- Las lágrimas contienen vesículas extracelulares y exosomas que actúan como biomarcadores mínimamente invasivos de enfermedades oculares y neurodegenerativas.
- Su fácil obtención permite desarrollar pruebas rápidas y repetibles, apoyadas por tecnologías como iTEARS y dispositivos point of care.
- La estandarización en la recogida y análisis de muestras, siguiendo guías como SPREC e ISEV, es clave para trasladar estos avances a la práctica clínica.

Las lágrimas han pasado de ser un simple reflejo emocional a convertirse en una de las fuentes de información biomédica más prometedoras de la actualidad. Lejos de ser solo “agua salada que cae cuando lloramos”, este fluido tan cotidiano está empezando a usarse como base de un diagnóstico no invasivo capaz de adelantar enfermedades oculares y neurodegenerativas mucho antes de que den la cara.
Un amplio número de estudios liderados por el Instituto de Investigación Germans Trias i Pujol y su hospital universitario, junto a otros grupos internacionales, está demostrando que las lágrimas contienen vesículas extracelulares, exosomas y múltiples moléculas que pueden funcionar como biomarcadores precoces. La idea es tan sencilla como potente: extraer unas pocas lágrimas, analizarlas con tecnología avanzada y obtener pistas fiables sobre la salud del ojo, el sistema vascular e incluso el sistema nervioso central.
Por qué las lágrimas interesan tanto a la medicina moderna
Los oftalmólogos llevan tiempo sabiendo que los fluidos intraoculares, como el humor acuoso y el humor vítreo, reflejan con bastante fidelidad lo que pasa en el interior del ojo. El problema es que acceder a ellos implica técnicas invasivas, quirúrgicas o semiquirúrgicas, nada cómodas para el paciente y poco prácticas como prueba rutinaria.
Tal y como subraya el grupo IVECAT (Grupo de Innovación en Vesículas y Células para la Aplicación en Terapia) del IGTP, las punciones para obtener humor acuoso o vítreo tienen riesgos, requieren entornos muy controlados y no se pueden usar a la ligera en cribados masivos ni en seguimientos frecuentes. Eso limita mucho su uso fuera de contextos muy concretos.
En cambio, las lágrimas se recogen de forma rápida, barata, repetible y prácticamente sin molestias. Con una simple tira de papel absorbente o dispositivos específicos se pueden obtener muestras suficientes para análisis muy complejos de proteínas, lípidos o ácidos nucleicos. Esta accesibilidad es lo que hace que muchos investigadores hablen ya de una verdadera “revolución diagnóstica basada en las lágrimas”.
Además, la lágrima tiene una relación anatómica y funcional privilegiada con otras estructuras. Está en contacto directo con la córnea, una de las zonas más inervadas del organismo, con la conjuntiva muy vascularizada y con las glándulas que secretan la fracción acuosa y lipídica. Esto la convierte en un puente entre los sistemas nervioso, vascular y glandular, todo concentrado en un volumen minúsculo.
Vesículas extracelulares y exosomas: pequeñas burbujas, gran información
El auténtico cambio de juego llega con el estudio de las vesículas extracelulares (VE) y los exosomas presentes en las lágrimas. Se trata de diminutas “burbujas” liberadas por prácticamente todos los tipos celulares, que cargan en su interior proteínas, fragmentos de ARN, ADN y lípidos. Son, en la práctica, mensajes empaquetados que las células se envían entre sí.
La revisión publicada por el equipo de Germans Trias i Pujol en la revista Extracellular Vesicles and Circulating Nucleic Acids recopila más de un centenar de estudios sobre el papel de estas vesículas procedentes de lágrimas como fuente de biomarcadores. Una de las grandes ventajas que destacan es que las VE protegen el material molecular que transportan, evitando que se degrade con facilidad, lo que mejora mucho la fiabilidad de los análisis.
Otra característica crucial es que muchas de estas vesículas pueden atravesar barreras biológicas tan estrictas como la hematoencefálica o la hematorretiniana. Eso significa que parte de su contenido puede reflejar también procesos que están ocurriendo en el sistema nervioso central, no solo en la superficie del ojo.
En este escenario, las lágrimas dejan de ser un simple indicador local y pasan a funcionar como una especie de ventana molecular hacia el ojo y el cerebro. Los investigadores lo ven como un puente entre la oftalmología, la neurología y, en general, la medicina de precisión.
Los primeros estudios en profundidad sobre las VE lagrimales describieron su estructura, su tamaño y su composición molecular, identificando patrones que parecían asociarse a diferentes estados de salud y enfermedad. Desde entonces el número de trabajos no ha parado de crecer, aunque los propios autores señalan que, comparado con otros fluidos como sangre u orina, todavía estamos en una fase temprana.
Lágrimas y enfermedades oculares: del ojo seco al glaucoma
Una de las aplicaciones más claras del diagnóstico no invasivo con lágrimas es el campo de las enfermedades de la superficie ocular. El clásico ejemplo es el síndrome de ojo seco, cada vez más frecuente por el uso intensivo de pantallas, ambientes secos y envejecimiento poblacional.
En este contexto destaca la metaloproteinasa de matriz MMP-9, una enzima proteolítica producida por las células epiteliales cuando la superficie ocular está sometida a estrés o inflamación. En patologías como el ojo seco, los niveles de MMP-9 en la lágrima suelen aparecer claramente elevados.
Pruebas rápidas como el test InflammaDry permiten detectar concentraciones altas de MMP-9 en la lágrima, ayudando al oftalmólogo a confirmar que existe inflamación de la superficie ocular. No es un marcador específico de una sola enfermedad, pero sí aporta una pista objetiva en un campo donde muchas veces se depende solo de síntomas subjetivos como escozor, arenilla o visión borrosa.
Más allá del ojo seco, los investigadores están analizando el potencial de las lágrimas en patologías como el glaucoma, la retinopatía diabética o procesos inflamatorios crónicos. El glaucoma, principal causa de ceguera irreversible en el mundo, afecta al nervio óptico y suele asociarse a una presión intraocular elevada. Detectar firmas moleculares en lágrimas antes de que el daño sea evidente podría cambiar radicalmente su pronóstico.
En el caso de la retinopatía diabética, derivada del daño que los niveles elevados de glucosa causan en los vasos de la retina, ya existen trabajos que han analizado diferencias en los microARN presentes en exosomas de lágrimas entre pacientes con y sin esta complicación. Esos pequeños fragmentos de ARN regulador pueden servir tanto para diagnóstico precoz como para seguir la progresión de la enfermedad.
Más allá del ojo: vínculos con el cerebro, el corazón y el cáncer
Uno de los aspectos que más llama la atención a la comunidad científica es que las lágrimas también parecen reflejar procesos sistémicos que van mucho más allá de la oftalmología. Al estar conectadas con el sistema nervioso y con la circulación sanguínea a través de la conjuntiva, pueden contener rastros de moléculas relacionadas con enfermedades neurológicas, cardiovasculares e incluso oncológicas.
Grupos de investigación especializados en el sistema visual han identificado en lágrimas moléculas candidatas a biomarcadores de párkinson. La idea es que determinados cambios neurodegenerativos del sistema nervioso central se traduzcan en alteraciones medibles en el perfil proteico o lipídico de la lágrima.
En paralelo, se han detectado niveles de un factor de crecimiento hematopoyético, el G-CSF (Factor Estimulante de Colonias de Granulocitos), procedente de la sangre, que podría ayudar a anticipar riesgo de enfermedad coronaria arterial cuando se combina con otros marcadores cardiovasculares clásicos y parámetros clínicos como la edad, el sexo o el grosor de la conjuntiva.
En el ámbito del cáncer, varias publicaciones recientes sugieren que ciertas firmas moleculares en lágrimas podrían servir para diagnosticar cáncer de mama. Un avance especialmente llamativo es el desarrollo de lentillas especiales que se colocan sobre el iris y contienen minúsculos pocillos donde se acumula el fluido lagrimal, permitiendo realizar el test diagnóstico directamente sobre el ojo.
Tras probar este tipo de lentes en el laboratorio con lágrimas de pacientes, los investigadores han identificado marcadores relacionados con tumores de mama, aunque todavía no se han validado en ensayos clínicos amplios ni en uso rutinario con personas. Aun así, abre la puerta a dispositivos de diagnóstico extremadamente cómodos para el paciente.
Tecnologías emergentes: del iTEARS al point of care en consulta
El reto técnico del diagnóstico con lágrimas no es solo biológico, sino también tecnológico. Hay que ser capaces de aislar y analizar exosomas y vesículas extracelulares en volúmenes de muestra muy pequeños, y hacerlo de manera rápida y reproducible.
En este contexto, investigadores de la Escuela de Medicina de Harvard y del Hospital Brigham and Women’s, junto con especialistas de la Universidad Médica de Wenzhou, han desarrollado una plataforma basada en nanomembranas llamada iTEARS (sistema incorporado de análisis de exosomas de lágrimas mediante aislamiento rápido).
El sistema iTEARS utiliza membranas nanoporosas y un flujo de presión oscilante para evitar la obstrucción y separar los exosomas de las lágrimas en apenas cinco minutos, algo impensable con métodos tradicionales, que exigen volúmenes mayores y procesos de ultracentrifugación largos y complicados.
Una vez aisladas, las proteínas de los exosomas pueden marcarse con sondas fluorescentes directamente dentro del dispositivo y después transferirse a otros equipos para su análisis detallado. Lo mismo ocurre con los ácidos nucleicos, que se extraen y se estudian mediante técnicas de biología molecular avanzada.
Con esta plataforma se ha logrado diferenciar con éxito pacientes con distintos tipos de enfermedad de ojo seco de individuos sanos, basándose en perfiles proteómicos, y también detectar diferencias de microARN en casos de retinopatía diabética. El objetivo final es disponer de pruebas moleculares sensibles, rápidas y no invasivas que puedan funcionar casi como un “test de laboratorio en miniatura”.
Paralelamente, se está trabajando en dispositivos de point of care, es decir, soluciones que permitan analizar lágrimas directamente en la consulta o incluso en farmacias, de forma tan sencilla como hoy hacemos un test de COVID o una glucemia capilar. La tecnología de tiras reactivas y biosensores ya existe; el desafío actual es adaptarla de forma robusta a los biomarcadores lagrimales relevantes.
Composición de la lágrima y papel como fuente de biomarcadores
Aunque pueda sorprender, la lágrima no es solo “agua salada”. Su fracción principal es acuosa, pero contiene una capa lipídica secretada por las glándulas de Meibomio, situadas en el interior de los párpados y con salida hacia la superficie ocular. Esta capa grasa se organiza encima del componente acuoso y evita su evaporación, algo crítico para mantener el ojo lubricado.
La película lagrimal también incluye mucinas, unas moléculas que actúan como pegamento, anclando la lágrima a la córnea y asegurando que se distribuya uniformemente con cada parpadeo. Todo ello se traduce en una estructura muy fina, pero extremadamente compleja y dinámica.
Desde el punto de vista de la investigación, la lágrima se ha convertido en una mina de oro de información biológica. La proteómica (análisis masivo de proteínas) y la lipidómica (estudio sistemático de los lípidos) han permitido dibujar un mapa cada vez más detallado de las moléculas presentes en este fluido.
Esto ha llevado a identificar un número creciente de biomarcadores candidatos para enfermedades neurológicas, cardiovasculares y oculares. Igual que hoy entendemos que niveles altos de glucosa en sangre sugieren diabetes, o que el PSA en suero se asocia a patología prostática, la idea es llegar a un punto en el que un perfil concreto de proteínas o lípidos en lágrimas indique riesgo de glaucoma, párkinson o enfermedad coronaria.
La clave no suele ser la mera presencia o ausencia de una molécula, sino su cantidad relativa y el patrón combinado de varios marcadores. Por eso se están desarrollando dispositivos capaces de medir simultáneamente múltiples dianas, con buena sensibilidad y capacidad de cuantificación.
Estandarización y retos pendientes antes de llegar a la clínica
A pesar del entusiasmo, los propios investigadores reconocen que el campo del diagnóstico con lágrimas todavía está en pleno desarrollo. Uno de los problemas más serios es la falta de estandarización en cómo se recogen, almacenan y procesan las muestras.
La composición de una lágrima puede variar mucho según la técnica de recogida (tira de Schirmer, micropipeta, capilar), el momento del día, el tiempo que pasa hasta su análisis o las condiciones de congelación y transporte. Si cada equipo trabaja de forma distinta, comparar resultados entre estudios se vuelve muy complicado.
Por eso se recomienda adoptar sistemas como el Código PREanalítico Estándar (SPREC), que documenta con detalle todas las variables preanalíticas de una muestra, y seguir las guías de la Sociedad Internacional de Vesículas Extracelulares (ISEV) para el manejo de VE y exosomas.
La adopción de estos protocolos no solo mejora la reproducibilidad científica, sino que es una condición imprescindible para que las autoridades regulatorias acepten estas pruebas como herramientas diagnósticas fiables. Sin niveles mínimos de calidad y homogeneidad, es difícil que un test basado en lágrimas llegue realmente a la práctica asistencial.
Otro reto es lograr que los métodos sean asequibles, rápidos y fáciles de usar en entornos no especializados. No tiene sentido diseñar una prueba extremadamente precisa si requiere un laboratorio de alta complejidad y horas de trabajo; la gran ventaja de las lágrimas es precisamente su potencial para pruebas sencillas y repetibles.
Pruebas oculares no invasivas: comodidad y seguridad para el paciente
En paralelo al análisis molecular, en las consultas de oftalmología se emplean cada vez más técnicas de imagen no invasivas que complementan al estudio de la película lagrimal y las glándulas. Un ejemplo es el uso de sistemas basados en infrarrojos para visualizar las glándulas de Meibomio.
Estos equipos permiten obtener imágenes claras sin necesidad de que el aparato entre en contacto con el ojo, lo que reduce riesgos y molestias. La única incomodidad que puede notar el paciente es la leve presión aplicada sobre la zona palpebral externa para obtener una visualización adecuada de las glándulas, algo que suele ser perfectamente tolerable.
Este tipo de pruebas no exige ayuno previo ni acudir acompañado, y tras realizarlas el paciente puede conducir, ducharse o seguir con sus actividades diarias sin ninguna restricción. Los datos se generan en el mismo momento, aunque si hace falta un informe detallado de un oftalmólogo, éste puede remitirse en los días posteriores.
En la práctica, el técnico que maneja el equipo se encarga de asegurar que la prueba se haya hecho correctamente, pero la interpretación clínica corresponde siempre al oftalmólogo, que integra los hallazgos de imagen y de laboratorio con la exploración y la historia clínica del paciente.
La combinación de estas pruebas de imagen con el análisis de biomarcadores en lágrimas dibuja un futuro en el que el diagnóstico de la patología ocular será mucho más preciso y menos invasivo, reduciendo la necesidad de procedimientos agresivos y facilitando un seguimiento estrecho sin castigar al paciente.
Todo este campo de investigación está construyendo una forma nueva de entender un gesto tan cotidiano como llorar: cada lágrima es un mensaje biológico cifrado, capaz de revelar inflamación en la superficie ocular, alteraciones en la retina, riesgo cardiovascular o cambios tempranos en el cerebro. A medida que se perfeccionen los métodos de recogida, los dispositivos de análisis y los protocolos estandarizados, las lágrimas se irán consolidando como una herramienta central de la medicina preventiva y personalizada, permitiendo diagnósticos más precoces, tratamientos mejor ajustados y un control menos invasivo de enfermedades que hoy en día se detectan demasiado tarde.

