta 8 horas) puede aparecer una fase tardía, en la que otras células inflamatorias (sobre todo eosinófilos y linfocitos) reclutadas por los mediadores iniciales perpetúan la inflamación y la sintomatología, aunque el alérgeno ya no esté presente.
Otros tipos de hipersensibilidad y alergia retardada
Además de la hipersensibilidad inmediata mediada por IgE, el sistema inmunitario puede reaccionar de otras maneras frente a antígenos, dando lugar a diferentes tipos de reacciones de hipersensibilidad. Clásicamente se describen cuatro tipos (I, II, III y IV), según las células y anticuerpos implicados.
En las reacciones de tipo II intervienen anticuerpos que no son IgE (generalmente IgG o IgM) dirigidos contra estructuras celulares, mientras que en las de tipo III la clave está en la formación de complejos antígeno‑anticuerpo que se depositan en tejidos y desencadenan inflamación. Estos mecanismos son menos frecuentes en la alergia cotidiana respiratoria o alimentaria, pero pueden aparecer en ciertos cuadros farmacológicos o enfermedades sistémicas.
La reacción de tipo IV o hipersensibilidad retardada es diferente, ya que está mediada fundamentalmente por linfocitos T y no por anticuerpos. Aquí, tras la penetración del antígeno (a menudo por contacto con la piel), las células presentadoras lo captan y se lo muestran a linfocitos T específicos en los ganglios. Estos linfocitos se activan y, en exposiciones posteriores, al reencontrarse con el antígeno en la piel, producen interleucinas que desencadenan una respuesta inflamatoria localizada.
Este proceso requiere más de 24 horas para manifestarse, por lo que los síntomas no son inmediatos. Un ejemplo típico es el eczema alérgico de contacto por níquel presente en bisutería, relojes o hebillas. Tras el contacto repetido, la piel puede enrojecerse, picar intensamente y descamarse en la zona donde se ha producido la exposición, sin participación directa de IgE ni histamina como protagonistas principales.
Tipos de alergias más frecuentes
La prevalencia de cada tipo de alergia varía según la región, el clima, los hábitos de vida y la dieta de la población. Cuanto mayor es la exposición a un alérgeno concreto, mayor es la probabilidad de que aparezcan casos de alergia frente a él, siempre en personas predispuestas.
Entre las alergias respiratorias destacan la alergia al polen (gramíneas, olivo, malezas, árboles diversos), la alergia a los ácaros del polvo doméstico, al epitelio de animales (perro, gato, etc.) y al moho. Estas pueden ser estacionales (por ejemplo, pólenes en primavera) o persistentes durante todo el año, según el alérgeno.
Las alergias alimentarias son otro grupo importante: leche de vaca, huevo, cacahuete, frutos secos, marisco, pescado, soja, trigo y muchas otras proteínas pueden actuar como desencadenantes. Algunas se manifiestan en la infancia y tienden a remitir con los años (como la alergia a la leche o al huevo), mientras que otras, como la alergia al cacahuete o a determinados frutos secos, tienden a ser persistentes y potencialmente graves incluso con pequeñas cantidades.
También existen alergias a medicamentos (antibióticos, antiinflamatorios, anestésicos, entre otros), a látex (presente en guantes, globos, dispositivos médicos) y a venenos de insectos (abejas, avispas), que pueden desencadenar reacciones cutáneas locales grandes o anafilaxia sistémica.
En el ámbito de las enfermedades relacionadas con el sistema inmunitario también se incluyen cuadros como la urticaria, el angioedema, la dermatitis atópica, la rinitis y el asma alérgicos, así como patologías de inmunodeficiencia primaria (como la inmunodeficiencia combinada grave, la inmunodeficiencia variable común, el síndrome de NEMO, el síndrome de Wiskott‑Aldrich o los trastornos de las células NK), que no son alergias en sí mismas, pero sí reflejan alteraciones profundas en la función inmune.
Alergia frente a intolerancia: no es lo mismo
Es bastante habitual confundir alergia e intolerancia, pero desde el punto de vista inmunológico son procesos muy distintos. En la alergia, hay participación directa del sistema inmunitario (a menudo mediada por IgE) y pueden darse reacciones graves incluso con cantidades mínimas del alérgeno.
En la intolerancia, en cambio, los mecanismos suelen ser no inmunológicos. Un ejemplo clásico es la intolerancia a la lactosa, debida a la falta o disminución de la enzima lactasa que digiere este azúcar de la leche. Las personas afectadas presentan gases, hinchazón, dolor abdominal o diarrea cuando consumen productos con lactosa, pero pueden tolerar sin problema lácteos sin lactosa, ya que el problema no está en las proteínas de la leche, sino en la digestión del azúcar.
Si una persona tiene una alergia a las proteínas de la leche de vaca, la situación cambia por completo: cualquier producto que contenga esas proteínas, aunque no lleve lactosa, puede desencadenar una reacción potencialmente grave. Lo mismo sucede con fármacos: alguien puede tolerar mal un medicamento y notar dolor de cabeza o malestar, pero sin que exista un mecanismo alérgico; en otros casos, una alergia verdadera al fármaco hace que su reexposición suponga un riesgo importante.
Distinguir bien entre alergia e intolerancia es crucial para tomar decisiones acertadas sobre dieta, exposición y tratamiento, evitando restricciones innecesarias cuando no hay alergia real, pero extremando las precauciones cuando sí la hay.
¿La higiene excesiva aumenta las alergias?
Se habla mucho de la llamada hipótesis de la higiene, según la cual el aumento de las alergias en algunos países desarrollados podría estar relacionado con una menor exposición temprana a microorganismos. Esta teoría sugiere que un entorno excesivamente “esterilizado” dificultaría el correcto entrenamiento del sistema inmunitario, favoreciendo respuestas alérgicas o autoinmunes.
Sin embargo, conviene matizar: los hábitos adecuados de higiene no se asocian, por sí mismos, a un mayor riesgo de alergia. Lavarse las manos, mantener una buena limpieza doméstica o cuidar la higiene personal es fundamental para prevenir infecciones y otras enfermedades que, de hecho, podrían empeorar cuadros alérgicos ya existentes.
Lo que se debate es hasta qué punto la reducción global de infecciones en la infancia, el menor contacto con entornos rurales, animales y microorganismos diversos, junto con otros factores (uso amplio de antibióticos, cambios en la dieta, vida urbana, contaminación) pueden estar influyendo en el aumento de la prevalencia de alergias.
Por ahora, la hipótesis de la higiene sigue siendo objeto de estudio y discusión científica. Lo que sí está claro es que una microbiota rica y diversa, favorecida por una alimentación equilibrada, la lactancia materna cuando es posible y un uso prudente de antibióticos, contribuye a un mejor desarrollo de la tolerancia inmunológica.
Tratamiento de las alergias y papel de la inmunoterapia
El abordaje de las enfermedades alérgicas se apoya en tres pilares fundamentales: evitación del alérgeno cuando es posible, tratamiento farmacológico de los síntomas e inmunoterapia específica en determinados casos.
Si el alérgeno es fácilmente evitable, la enfermedad puede llegar a desaparecer. Un caso sencillo: una persona con rinitis y asma desencadenadas por la exposición a un hámster en casa puede resolver sus síntomas retirando el animal del entorno. Por supuesto, no siempre es tan fácil: no podemos eliminar el polen del aire ni los ácaros al 100 %, aunque sí adoptar medidas de control ambiental para reducir la exposición.
El tratamiento farmacológico suele incluir antihistamínicos, corticoides (tópicos o sistémicos), broncodilatadores, descongestionantes y otros fármacos según el órgano afectado y la gravedad. Estos medicamentos alivian la sintomatología y mejoran la calidad de vida, pero en general no modifican de raíz la tendencia alérgica; actúan como soluciones de control, muchas veces temporales.
En los últimos años ha cobrado especial relevancia la inmunoterapia específica con alérgenos (a menudo conocida simplemente como “vacunas de la alergia”). Consiste en administrar cantidades crecientes del alérgeno responsable (por vía subcutánea o sublingual) con el objetivo de modificar la respuesta inmunitaria, reduciendo la producción de IgE específica y favoreciendo la generación de anticuerpos protectores y células reguladoras.
La inmunoterapia es, a día de hoy, el único tratamiento etiológico que puede cambiar el curso natural de algunas alergias respiratorias (como rinitis por pólenes o ácaros) y disminuir el riesgo de que un paciente con rinitis desarrolle asma bronquial. Además, existen estrategias basadas en citoquinas concretas (como IL‑10 o TGF‑β) y enfoques como la microinmunoterapia, que buscan modular la respuesta inmune con dosis muy bajas de moléculas propias del sistema defensivo.
Sea cual sea el tratamiento elegido, es fundamental que la persona alérgica conozca bien su enfermedad, sepa en qué situaciones puede enfrentarse a un riesgo grave y qué medidas debe tomar (evitación estricta, portar adrenalina autoinyectable, seguir planes de acción escritos, etc.) y mantenga un seguimiento regular con el especialista para ajustar la estrategia terapéutica a lo largo del tiempo.
Modulación del sistema inmunitario: betaglucanos y otros factores
Más allá de los tratamientos específicos de la alergia, en los últimos años ha crecido el interés por sustancias con capacidad inmunomoduladora, como los beta‑glucanos. Estos compuestos forman parte de la pared celular de levaduras, hongos, algunas bacterias y cereales como la avena o la cebada.
Los beta‑glucanos actúan, de forma simplificada, como estímulos seguros para el sistema inmunitario innato. Pueden unirse a receptores presentes en macrófagos, neutrófilos, monocitos y células NK, activándolos moderadamente para mejorar su capacidad de respuesta frente a patógenos reales. Es como si dieran un pequeño “entrenamiento” a las defensas, manteniéndolas en buena forma.
En la práctica, se les atribuye la capacidad de aumentar la resistencia del organismo frente a infecciones comunes (resfriados, gripes leves), aunque la magnitud de este efecto y su impacto real en la clínica dependen de muchas variables (dosis, tipo de beta‑glucano, estado basal de la persona, etc.).
Conviene recordar que la modulación del sistema inmune no se consigue solo con suplementos. Aspectos como el sueño adecuado, el manejo del estrés, la actividad física regular, la alimentación equilibrada rica en fibra y alimentos frescos, y la ausencia de tóxicos como el tabaco, tienen una influencia notable en el equilibrio inmunitario y, en muchos casos, también en la evolución de las alergias.
En cualquier caso, antes de incorporar suplementos con efecto inmunológico, especialmente en personas con enfermedades autoinmunes o alergias complejas, es recomendable consultar con el médico o especialista en alergología o inmunología para evitar interferencias con tratamientos o posibles efectos no deseados.
En conjunto, conocer con cierto detalle cómo se organizan las defensas, qué diferencia un antígeno de un alérgeno, cuál es la función de la IgE, de la histamina, de los linfocitos Th1/Th2 y de la microbiota, y cómo actúan herramientas como la inmunoterapia o determinadas moléculas inmunomoduladoras, permite entender mucho mejor por qué unas personas desarrollan alergias y otras no, y por qué es tan importante cuidar y equilibrar el sistema inmunológico para prevenir, controlar y, cuando es posible, revertir las enfermedades alérgicas.


