- Unos 655 millones de personas carecen de suministro eléctrico, con un estancamiento notable en el ritmo de progreso.
- Casi 2.000 millones de personas dependen de combustibles tóxicos para cocinar, causando 3 millones de muertes al año.
- Las energías renovables ya cubren el 30% de la demanda mundial, pero su distribución es extremadamente desigual.
- La financiación internacional para los países más pobres ha caído un 11%, dificultando los objetivos de desarrollo.

Resulta difícil de imaginar desde nuestro sofá en España, donde la mayor preocupación suele ser el precio del kilovatio hora, pero la realidad global es que una parte inmensa de la humanidad vive a oscuras. La Organización Mundial de la Salud y otros organismos internacionales han puesto las cartas sobre la mesa, advirtiendo que el camino hacia un mundo totalmente electrificado se ha vuelto cuesta arriba en los últimos años, dejando a millones de personas en una vulnerabilidad extrema que va mucho más allá de no poder encender una bombilla.
Los datos más recientes que manejan las instituciones sanitarias y energéticas son demoledores y muestran que el acceso a la luz se ha estancado de forma preocupante. A día de hoy, alrededor de 655 millones de personas siguen sin conexión a ninguna red eléctrica, una cifra que nos dice que el ritmo de crecimiento anual se ha reducido prácticamente a la mitad si lo comparamos con la década anterior, poniendo en serio peligro las metas de desarrollo fijadas para el final de esta década.
El peligro invisible de las cocinas contaminantes
No se trata solo de iluminación; el problema de fondo toca de lleno la salud respiratoria de miles de familias. Alrededor de dos mil millones de personas en todo el planeta se ven obligadas a utilizar tecnologías y combustibles muy sucios para algo tan básico como preparar la comida. El uso de leña, carbón vegetal o queroseno en hogares mal ventilados genera una atmósfera y contaminación tóxica que, según los expertos, está detrás de unos tres millones de fallecimientos cada año, una auténtica tragedia evitable con la tecnología actual.
La diferencia entre vivir en una ciudad o en el campo marca una brecha abismal en este sentido. Mientras que en los núcleos urbanos casi el 90% de la gente tiene acceso a sistemas de cocina limpios, en las zonas rurales apenas la mitad de la población cuenta con estas facilidades. Si no se cambia el rumbo de forma drástica con políticas valientes, se estima que para el año 2030 todavía habrá 1.800 millones de personas respirando humos nocivos cada vez que tengan que calentar un plato de comida.
África subsahariana ante una crisis energética desproporcionada
Si ponemos la lupa sobre el mapa, queda claro que hay una región que se lleva la peor parte de esta falta de recursos. En el África subsahariana se concentra una carga que no es ni medio normal: más de 560 millones de habitantes carecen de luz y casi mil millones no tienen métodos limpios para cocinar. Es, con diferencia, la zona donde el progreso se ha ralentizado más, y las previsiones indican que, de seguir así, la cantidad de personas sin acceso a energía básica seguirá creciendo en los próximos años.
Para que nos hagamos una idea de la magnitud del reto, los organismos internacionales calculan que sería necesario triplicar el ritmo de electrificación actual para cumplir con los compromisos globales. No es solo una cuestión de cables y postes, sino un imperativo de salud pública, ya que la falta de energía moderna lastra la capacidad de los hospitales para funcionar correctamente y frena cualquier posibilidad de desarrollo económico estable en las comunidades más castigadas.
La paradoja de las energías renovables
Curiosamente, el mundo nunca había producido tanta energía limpia como ahora, pero el reparto es un poema. Las fuentes renovables ya suponen más del 30% del consumo eléctrico mundial, marcando un hito histórico. Sin embargo, la capacidad de generación por habitante es el reflejo de la desigualdad: mientras que en los países con rentas altas se llega a los 1.224 vatios por persona, en las naciones más pobres esta cifra cae hasta unos pírricos 33,6 vatios, lo que apenas daría para mantener encendida una bombilla antigua.
A pesar de que las soluciones solares fuera de la red y las minirredes están demostrando ser muy eficaces y rentables para llegar a lugares remotos, la falta de dinero sigue siendo el gran muro. Los flujos de financiación pública internacional para energía limpia se han quedado cortos frente a las necesidades reales, y lo que es peor, la ayuda dirigida específicamente a los países menos desarrollados ha pegado un bajón del 11%, situándose en niveles que dificultan cualquier transición energética justa.
La situación actual deja claro que garantizar un suministro asequible y moderno no es solo un objetivo técnico, sino un pilar fundamental para la seguridad y la economía global. Aunque las renovables avanzan con fuerza, la brecha entre los que tienen de todo y los que no tienen nada se está ensanchando debido a la falta de inversión estratégica y a una crisis energética que sigue golpeando con fuerza los mercados. Al final, sin un liderazgo político que ponga el foco en los más vulnerables, el sueño de una energía universal corre el riesgo de quedarse en papel mojado mientras millones de personas siguen expuestas a enfermedades derivadas de la contaminación doméstica.


