- Cerca de 33 millones de personas en España estuvieron expuestas a niveles de contaminación que superan los futuros límites de la Unión Europea para 2030.
- El ozono troposférico se ha consolidado como el contaminante más extendido, batiendo récords en Madrid debido a las intensas olas de calor de 2025.
- El consumo de combustibles fósiles, especialmente en aviación y transporte por carretera, alcanzó su punto más alto desde el año 2011.
- La mala calidad del aire provoca unas 24.000 muertes prematuras anuales en el país y un coste económico equivalente al 2,4 % del PIB.

Respirar hondo en España se está convirtiendo en una actividad de riesgo para buena parte de la población. Según los datos más recientes que manejan diversas organizaciones ambientales tras analizar 780 estaciones de medición, el panorama no es para nada halagüeño, ya que unos 33 millones de personas convivieron durante el pasado año con una calidad del aire que deja mucho que desear. Si echamos un ojo a las nuevas exigencias que la Unión Europea quiere implantar para el año 2030, resulta que dos de cada tres españoles estarían ahora mismo fuera de juego, respirando sustancias que superan con creces los umbrales de seguridad recomendados para nuestra salud.
La situación se ha vuelto un tanto peliaguda debido a un repunte en la polución que rompe con la tendencia de mejora que traíamos de los años de la pandemia. Resulta que 2025 se ha coronado como el tercer año más caluroso desde que tenemos registros oficiales, y claro, ese calor sofocante del verano ha sido el caldo de cultivo ideal para que ciertos contaminantes campen a sus anchas. Aunque nos hayamos librado de algunos episodios de calima gracias a las lluvias, lo cierto es que la movilidad ha vuelto a niveles que ya dábamos por superados, y eso se nota, y mucho, en los pulmones de quienes viven en las grandes urbes.
El ozono se dispara bajo el sol de justicia
Si hay un protagonista negativo en este balance, ese es sin duda el ozono troposférico. No es moco de pavo, ya que este gas se forma cuando los contaminantes de los coches y las fábricas se cocinan con la radiación solar. En ciudades como Madrid se han llegado a pulverizar los récords históricos, afectando no solo a la capital sino también a zonas rurales que, en teoría, deberían estar más limpias. Durante las olas de calor de los meses de junio, julio y agosto, las superaciones de los umbrales de información fueron constantes, dejando claro que el cambio climático y la contaminación urbana van de la mano en esta batalla.
Este contaminante tiene la mala costumbre de ser muy irritante y oxidante, lo que se traduce en un agravamiento de problemas respiratorios y cardiovasculares para quienes lo sufren. Lo más preocupante es que el ozono no entiende de fronteras y su expansión es tan vasta que ha llegado a afectar a una superficie que ronda los 430.000 kilómetros cuadrados en todo el país. Al ser un problema tan ligado a las altas temperaturas, cada vez que el termómetro sube más de la cuenta, la calidad del aire cae en picado, creando un círculo vicioso del que parece difícil salir sin medidas drásticas.
La vuelta al petróleo y el auge de los vuelos
Uno de los datos que más ha escocido en los informes es el repunte del consumo de petróleo, que ha alcanzado niveles que no veíamos desde el año 2011. Parece que le hemos cogido el gusto de nuevo a quemar combustibles fósiles como si no hubiera un mañana, impulsados sobre todo por un tráfico por carretera que no da tregua y, especialmente, por el sector de la aviación, que ha despegado con una fuerza inusitada. A pesar de que las energías renovables están sacando pecho y ya cubren más de la mitad de nuestra demanda eléctrica, la dependencia de la gasolina y el queroseno sigue siendo un lastre muy pesado para nuestra atmósfera.
Esta subida en la quema de derivados del crudo tiene una traducción directa en el dióxido de nitrógeno que sale por los tubos de escape. Aunque algunas ciudades han logrado mejorar un poquito sus cifras respecto a años anteriores, las principales áreas metropolitanas siguen incumpliendo lo que nos va a exigir Europa dentro de nada. Es curioso ver cómo, mientras el gas natural pierde algo de fuelle, el sector del transporte se empeña en seguir alimentando una nube de polución que envuelve nuestras calles y aeropuertos, complicando la tarea de limpiar el aire que compartimos.
Un impacto directo en el bolsillo y la salud
No estamos hablando solo de cifras en un papel o de nubes grises en el horizonte; esto va de vidas humanas. Las estimaciones de las agencias europeas son demoledoras: unas 24.000 personas fallecen de forma prematura en España cada año por culpa de enfermedades que se complican por la mala calidad del aire. Es la principal causa ambiental de muerte en nuestro país, provocando además unos 62.000 ingresos hospitalarios que saturan todavía más nuestro sistema sanitario. Vaya tela con el aire que nos rodea, que parece estar pasándonos factura de la manera más dolorosa posible.
Si hablamos de dinero, la cosa tampoco pinta bien para la economía nacional. Se calcula que los costes sanitarios, laborales y la pérdida de productividad por culpa de la contaminación ascienden a unos 32.000 millones de euros anuales, lo que supone pegarle un bocado del 2,4 % al Producto Interior Bruto (PIB). Entre bajas médicas, tratamientos costosos y daños en los cultivos y ecosistemas, el aire sucio nos sale carísimo. Es un gasto silencioso que pagamos entre todos y que demuestra que invertir en un aire más puro no es un capricho, sino una necesidad económica de primer orden.
El atasco de las medidas políticas y la falta de información
A pesar de que las leyes obligan a las ciudades de más de 50.000 habitantes a tener listas sus zonas de bajas emisiones, la realidad es que la mitad de ellas sigue sin cumplir sus deberes. Se están recibiendo fondos públicos a manos llenas para este fin, pero la implantación efectiva de estas áreas va a paso de tortuga. Además, la ciudadanía se encuentra un poco a ciegas porque el visor estatal que debería darnos los datos de contaminación al minuto lleva meses fuera de combate tras un ataque informático que el Gobierno parece no terminar de arreglar, lo cual es bastante grave dada la importancia del asunto.
Por si fuera poco, las mediciones realizadas cerca de los colegios han dado la voz de alarma al revelar que los más pequeños están expuestos a niveles de tóxicos mucho más altos de lo que dicen las estaciones oficiales. Esto pone sobre la mesa que la ubicación de los medidores podría estar mal planteada, ya que no reflejan la realidad de lo que respiran nuestros hijos al ir a clase. Es urgente que las administraciones se pongan las pilas, aprueben los planes de ozono que faltan y se tomen en serio la transposición de las directivas europeas para que no nos pille el toro.
Para rizar el rizo, también se ha detectado que en ciertos puntos de la geografía española, como en algunas localidades de Jaén, los niveles de benzopireno superan con creces lo que la Organización Mundial de la Salud considera seguro. Este compuesto, que surge a menudo de la quema de biomasa y otros procesos industriales, es especialmente peligroso por su capacidad cancerígena. Es un recordatorio de que la contaminación no es solo cosa de los atascos en la Castellana o la Diagonal, sino que tiene muchas caras y fuentes distintas que requieren una vigilancia mucho más estrecha y transparente por parte de quienes nos gobiernan.
Para cerrar el círculo, queda patente que España tiene por delante un reto mayúsculo si quiere cumplir con los estándares de salud que se avecinan desde Europa. El repunte del consumo de derivados del petróleo y el impacto de un clima cada vez más extremo están dificultando la tarea de limpiar nuestra atmósfera, afectando de lleno a la salud de millones de ciudadanos y suponiendo un lastre económico difícil de ignorar. Sin una apuesta clara por reducir el tráfico motorizado, potenciar el transporte público y mejorar la información que recibe el ciudadano, seguiremos respirando un aire que, lejos de darnos vida, nos la está quitando poco a poco.










