- La firma genética de expansión de células T CD8⁺ permite anticipar qué clones proliferarán y cómo responderán a inmunoterapias.
- Alteraciones como del(5q), mutaciones en DNMT3A o VAV1 y la carga mutacional total afinan el pronóstico en leucemias y linfomas T.
- Inmunodeficiencias del TCR, subpoblaciones Th y Treg y firmas como KIMA explican tanto fallos como éxitos de la respuesta inmune frente al cáncer.
- La combinación de genómica, modelos animales e inmunoterapia adoptiva abre la puerta a tratamientos oncológicos realmente personalizados.

La capacidad de los linfocitos T para expandirse, coordinar y regular la respuesta inmune está en el centro de algunas de las revoluciones más potentes en oncología e inmunología clínica. Desde las inmunoterapias frente al cáncer hasta el manejo de enfermedades autoinmunes o inmunodeficiencias congénitas, comprender qué genes se activan, qué mutaciones surgen y cómo se organizan estas células se ha vuelto clave para diseñar tratamientos cada vez más personalizados, como muestran estudios sobre vacunas contra la COVID como aliado para la inmunoterapia.
En los últimos años han aparecido estudios que han identificado firmas genéticas que predicen la expansión de células T, alteraciones moleculares que dan lugar a linfomas T y leucemias, así como mutaciones que arruinan el desarrollo normal del receptor de linfocitos T (TCR) o, por el contrario, lo convierten en un arma extremadamente eficaz frente a tumores muy agresivos. Todo este conocimiento está cambiando la forma en que clasificamos los tumores, elegimos las terapias y anticipamos la respuesta de cada paciente, especialmente con iniciativas como el reparoma humano.
La firma genética de expansión de células T CD8⁺ en tumores
Un consorcio internacional liderado por la Universidad de Ciencias de Tokio ha descrito una firma de expresión génica específica que aparece en linfocitos T CD8⁺ justo antes de que empiecen a proliferar de forma masiva dentro de los tumores. Esta “firma de expansión” permite predecir qué clones de células T se multiplicarán y contribuirán de verdad a la respuesta antitumoral durante la inmunoterapia.
Para llegar a este hallazgo, los investigadores desarrollaron un modelo tumoral multisitio en ratón, implantando tumores en distintas localizaciones anatómicas para poder obtener muestras seriadas de células T a lo largo del tiempo. Aprovecharon las secuencias únicas de los receptores de células T (TCR) como si fueran códigos de barras naturales, siguiendo centenares de clones CD8⁺ mientras se expandían o se contraían a lo largo del tratamiento.
Combinando secuenciación de ARN de célula única con análisis de TCR, identificaron un conjunto concreto de genes cuya activación antecede a la expansión clonal, apoyándose en técnicas de inteligencia artificial. Esta firma de expansión fue capaz de anticipar con gran precisión qué células T proliferarían, tanto en animales sin tratar como en ratones sometidos a diferentes inmunoterapias, incluyendo inhibidores de puntos de control como anti-PD-L1, anti-CTLA-4 y anti-LAG-3.
Cuando se analizaron muestras de pacientes humanos tratados con bloqueo de PD-1 o con terapias con células CAR-T, se observó que una expresión elevada de dicha firma se asociaba con mejores tasas de supervivencia. Es decir, no solo sirve a nivel experimental, sino que se correlaciona con resultados clínicos reales en personas con cáncer, como reflejan nuevos avances y tratamientos.
De forma llamativa, incluso después de la fase de contracción de las células T, un subgrupo de ellas mantenía una especie de “memoria proliferativa latente”. Al administrar bloqueo de LAG-3, estos linfocitos volvieron a activarse y desencadenaron un nuevo pulso de expansión clonal, restaurando la actividad antitumoral en el modelo murino. Esto sugiere que la firma de expansión puede convertirse tanto en biomarcador pronóstico como en diana terapéutica, en línea con estudios de tolerancia inmunológica periférica.
En palabras del equipo, este enfoque permite una visión dinámica y en tiempo real de por qué una inmunoterapia funciona o fracasa. La idea es utilizar la firma para seleccionar a los pacientes con más probabilidades de beneficiarse y, además, diseñar combinaciones que reactiven clones agotados cuando la respuesta empiece a decaer. Es un paso importante hacia la inmunoterapia verdaderamente personalizada.
Genética de la leucemia linfoblástica aguda de células T (T-ALL)
La leucemia linfoblástica aguda de células T (T-ALL) es un cáncer hematológico poco frecuente pero clínicamente muy agresivo, sobre todo en adultos de más de 50 años, en quienes el pronóstico es francamente desfavorable. Se trata de una proliferación maligna de precursores de linfocitos T en la médula ósea, impulsada por múltiples alteraciones genéticas acumuladas en estas células inmaduras.
Un grupo liderado por la Dra. Eulàlia Genescà en el Instituto de Investigación contra la Leucemia Josep Carreras analizó de forma exhaustiva el genoma de 107 pacientes adultos con T-ALL. Relacionaron las alteraciones detectadas con datos clínicos muy detallados (tipo de tratamiento, seguimiento, supervivencia, remisión, etc.) obtenidos a través del grupo cooperativo ALL-PETHEMA, con el objetivo de refinar la estratificación pronóstica en el marco de la transferencia de hallazgos en cáncer.
Las anomalías estudiadas incluían desde mutaciones puntuales en genes clave hasta ganancias o pérdidas de fragmentos de ADN. En un trabajo reciente publicado en la revista Haematologica, identificaron la deleción de la región larga del cromosoma 5, conocida como del(5q), como un nuevo marcador pronóstico adverso en T-ALL del adulto. Esta lesión ya era famosa en otros síndromes mielodisplásicos y neoplasias de la sangre, pero ahora se reconoce también como factor de mal resultado en este subtipo de leucemia T.
Además, el equipo había descrito previamente mutaciones en genes como DNMT3A, N/KRAS, MSH2 o U2AF1, todos ellos muy relevantes para el desarrollo y la progresión de T-ALL. Estas alteraciones se asocian a una peor supervivencia global. La combinación de mutaciones en dichos genes con la presencia de del(5q) permite una clasificación más fina de los pacientes y un ajuste más preciso del riesgo.
Otro dato importante es que los pacientes con más de 14 alteraciones genéticas distintas acumuladas en sus células leucémicas presentan una supervivencia significativamente peor y menores tasas de remisión completa. Parece lógico: cada nueva lesión proporciona posibles “vías de escape” a la célula tumoral frente a la quimioterapia o a otros tratamientos, lo que complica mucho su erradicación.
No todas las alteraciones implican mal pronóstico. El estudio también observó que los pacientes con deleciones en los genes CDKN2A/B y con inmunofenotipo cortical tenían, contra pronóstico, una evolución más favorable y mejores tasas de supervivencia global. Este tipo de hallazgos recuerda que el contexto genético completo importa tanto o más que la presencia aislada de un cambio concreto.
La enorme heterogeneidad genética de la T-ALL había dificultado durante décadas el uso rutinario de biomarcadores moleculares en la práctica clínica diaria. Sin embargo, con estos nuevos datos se está más cerca de implantar modelos de tratamiento realmente personalizados en T-ALL, adaptando la intensidad y el tipo de terapia al perfil genético de cada tumor.
El receptor de linfocitos T (TCR) y sus inmunodeficiencias congénitas
El receptor de antígeno de los linfocitos T (TCR) es un complejo multiproteico esencial para que estas células reconozcan antígenos y se activen. Está formado por un heterodímero clonotípico (TCRαβ o TCRγδ), responsable de la especificidad del reconocimiento antigénico, y por tres pares de cadenas invariantes: los heterodímeros CD3δɛ y CD3γɛ y el homodímero TCRζζ o CD247.
Estas cadenas invariantes se encargan de ensamblar el complejo TCR, transportarlo a la superficie celular y transmitir las señales intracelulares que determinan si el linfocito se activa, prolifera, ejerce funciones efectoras o entra en anergia o apoptosis tras reconocer un antígeno. Aunque carecen de actividad enzimática propia, contienen motivos ITAM que, una vez fosforilados, reclutan cinasas y moléculas adaptadoras como ZAP-70, Lck, LAT, SLP-76, SIT o Nck, esenciales para propagar la señal.
En condiciones normales, los linfocitos Tαβ reconocen péptidos presentados por moléculas del complejo principal de histocompatibilidad (MHC) o lípidos unidos a CD1, mientras que los linfocitos Tγδ tienen un repertorio de reconocimiento más diverso, que puede incluir antígenos restringidos por MHC clásicos o no clásicos e incluso unión directa al antígeno. Se ha sugerido que ciertos Tγδ pueden activarse para producir citocinas sin necesidad de un contacto clásico antígeno-TCR.
Desde la descripción, en los años 80, de las primeras deficiencias humanas en componentes CD3, se han identificado múltiples inmunodeficiencias congénitas del TCR. Se trata de enfermedades autosómicas recesivas muy poco frecuentes, caracterizadas por un defecto de expresión del TCR, linfopenia T selectiva y a menudo un cuadro de inmunodeficiencia combinada grave (SCID). Estas deficiencias se pueden clasificar como completas (expresión ausente) o parciales (también llamadas “leaky”, con niveles reducidos de proteína).
Las manifestaciones clínicas suelen comenzar en el primer año de vida con infecciones respiratorias recurrentes, diarrea crónica, retraso ponderoestatural y, en algunos casos, rasgos del síndrome de Omenn, como hipereosinofilia, hiper-IgE y dermatitis intensa. En inmunodeficiencias parciales (por ejemplo, algunas CD3γ o CD3ɛ) hay pacientes que alcanzan la edad adulta con infecciones relativamente controladas, sin necesidad de trasplante de médula ósea.
El diagnóstico se basa en el estudio del inmunofenotipo por citometría de flujo, donde destaca una linfopenia T persistente y un defecto marcado en la expresión de CD3/TCR en los linfocitos presentes. Según la gravedad, puede observarse un fenotipo T−B+NK+ con menos del 2 % de células T, típico de las deficiencias absolutas de CD3δ o CD3ɛ, o bien una linfopenia T más leve (T+/−B+NK+), como en deficiencias completas de CD3γ, TCRζ, TCRα y la mayoría de formas parciales.
Otros parámetros diagnósticos clave incluyen la evaluación del repertorio TCRVβ, el recuento de círculos de escisión de TCR (TRECs) y la cuantificación de emigrantes tímicos recientes CD45RA⁺CD31⁺. Los pacientes suelen tener un repertorio TCR restringido y muy bajo número de TRECs, lo que indica una salida tímica deficiente de linfocitos T maduros.
El análisis molecular se realiza mediante secuenciación de los genes de las cadenas CD3, CD247 y TRAC. Las mutaciones pueden afectar a regiones codificantes o sitios de empalme, produciendo proteínas truncadas o pérdida de exones completos. En algunas inmunodeficiencias, como la parcial de TCRζ, se han descrito fenómenos llamativos de reversión somática, con mutaciones adicionales que corrigen parcialmente el defecto en determinados clones T.
En cuanto al tratamiento, el trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH) continúa siendo la opción de elección en la mayoría de deficiencias graves del TCR, especialmente en CD3δ y CD3ɛ, donde el pronóstico sin trasplante es muy pobre. Los progenitores pueden proceder de médula ósea, sangre periférica o cordón umbilical, y la compatibilidad HLA condiciona fuertemente el éxito. Se han obtenido buenos resultados incluso con donantes no emparentados, aunque las complicaciones infecciosas posrasplante siguen siendo una causa importante de mortalidad.
En formas parciales como algunas deficiencias de CD3γ o CD3ɛ, donde los pacientes pueden llegar a la tercera década de vida, se suele optar por un manejo conservador con inmunoglobulina intravenosa, vacunación selectiva y antibióticos según la clínica. La terapia génica se ha explorado in vitro introduciendo una copia normal del gen defectuoso, con restauración de la expresión de TCR en cultivos celulares, aunque con algunos problemas de autorreactividad que obligan a extremar la cautela.
Los modelos murinos con mutaciones en genes CD3 o TCR han sido fundamentales para desentrañar el papel de cada cadena en el desarrollo intratímico. Sin embargo, existen diferencias notables entre ratón y humano; por ejemplo, la cadena CD3δ no es necesaria para el desarrollo de células Tγδ en ratón, pero sí en humanos, debido a diferencias en la estequiometría del complejo TCRγδ. Por eso se han generado ratones “humanizados” que expresan cadenas humanas de TCR o CD3, más acordes con la biología humana.
Mutaciones en VAV1 y linfomagénesis de células T
Otro de los avances recientes tiene que ver con el gen VAV1, un regulador importante de la señalización en linfocitos T. Un equipo del Centro de Investigación del Cáncer de Salamanca y del CIBERONC, liderado por el Dr. Xosé R. Bustelo, ha elaborado un catálogo detallado de 51 mutaciones de VAV1 detectadas en distintos tumores humanos, con especial frecuencia en linfomas periféricos de células T.
Tras analizar funcionalmente estas variantes, se comprobó que alrededor del 51 % de las mutaciones de VAV1 activan de forma descontrolada la proteína en células tumorales. No todas tienen el mismo impacto: el estudio permitió distinguir cinco tipos de mutaciones según la intensidad y el patrón de desregulación de las diferentes funciones de VAV1. Esto implica que, dependiendo de la mutación concreta que presente un tumor, su comportamiento clínico y sus vulnerabilidades terapéuticas pueden ser muy distintos.
La observación más contundente vino de los experimentos en modelos animales. Al introducir en ratones el grupo de mutaciones más frecuente y funcionalmente más agresivo, las células T sanas desarrollaron rápidamente linfomas periféricos de células T sin necesidad de que coexistieran alteraciones adicionales en otros genes. En otras palabras, ese subtipo de mutaciones actúa como un auténtico oncogén “driver” capaz de iniciar el tumor por sí solo.
El modelo murino desarrollado reproduce fielmente la mayoría de características patológicas, moleculares y clínicas de los linfomas T periféricos humanos. Esta herramienta es especialmente valiosa por dos motivos: permite estudiar con precisión cómo estas mutaciones alteran la biología de las células T y ofrece una plataforma preclínica robusta para probar fármacos dirigidos contra las vías de señalización que VAV1 descontrola.
El trabajo se inscribe en el contexto más amplio de la oncología de precisión, donde el reto no es solo contar mutaciones en el genoma tumoral, sino entender cuáles son realmente funcionales, qué rutas activan y cómo podemos bloquearlas. En el caso de VAV1, se ha demostrado ya qué variantes son relevantes para la transformación maligna y cómo varía su impacto, allanando el camino hacia terapias personalizadas para linfomas periféricos de células T y otros tumores en los que estas mutaciones aparezcan.
Inmunoterapia adoptiva de linfocitos T frente a mutaciones en KRAS
Mientras se identifican mutaciones que causan o aceleran el cáncer, otros equipos explotan precisamente esas mismas alteraciones como dianas específicas para el sistema inmunitario. Un trabajo emblemático publicado en New England Journal of Medicine describió el caso de una mujer de 50 años con cáncer colorrectal metastásico y mutación G12D en el gen KRAS, que logró quedar libre de enfermedad tras recibir una terapia celular basada en linfocitos T.
KRAS es uno de los oncogenes más mutados en tumores humanos, y sus variantes han sido históricamente muy difíciles de bloquear con fármacos. En este caso, los investigadores decidieron buscar entre los linfocitos infiltrantes del tumor (TILs) de la paciente aquellos capaces de reconocer específicamente el péptido derivado de la mutación G12D de KRAS en el contexto de una molécula de HLA concreta (HLA-C*0802).
Localizaron un subgrupo de linfocitos T CD8⁺ capaces de reconocer selectivamente la mutación G12D. Posteriormente, expandieron estas células en el laboratorio hasta obtener más de 100.000 millones de linfocitos dirigidos contra las células tumorales portadoras de dicha mutación, y se los reinfundieron a la paciente como terapia adoptiva.
A los 40 días del tratamiento, prácticamente todas las lesiones metastásicas pulmonares mostraban una regresión llamativa. Nueve meses después, una de las lesiones volvió a crecer. El análisis molecular reveló que las células tumorales recurrentes habían perdido una región del cromosoma 6 que incluía el gen para HLA-C*0802. Al perder esta molécula, las células dejaban de presentar el antígeno mutante a los linfocitos T, escapando así al ataque inmunitario.
Tras resecar esta lesión resistente, la paciente se mantuvo libre de enfermedad. Más allá del caso concreto, este estudio demuestra que la inmunoterapia adoptiva con TILs seleccionados frente a mutaciones específicas de KRAS puede inducir respuestas profundas, y destaca la importancia de la pérdida de moléculas del MHC como mecanismo de resistencia tumoral.
Como adelantaba el equipo investigador, la identificación de múltiples receptores de T específicos para la mutación G12D abre la puerta a estrategias de terapia génica de receptores TCR, en las que se introducen en linfocitos del paciente TCR diseñados para reconocer la mutación, ampliando potencialmente esta aproximación a muchos otros tumores con KRAS G12D.
Nuevas firmas inmunitarias y predicción de respuesta a terapias dirigidas
El concepto de utilizar firmas genómicas para anticipar la respuesta a tratamientos no se limita a la expansión de células T en inmunoterapia clásica. En cáncer de mama avanzado HR+/HER2- tratado con inhibidores de CDK4/6 más hormonoterapia. En estudios sobre resistencia hormonal en cáncer de mama, un consorcio internacional identificó una firma de activación inmunitaria llamada KIMA, compuesta por nueve genes, que se asocia a recaída temprana y menor supervivencia.
En una cohorte de casi 100 pacientes tratadas en el ICO Badalona, un 57 % respondió bien al tratamiento, mientras que un 43 % presentó progresión temprana. Los tumores con mal resultado mostraban un estado de activación inmunitaria paradoja, en el que el sistema inmune no actuaba como aliado, sino que contribuía a la resistencia tumoral.
La firma KIMA se basa en la expresión elevada de genes como STAT1, FOXP3 y TIGIT, vinculados con estados de inflamación crónica, células T reguladoras e inhibición de la respuesta efectiva. Las pacientes con alta actividad de KIMA sufrían progresión tumoral en una mediana de 11 meses, frente a unos 36 meses en las que tenían niveles bajos de esta firma.
La asociación entre KIMA elevado y mala respuesta se confirmó en una segunda cohorte independiente, reforzando su valor como biomarcador predictivo. Esto abre la posibilidad de, por un lado, evitar exponer a determinadas pacientes a un tratamiento con baja probabilidad de éxito y, por otro, combinar los inhibidores de CDK4/6 con estrategias inmunomoduladoras específicas dirigidas a revertir ese entorno inmune disfuncional.
En palabras de los autores, un sistema inmune “hiperactivado” no siempre significa mayor defensa; a veces implica un microambiente que protege al tumor. Las firmas como KIMA ayudan a desenmascarar estos contextos perversos y a redirigir las terapias hacia combinaciones más eficaces.
Subpoblaciones de linfocitos T colaboradores y reguladores
Para entender muchas de las observaciones anteriores es imprescindible conocer cómo se organizan los linfocitos T colaboradores (CD4⁺) y los linfocitos reguladores en la respuesta inmune. Desde los años 70 y 80 se sabe que existen linfocitos T citotóxicos (Tc), T colaboradores (Th) y T supresores, con funciones muy distintas pero complementarias.
Las células Th clásicas se clasificaron inicialmente en dos grandes grupos funcionales: Th1 y Th2. Las Th1 impulsan la inmunidad celular frente a patógenos intracelulares y se caracterizan por la producción de IFN-γ e IL-2, mientras que las Th2 se asocian a respuestas humorales, combate de parásitos y alergia, produciendo IL-4 e IL-13, entre otras citocinas.
Posteriormente se identificó un tercer tipo de células colaboradoras: las Th17, caracterizadas por la secreción de IL-17. Estas células son cruciales para la defensa frente a bacterias extracelulares y hongos, y actúan como puente entre la inmunidad innata y la adaptativa. Su diferenciación está promovida por TGF-β e IL-6, mientras que la IL-23 impulsa su proliferación y mantenimiento.
Existe un equilibrio muy fino entre Th1, Th2 y Th17, ya que se inhiben mutuamente: las Th1, a través del IFN-γ, bloquean Th2 y Th17; las Th2, mediante IL-4 e IL-10, restringen Th1 y Th17; y las Th17 también ejercen efectos supresores sobre Th1 y Th2. Cuando este balance se rompe, aparecen patologías: un exceso de señales Th1 se asocia con inflamación crónica, alergias y asma se vinculan a predominio Th2, y una hiperactividad Th17 se ha relacionado con enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoide.
La IL-17, principal citocina de las Th17, actúa sobre una gran variedad de células inmunes y no inmunes, promoviendo la liberación de mediadores inflamatorios como IL-1, TNF-α, IL-6, IL-8, prostaglandinas, quimiocinas y metaloproteasas. Además, facilita el reclutamiento y activación de otras células del sistema inmune. La deficiencia de su receptor en modelos murinos conduce a una gran susceptibilidad a infecciones por bacterias gramnegativas y hongos.
Las células T reguladoras (Treg), por su parte, se especializan en mantener la tolerancia a lo propio y evitar respuestas autoinmunes descontroladas. La población más conocida son los linfocitos CD4⁺CD25high, que expresan de forma constitutiva el factor de transcripción FOXP3. Mutaciones en FOXP3 dan lugar, en humanos, al síndrome IPEX, una enfermedad devastadora con afectación endocrina e intestinal graves, y en ratón originan el fenotipo scurfy, con enfermedad autoinmune letal.
En humanos se ha visto que FOXP3 también puede expresarse en células T de memoria no necesariamente reguladoras, por lo que el fenotipo más robusto para identificar Treg es CD4⁺CD25⁺CD127− (baja expresión del receptor de IL-7). Estas células se generan de forma natural en el timo (Treg naturales), aunque también pueden inducirse en tejidos periféricos (por ejemplo, las Tr1 inducidas por IL-10 o las Th3 productoras de TGF-β en contexto de tolerancia oral).
Además de las Treg CD4⁺, se han descrito otras poblaciones con capacidad reguladora o supresora, como linfocitos T CD8⁺ reguladores (especialmente CD8⁺CD28−, capaces de hacer tolerógenas a las células dendríticas), células NKT (que expresan marcadores de NK y TCR-αβ y reconocen glucolípidos en CD1d) y linfocitos B reguladores (Br), caracterizados por CD1dhigh y CD5⁺, que producen IL-10 y TGF-β y pueden frenar directamente linfocitos T reactivos.
Un estudio muy ilustrativo del grupo de Rudensky mostró que las Treg no solo suprimen respuestas, sino que también son cruciales para coordinar las fases iniciales de la defensa frente a algunas infecciones víricas. En un modelo de infección letal por herpesvirus en mucosas, los ratones sin Treg tenían una carga viral mayor y una progresión mucho más rápida, lo que indica que estas células facilitan el reclutamiento de otras poblaciones como NK y Th17 al foco de infección.
Visto desde esta perspectiva, muchas subpoblaciones T (Th1, Th2, Th17, Treg y otras) podrían considerarse, más que simplemente “colaboradoras” o “supresoras”, verdaderas células coordinadoras de la respuesta inmune, capaces de impulsar unas vías y frenar otras según la necesidad fisiológica o patológica del momento.
Los avances recientes en firmas genéticas de expansión de células T, perfiles mutacionales en leucemias y linfomas T, inmunodeficiencias del TCR y nuevas estrategias de inmunoterapia adoptiva muestran cómo la combinación de genética, biología celular e inmunoterapia está redibujando el panorama clínico, permitiendo predecir qué pacientes responderán mejor, diseñar terapias a medida e incluso reactivar respuestas inmunes agotadas frente al cáncer y otras patologías complejas.


