- Las misiones en espacio profundo como Artemis II revelan cómo microgravedad, radiación y aislamiento alteran de forma global la fisiología humana.
- El sistema inmunitario, la reparación del ADN, huesos, músculos, corazón y cerebro sufren cambios que exigen contramedidas específicas y personalizadas.
- Herramientas como organ-on-a-chip, telemedicina avanzada y medicina de precisión permiten diseñar protección a medida para futuras misiones a la Luna y Marte.
- El conocimiento obtenido en medicina espacial se está trasladando a la Tierra para tratar envejecimiento acelerado, dolor de espalda, enfermedades cardiovasculares e inmunitarias.
La ciencia sobre la salud humana en el espacio ha pasado, en pocas décadas, de ser casi ciencia ficción a convertirse en un campo de investigación urgente. Cada nueva misión, desde las primeras estancias en la MIR hasta los programas actuales como la Estación Espacial Internacional (EEI) y Artemis, está revelando hasta qué punto nuestro cuerpo depende de la gravedad terrestre y de la protección de la atmósfera.
Hoy sabemos que vivir en microgravedad y bajo radiación cósmica altera prácticamente todos los sistemas del organismo: huesos, músculos, corazón, sistema nervioso, inmunidad, microbiota… A la vez, estos estudios están generando soluciones que no solo servirán para llegar a la Luna o Marte, sino también para tratar problemas muy cotidianos aquí en la Tierra, desde el dolor de espalda hasta enfermedades cardiovasculares o el envejecimiento acelerado.
Misión Artemis II: laboratorio de salud humana en el espacio profundo
La misión Artemis II ha supuesto un salto cualitativo porque ha llevado a una tripulación más allá de la órbita terrestre baja, hasta el entorno lunar, mucho menos protegido frente a la radiación. Además de demostrar que es viable operar una nave tripulada en espacio profundo y sobrevolar regiones como la cara oculta de la Luna, Artemis II se ha diseñado como un enorme experimento sobre salud humana fuera del “escudo” terrestre.
A diferencia de las estancias en la EEI, donde la magnetosfera terrestre amortigua parcialmente la radiación, la tripulación de Artemis II ha vivido un entorno más parecido al de futuras misiones a Marte: mayor exposición radiológica, confinamiento más acusado y recursos médicos más limitados. Los datos que se han recogido durante estos días serán clave para ajustar protocolos, blindajes y contramedidas si queremos que una tripulación sobreviva años en el espacio profundo.
Esta misión da continuidad a investigaciones emblemáticas como el NASA Twins Study, en el que se comparó al astronauta Scott Kelly durante casi un año en órbita con su hermano gemelo en la Tierra. Ya entonces se vieron alteraciones en la expresión génica, el sistema inmunitario y otros procesos biológicos. Ahora, Artemis II añade el factor crucial de la distancia a la Tierra y la radiación de espacio profundo, ampliando el mapa de riesgos biomédicos para la exploración humana.
El sistema inmunitario, en el punto de mira
Uno de los grandes focos de Artemis II es el estudio del sistema inmunitario lejos de la órbita baja. La tripulación ha recogido múltiples muestras biológicas en distintos momentos del vuelo, con especial atención a saliva y otros fluidos de fácil manejo en la nave Orión, donde no se dispone de congeladores como en la EEI.
Para solventar esa limitación se ha usado un sistema de almacenamiento de muestras en seco sobre soportes de papel, que permite conservar biomarcadores estables hasta el regreso. A partir de esas muestras se analizarán hormonas del estrés, proteínas clave de la respuesta inmune y, muy importante, la posible reactivación de virus latentes como los herpesvirus, algo que ya se había observado en astronautas en órbita.
Estudios recientes en la EEI y trabajos como los publicados en Frontiers in Immunology han mostrado que al poco de llegar al espacio se produce un descenso de la función inmune y cambios en la expresión génica, que en buena parte revierten meses después del regreso. Artemis II permitirá ver cómo se comporta este delicado equilibrio bajo microgravedad, aislamiento y radiación más intensa, un cóctel mucho más parecido al de un viaje a Marte.
En paralelo, otros grupos han demostrado en la EEI que el entorno espacial modifica la actividad de cientos de genes relacionados con reparación del ADN, inflamación y envejecimiento celular. Investigaciones con líneas celulares como THP‑1 (que imitan monocitos y macrófagos) han detectado en órbita cambios en genes esenciales como RYR2 y la disminución de la actividad de al menos 52 genes implicados en reparar daños en el ADN. Todo apunta a que el espacio no solo deprime la inmunidad, sino que también compromete la capacidad de reparar agresiones genómicas, lo que a largo plazo puede traducirse en mayor riesgo de cáncer, enfermedades cardiovasculares y deterioro acelerado.
Según responsables científicos del Programa de Investigación Humana (HRP) de la NASA, los datos de Artemis II y de otros proyectos como SOMA (Space Omics and Medical Atlas) servirán para identificar biomarcadores de riesgo y posibles dianas terapéuticas. Se están probando, incluso, estrategias basadas en microARN y fármacos candidatos para compensar esas alteraciones inmunitarias inducidas por la radiación y la microgravedad.
Organ-on-a-chip y el proyecto AVATAR: órganos humanos en miniatura viajando al espacio
Además de estudiar directamente a los astronautas, Artemis II ha incorporado el proyecto AVATAR, un experimento internacional que se apoya en dispositivos del tamaño de un USB que albergan células humanas derivadas de la propia tripulación. Son los llamados organ-on-a-chip, pequeñas plataformas microfluídicas donde se recrean funciones de tejidos como la médula ósea.
Estos chips han viajado dentro de la nave Orión expuestos a las mismas condiciones de microgravedad y radiación de espacio profundo, con sistemas de control ambiental que ajustan temperatura, nutrientes y flujo de fluidos. El objetivo central es entender cómo responden tejidos extremadamente sensibles, como la médula ósea productora de células sanguíneas, frente a una radiación que incluye iones pesados de alta energía difícilmente reproducibles en la Tierra.
La información generada tiene dos caras. Por un lado, permitirá afinar la protección de los astronautas, determinando qué tejidos son más vulnerables y qué contramedidas farmacológicas o nutricionales pueden amortiguar los daños. Por otro, encaja de lleno con la tendencia de la medicina personalizada: los organ‑on‑a‑chip ya se usan en hospitales y laboratorios para anticipar la respuesta a quimioterapia, radioterapia o fármacos complejos; ahora añaden la variable extrema del entorno espacial.
A medida que las misiones se alarguen y la tripulación tenga un acceso muy limitado a asistencia médica directa, se volverá crucial saber si cada astronauta presenta necesidades sanitarias específicas. Experimentos como AVATAR ayudarán a decidir qué fármacos o equipos debe llevar a bordo cada persona para cubrir su perfil de riesgo concreto.
Sueño, comportamiento y trabajo en equipo en un “piso” minúsculo
La dimensión física del vuelo espacial es solo una parte del problema. La conducta, el sueño, la cognición y la dinámica de equipo son igual de determinantes para el éxito de una misión. En Artemis II, la tripulación ha llevado dispositivos que registran continuamente patrones de sueño y actividad, tanto antes del despegue como durante el vuelo y tras el regreso.
Estos datos permiten reconstruir con bastante precisión cómo evoluciona el descanso en un entorno donde se acumulan factores estresantes: ciclos de luz artificial, ruido constante, agenda comprimida y un hábito muy reducido dentro de la cápsula Orión. Se evalúan también funciones cognitivas, coordinación entre los miembros de la tripulación y calidad de la interacción con el control de misión en Tierra.
Ya en la EEI, la NASA había comprobado que el aislamiento prolongado, los cambios de horario y la falta de estímulos pueden alterar el ritmo circadiano, la motivación y el estado de ánimo. En misiones a Marte, con días un poco más largos (unos 37 minutos extra) y un retraso de comunicaciones de hasta 20 minutos por trayecto, estos desajustes pueden amplificarse.
Para mitigarlo se han ido desarrollando múltiples herramientas: sistemas de iluminación LED regulable para alinear el reloj biológico, actígrafos para vigilar patrones de actividad y sueño, diarios personales donde los astronautas pueden desahogarse y donde los psicólogos detectan problemas, e incluso el uso de realidad virtual para recrear entornos relajantes que mejoren el ánimo en fases de mayor aislamiento.
La investigación en análogos terrestres —bases antárticas, simulaciones de misiones marcianas, confinamientos prolongados— confirma que cuanto más pequeño y cerrado es el espacio, y menos contacto se tiene con personas externas, mayor es el riesgo de problemas de conducta, deterioro cognitivo o cuadros psiquiátricos. Por eso se estudia con lupa la composición óptima de las tripulaciones, su diversidad cultural y de personalidad, y se ensayan rutinas que combinan trabajo significativo, ejercicio físico y actividades de ocio.
Radiación en el espacio profundo: el enemigo silencioso
Fuera del paraguas de la atmósfera y el campo magnético, la radiación espacial se convierte en uno de los grandes quebraderos de cabeza. En la Tierra vivimos expuestos a dosis bajas procedentes del suelo, el aire o los alimentos, pero están muy filtradas. En el espacio intervienen tres grandes fuentes: partículas atrapadas en el campo magnético terrestre, partículas energéticas emitidas por el Sol y rayos cósmicos galácticos provenientes de fuera del Sistema Solar.
Algunas de estas partículas, especialmente los iones pesados de alta energía, atraviesan materiales y tejidos con gran poder de penetración. La NASA sabe por estudios en humanos expuestos a radiación en la Tierra y por ensayos con rayos cósmicos simulados en aceleradores que una exposición prolongada puede aumentar el riesgo de cáncer, enfermedades cardiovasculares, cataratas y degeneración de distintos órganos. Pero aún hay mucha incertidumbre sobre cómo se acumulan esos riesgos en misiones de varios años.
En Artemis II, la radiación se ha monitorizado de forma continua con dosímetros personales en cada astronauta y sensores distribuidos en el interior de Orión, que permiten mapear cómo cambia la dosis según la zona del habitáculo y la actividad solar. Con la fase espacial completada, toca analizar esas curvas para caracterizar con más precisión el entorno radiológico lunar y valorar el grado de protección real que ofrece la nave.
Los datos se integrarán con investigaciones del HRP que exploran nuevos materiales de blindaje, diseños de interiores que aprovechan depósitos de agua o víveres como barrera y procedimientos operativos (por ejemplo, refugiarse en áreas mejor protegidas durante tormentas solares). Al mismo tiempo, se estudian cohortes humanas expuestas a radiación —pacientes oncológicos, trabajadores nucleares— para extrapolar de forma prudente qué dosis acumuladas serían aceptables para una tripulación.
A nivel celular, se ha documentado que el tipo de radiación del espacio induce un patrón de daño en el ADN distinto al de la radiación terrestre convencional. Algunos estudios del paquete SOMA muestran que se acelera el envejecimiento biológico y la fragilidad, y que los vuelos espaciales activan y desactivan vías mitocondriales e inmunitarias de forma coordinada. Incluso se ha observado que los telómeros —las “tapas” de los cromosomas— tienden a alargarse durante el vuelo y acortarse rápidamente al regresar, probablemente por el daño continuo y los mecanismos de reparación activados 24/7.
Microgravedad: del corazón a los huesos, pasando por la vista
Si hay algo que lo cambia todo en órbita es la microgravedad. Nada más abandonar la Tierra, los líquidos corporales, que normalmente se acumulan de diafragma para abajo, se redistribuyen hacia la parte superior del cuerpo. Los astronautas sienten la cabeza pesada, el rostro hinchado, congestión nasal y la típica sensación de “estar colgados de los pies”.
Esa redistribución provoca que la presión arterial y venosa se hagan más uniformes en todo el organismo. El corazón debe bombear más volumen por latido, aumenta la frecuencia y, durante un tiempo, el músculo cardiaco trabaja “de más”. Entre cuatro y seis semanas suele producirse una adaptación y el sistema cardiovascular se reequilibra, pero al volver a la gravedad terrestre pueden aparecer problemas de intolerancia ortostática: mareos y desmayos al ponerse de pie por no poder mantener la presión arterial.
El aparato respiratorio también nota el cambio: pulmones y tórax viven una especie de “inundación” de fluidos que da lugar a voces nasales y cambios en la mecánica ventilatoria. Por fortuna, las pruebas funcionales muestran que estas alteraciones suelen remitir. Donde las cosas se complican más es en músculos y huesos. Sin gravedad que vencer, el cuerpo interpreta que necesita menos estructura de soporte: los músculos se atrofian y los huesos pierden densidad mineral, en un proceso muy similar a una osteoporosis acelerada.
Los datos acumulados indican que los huesos que soportan peso en la Tierra pueden perder entre 1% y 1,5% de densidad mineral al mes en microgravedad. La musculatura de piernas, espalda y glúteos se afina visiblemente, y muchos astronautas reportan dolor de espalda por el estiramiento de la columna cuando los discos intervertebrales se expanden. Esto ha motivado ensayos con máquinas de entrenamiento funcional específico, como las que desarrollan investigadores en la Universidad de Northumbria, pensadas para entrenar en profundidad la musculatura estabilizadora de la columna sin necesidad de grandes cargas.
Para frenar esa degradación se combinan varios enfoques: rutinas de ejercicio aeróbico y de resistencia a bordo (cintas, bicicletas, dispositivos de fuerza), fármacos como los bisfosfonatos para proteger el hueso, suplementos como el citrato de potasio para reducir el riesgo de cálculos renales, y sistemas de monitorización de la composición corporal mediante resonancia magnética o escáneres avanzados, antes y después del vuelo.
Otro campo delicado es la vista. La acumulación de líquidos en la cabeza puede aumentar ligeramente la presión ocular y producir visión borrosa. Además, algunos astronautas perciben en la oscuridad destellos de luz causados por rayos cósmicos que atraviesan la retina. Aunque en términos generales la agudeza visual se mantiene e incluso se vuelve muy fina para detectar detalles en la superficie terrestre desde cientos de kilómetros, cada vez se presta más atención a un síndrome descrito en astronautas de larga duración que incluye cambios en la forma del globo ocular y la retina, posiblemente relacionado con la presión interna sostenida.
El cuerpo entero en adaptación: del cerebro a la microbiota
La experiencia acumulada en MIR, la EEI y misiones recientes muestra que el vuelo espacial desencadena una cadena de ajustes fisiológicos a gran escala. En los primeros días se observan mareos, náuseas, el conocido “vómito en proyectil”, pérdida de apetito, sueño extraño, debilidad y una confusión mental pasajera ligada al conflicto entre la información visual y la del sistema vestibular del oído interno.
Los intestinos tienden a “pararse” unos días, disminuye el reflejo de la sed y, como se orina mucho por la redistribución de líquidos, se produce una deshidratación moderada acompañada de reducción del volumen plasmático y cambios en el recuento de células sanguíneas. Suele disminuir el número de glóbulos rojos y de sus precursores, así como la secreción de eritropoyetina. También se registra un descenso de linfocitos T, algo preocupante si pensamos en misiones de casi 1.000 días hacia Marte, porque facilita infecciones en un entorno donde, para colmo, las bacterias se vuelven más agresivas y resistentes a antibióticos.
La microbiota intestinal y el ecosistema microbiano de la nave tampoco se quedan al margen. En hábitats cerrados como la EEI, los microorganismos se transmiten con facilidad entre tripulantes y superficies, y se ha visto que algunos cambian de comportamiento en el espacio, volviéndose más resistentes o alterando su virulencia. Esto, sumado a la alteración del sistema inmune y al estrés crónico, obliga a un control exhaustivo de la calidad del aire, del agua y de las superficies.
La NASA utiliza técnicas moleculares avanzadas para analizar muestras de sangre, saliva y hisopos tomados regularmente de distintas partes de la nave y del cuerpo de los astronautas. Se evalúa la reactivación de virus latentes, el equilibrio del ecosistema microbiano y la presencia de patógenos potenciales. Se cambian filtros de aire, se limpian superficies y se trata el agua de manera sistemática para reducir el riesgo de infecciones. Además, se mantiene un programa estricto de vacunación y cuarentenas previas al vuelo para minimizar las probabilidades de llevar agentes infecciosos a bordo.
Telemedicina, asistentes virtuales y medicina espacial de precisión
Uno de los grandes avances que ha traído la exploración espacial reciente es el desarrollo de tecnologías de telemedicina que permiten monitorizar y, hasta cierto punto, tratar al astronauta a distancia. En entornos como la EEI se han probado dispositivos que se colocan sobre el cuerpo y pueden ser manejados desde la Tierra por un médico, como sistemas de ecografía remota en los que el especialista controla la sonda mientras la tripulación solo la sujeta en la zona indicada.
En paralelo, se trabaja en una arquitectura de datos médicos capaz de integrar historias clínicas, parámetros fisiológicos en tiempo real y guías de decisión asistida. La idea es que, en misiones lejanas con retrasos de comunicación importantes, la propia nave incorpore herramientas de inteligencia artificial y aprendizaje automático que ayuden a diagnosticar y a elegir tratamientos sin depender del control de misión.
Los astronautas reciben formación médica mucho más amplia de la que se daba en los inicios de la carrera espacial: aprenden a realizar ecografías entre ellos, a producir soluciones intravenosas con agua purificada de a bordo, a ejecutar pruebas de laboratorio básicas y a utilizar software de apoyo clínico. Todo se orienta a construir una especie de “mini hospital autónomo” dentro de la nave para misiones que no podrán confiar en un reabastecimiento rápido ni en una evacuación de emergencia.
El Programa de Investigación Humana de la NASA (HRP) coordina más de 300 proyectos financiados en universidades, hospitales y centros de la propia agencia para refinar estándares de salud, rendimiento y habitabilidad, diseñar contramedidas y desarrollar tecnologías de soporte vital y asistencia médica avanzadas. Se estudian desde envases farmacéuticos resistentes al espacio hasta alimentos con nutrientes estables durante años, pasando por la posibilidad de usar “compañeros de entrenamiento” digitales que motiven al ejercicio diario y plataformas de realidad virtual para terapia psicológica.
Este enfoque encaja con la visión más amplia de la llamada medicina aeroespacial de precisión, que aspira a adaptar las contramedidas al perfil genético, fisiológico y psicológico de cada astronauta. El paquete SOMA, por ejemplo, ofrece un atlas sin precedentes de cambios moleculares y celulares en múltiples misiones (Inspiration4, Polaris Dawn, Axiom, JAXA…), que servirá como referencia para evaluar riesgos individuales y diseñar intervenciones personalizadas.
Todo este conocimiento, acumulado durante más de 50 años de HRP, ha permitido entender que los riesgos del vuelo a Marte se pueden agrupar bajo el acrónimo RIDGE (Radiación, Aislamiento y confinamiento, Distancia de la Tierra, campos de Gravedad y Entornos hostiles/cerrados). Sobre cada uno de estos frentes se están desplegando estrategias muy concretas para que las futuras tripulaciones no solo logren sobrevivir, sino también rendir al máximo, tanto en el espacio profundo como cuando regresen a casa.
La imagen que dibujan hoy Artemis II, la EEI, los estudios de gemelos, el gigantesco paquete de datos SOMA y décadas de medicina espacial es la de un cuerpo humano extraordinariamente plástico, capaz de adaptarse a un entorno radicalmente distinto al de la Tierra, pero también vulnerable a una combinación de microgravedad, radiación, aislamiento y ecosistemas cerrados que acelera procesos de envejecimiento y pone al límite huesos, músculos, corazón, sistema inmune y mente; y precisamente por eso, toda esa experiencia está abriendo una vía única para mejorar la prevención, el diagnóstico y los tratamientos de muchas enfermedades aquí abajo, convirtiendo la exploración del cosmos en una fuente inesperada de salud para quienes nunca saldrán del planeta.


