Genética y esperanza de vida: lo que realmente dicen los nuevos estudios

Última actualización: febrero 1, 2026
  • Un gran estudio con cohortes de gemelos estima que entre el 50 % y el 55 % de la longevidad humana estaría vinculada a factores genéticos.
  • Al separar la mortalidad intrínseca (envejecimiento biológico) de la extrínseca (accidentes, infecciones, violencia), la influencia hereditaria aparece mucho más clara.
  • Expertos europeos destacan que, pese al peso de los genes, el estilo de vida, el entorno y la salud pública siguen explicando alrededor de la mitad de la esperanza de vida.
  • Los resultados impulsan nuevas líneas de investigación en Europa sobre variantes genéticas, riesgo poligénico y posibles fármacos orientados al envejecimiento saludable.

genética y esperanza de vida

Además de rasgos visibles como la forma de la nariz o el tipo de pelo, cada vez hay más indicios de que la duración de nuestras vidas también está, en buena medida, escrita en la genética en la esperanza de vida. Un conjunto de estudios recientes, publicados en la revista Science, apunta a que la genética pesa bastante más en la esperanza de vida de lo que se venía calculando en las últimas décadas.

Mientras muchas personas repasan la edad a la que murieron sus padres o abuelos, la comunidad científica está afinando los modelos estadísticos y las bases de datos para aclarar cuánto de la longevidad se debe a la herencia y cuánto al entorno, el estilo de vida o directamente al azar. Las nuevas estimaciones, basadas sobre todo en registros de gemelos de países europeos como Dinamarca y Suecia, sitúan el componente genético de la longevidad en torno al 50 %-55 %, aproximadamente el doble de lo que se pensaba.

Un giro en las cifras: de un 20 %-25 % a más de la mitad

Hasta hace poco, los principales trabajos con gemelos idénticos y no idénticos sugerían que la genética explicaba en torno al 20 %-25 % de la esperanza de vida, con algunos análisis genealógicos rebajando el dato incluso a cerca del 6 %. Esta visión alimentaba la idea de que casi todo dependía del comportamiento individual y de las circunstancias sociales, dejando a los genes un papel relativamente secundario.

El nuevo análisis, liderado por el investigador Ben Shenhar en el Instituto Weizmann de Ciencias (Israel) y desarrollado con registros de gemelos de Dinamarca, Suecia y Estados Unidos, cuestiona esa lectura. Al aplicar modelos matemáticos y simulaciones de mortalidad humana, los autores concluyen que, cuando se corrigen ciertos sesgos, la heredabilidad de la longevidad intrínseca se eleva hasta aproximadamente el 55 %. Es decir, algo más de la mitad de las diferencias en cuánto vivimos se podría atribuir a factores genéticos, siempre que se mida la parte de la muerte ligada al propio proceso de envejecimiento.

Este valor, señalan los investigadores, se aproxima mucho más a lo que se observa en otras especies de laboratorio como ratones, donde la componente hereditaria de la longevidad ronda también la mitad, y se alinea con lo que se sabe de otros rasgos humanos complejos, como la estatura o determinados parámetros metabólicos. Para varios especialistas europeos, este ajuste estadístico “rompe un dogma” que infravaloraba el papel de los genes en el envejecimiento.

La clave está en entender que estas cifras no implican, ni mucho menos, que cada individuo tenga su fecha de caducidad fijada de antemano. Como recuerdan varios demógrafos y genetistas consultados en España y el resto de Europa, la heredabilidad es una medida poblacional: describe qué parte de la variación entre personas de una misma población puede atribuirse a diferencias genéticas en un contexto concreto, pero no permite predecir con exactitud cuántos años vivirá alguien en particular.

genes y longevidad

Mortalidad intrínseca frente a mortalidad extrínseca

El elemento novedoso de estos trabajos es la distinción, muy afinada, entre mortalidad intrínseca y mortalidad extrínseca. La primera engloba las muertes asociadas a procesos biológicos internos —el deterioro progresivo del organismo, las enfermedades ligadas a la edad—, mientras que la segunda reúne las defunciones debidas a causas externas, como accidentes de tráfico, violencia, infecciones agudas o exposiciones ambientales extremas.

En muchos de los estudios clásicos sobre longevidad se utilizaban poblaciones históricas con una altísima carga de mortalidad extrínseca. Se trataba de personas nacidas en el siglo XIX o principios del XX, en contextos en los que una infección o un accidente laboral podían segar la vida a edades muy tempranas. Al analizar esos datos sin distinguir los motivos del fallecimiento, era relativamente frecuente encontrar parejas de gemelos en las que uno llegaba a los 90 o 100 años mientras el otro moría con apenas 30, lo que daba la impresión de que los genes influían poco.

El nuevo enfoque, aplicado a grandes bases de datos de gemelos de Dinamarca y Suecia —países con sistemas de registro muy exhaustivos—, parte de la premisa contraria: si se quiere medir la parte genética del envejecimiento, es necesario “descontar” estadísticamente las muertes provocadas por factores externos que nada tienen que ver con el desgaste biológico. Para ello, los investigadores usan modelos matemáticos que separan, en la medida de lo posible, la probabilidad de morir por causas intrínsecas de la probabilidad de hacerlo por causas extrínsecas.

Una vez introducida esta corrección, los resultados cambian de forma llamativa: la mortalidad extrínseca reduce de manera sistemática las estimaciones de heredabilidad. Cuando se controla su efecto, la contribución genética a la esperanza de vida sube de forma constante hasta estabilizarse en torno a ese 50 %-55 %. Los autores sostienen que, durante décadas, esta confusión metodológica ha enmascarado el verdadero peso de la herencia en la longevidad humana.

En un artículo de perspectiva vinculado a la investigación, los científicos Daniela Bakula y Morten Scheibye-Knudsen, de la Universidad de Copenhague, remarcan que este hallazgo “tiene consecuencias importantes para la investigación del envejecimiento”. A su juicio, una contribución genética tan notable justifica reforzar los estudios a gran escala para identificar variantes asociadas con vivir más años, mejorar las puntuaciones de riesgo poligénico y relacionar esas diferencias genéticas con rutas biológicas concretas que regulan el envejecimiento.

investigación genética en longevidad

Gemelos, centenarios y el papel de las familias largas

Buena parte de la evidencia que respalda estas nuevas estimaciones procede de cohortes de gemelos y familias con gran longevidad. Los registros nacionales de Dinamarca y Suecia, junto con bases de datos de Estados Unidos, han permitido analizar casi 16.000 pares de individuos emparentados, incluidos aproximadamente 14.000 gemelos (monocigóticos y dicigóticos) y más de 2.000 pares de hermanos.

En estos conjuntos de datos se observan patrones consistentes: los gemelos idénticos, que comparten prácticamente el 100 % de su ADN, tienden a parecerse más en la edad de fallecimiento que los mellizos, que solo comparten aproximadamente la mitad. Además, cuando se estudian gemelos criados por separado, la correlación entre sus longevidades se mantiene, lo que indica que el entorno común de la infancia no explica por sí solo las semejanzas.

En paralelo, otros grupos están siguiendo de cerca a familias de centenarios y supercentenarios. El gerontólogo Nir Barzilai, del Instituto de Investigación sobre el Envejecimiento de la Escuela de Medicina Albert Einstein (EE. UU.), dirige un estudio con unas 750 personas centenarias y sus parientes. Sus resultados apuntan a que, en estos casos extremos, la genética puede explicar entre el 80 % y el 100 % de las probabilidades de alcanzar edades muy avanzadas.

Los datos que cita Barzilai son ilustrativos: si ambos progenitores son centenarios, la descendencia tendría, de media, una vida aproximadamente un 24 % más larga que la de la población general de su entorno. Si solo uno de los padres supera los 100 años, la ventaja se reduce a alrededor del 13 %, y si es un abuelo el que alcanza esa barrera, la extensión estimada ronda el 7 %. Traducido a edades concretas en un país con esperanza de vida media de 80 años, esto implicaría superar con relativa probabilidad los 100, los 93 o los 85 años, respectivamente.

En Europa, la experiencia con casos como el de la española Maria Branyas, que llegó a los 117 años, refuerza esta idea de familias particularmente longevas. Equipos como el liderado por Manel Esteller en el Instituto de Investigación de Sant Pau han analizado en detalle qué características biológicas y ambientales confluyen en estas personas excepcionales. Su trabajo sugiere que alcanzar cifras récord de edad requiere una combinación poco frecuente de “buenos genes” y “buenos hábitos”, desde evitar tóxicos como el tabaco y el alcohol hasta mantener una actividad física moderada y un entorno social estable.

Genes, enfermedades y envejecimiento biológico

Más allá de la cifra agregada de heredabilidad, los nuevos modelos permiten asomarse a la relación entre genética y causas específicas de muerte. En el caso del cáncer, por ejemplo, los autores del estudio describen una heredabilidad en torno al 30 % que se mantiene relativamente estable con la edad, lo que apunta a una interacción continuada entre predisposición genética y exposiciones ambientales durante toda la vida.

En las enfermedades cardiovasculares, el influjo de los genes aparece más elevado en edades relativamente tempranas, con estimaciones cercanas al 50 % en ciertos grupos, y se va modulando con el tiempo a medida que factores como la dieta, el sedentarismo o la atención sanitaria van ganando peso. Por su parte, las demencias muestran algunas de las cifras más altas: la heredabilidad estimada llega a situarse alrededor del 70 % en torno a los 80 años y después se estabiliza entre el 40 % y el 50 % en edades más avanzadas.

Estos resultados no significan que las enfermedades estén “programadas” de antemano, pero sí refuerzan la idea de que la biología del envejecimiento es, en gran parte, un fenómeno genéticamente modulado. Procesos como la reparación del ADN, el control de la inflamación crónica, la respuesta al estrés oxidativo o los mecanismos epigenéticos que regulan qué genes se activan o se silencian con la edad podrían estar jugando un papel relevante en la duración de la vida.

Desde la perspectiva de la investigación, esta nueva fotografía impulsa el interés por identificar variantes concretas asociadas a vivir más tiempo. Sin embargo, los propios autores reconocen que, a día de hoy, los estudios de asociación del genoma completo solo han encontrado variantes que explican pequeñas fracciones de la variación total. Todo apunta a que no existe un único “gen de la longevidad”, sino una constelación de cambios genéticos y epigenéticos que interactúan con el entorno a lo largo de décadas.

En este contexto, algunos expertos señalan que las puntuaciones de riesgo poligénico —herramientas que combinan el efecto de miles de variantes para estimar una predisposición global— podrían ayudar en el futuro a anticipar qué personas tienen más probabilidades de llegar a edades avanzadas o de desarrollar determinadas patologías ligadas al envejecimiento. Pero, de momento, se trata más de una promesa a medio plazo que de una realidad clínica inmediata.

La otra mitad: estilo de vida, entorno y salud pública

Si el componente genético ronda el 50 %-55 %, la pregunta inevitable es qué sucede con el otro 45 %-50 % de la esperanza de vida. En este punto, la mayoría de especialistas coincide: los factores ambientales y conductuales siguen teniendo un peso enorme, tanto a nivel individual como colectivo.

El demógrafo Tim Riffe, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco, subraya que los mayores avances en longevidad observados en Europa en el último siglo se deben, sobre todo, a mejoras en las condiciones de vida, la educación, la sanidad pública y la protección social, más que a cambios genéticos. El acceso a agua potable, la vacunación, los antibióticos, la reducción del trabajo infantil o la generalización de los sistemas de pensiones y de cobertura sanitaria han elevado de forma conjunta la supervivencia media.

Riffe y otros demógrafos advierten, además, de que un enfoque centrado exclusivamente en la genética podría agravar las desigualdades socioeconómicas en salud. Si en un futuro se desarrollan intervenciones personalizadas caras —por ejemplo, terapias génicas o fármacos muy específicos—, es probable que lleguen antes y con mayor intensidad a los grupos de renta más alta, ampliando las diferencias en esperanza de vida entre estratos sociales.

Por eso, desde una óptica de salud pública, muchos expertos insisten en que, incluso si la genética marca un techo potencial de longevidad, los estilos de vida saludables pueden añadir varios años de vida “útil”. Mantener una alimentación equilibrada, hacer ejercicio regular, dormir bien, no fumar, moderar el consumo de alcohol y vivir en entornos menos contaminados sigue siendo determinante para acercarse al máximo potencial que marca el ADN de cada persona.

En esta línea, Manel Esteller recuerda que, aunque las conclusiones sobre la heredabilidad son relevantes, “existe aproximadamente un 50 % de nuestra longevidad que no es genético”. La actividad cotidiana va modificando químicamente el riesgo de enfermar y morir, en buena parte a través de mecanismos epigenéticos que regulan la expresión de los genes. En otras palabras, los hábitos personales y las políticas públicas pueden modular cómo se “leen” nuestros genes a lo largo del tiempo.

Cautelas metodológicas y debates abiertos

Pese al entusiasmo que han despertado estos resultados, diversas voces del ámbito académico piden prudencia a la hora de interpretarlos. El actuario y doctor en Salud Pública Jesús Adrián Álvarez, con experiencia en Dinamarca, recalca que la mortalidad intrínseca y la heredabilidad no se observan de manera directa en estos trabajos, sino que se infieren a partir de modelos estadísticos que incluyen supuestos sobre la evolución de la mortalidad en distintas cohortes.

Estos modelos, explica, no identifican genes concretos ni incorporan información detallada sobre causas específicas de muerte o datos genómicos individuales. Se centran en captar las correlaciones matemáticas de longevidad entre gemelos. Por ello, advierte, la cifra del 55 % debe entenderse como “una estimación basada en un modelo y en una definición concreta de longevidad intrínseca, no como un hecho definitivo grabado en piedra”.

Otro matiz relevante tiene que ver con la propia definición de mortalidad extrínseca utilizada por los autores. Desde la demografía clásica, esta suele asociarse a muertes por causas externas y ligadas al comportamiento (accidentes, violencia, determinados consumos de riesgo), muy dependientes de la edad y del contexto social. En el nuevo estudio, en cambio, se define como un riesgo de fondo independiente de la edad, lo que no coincide exactamente con el uso habitual del concepto y puede influir en las estimaciones.

Más allá de las cuestiones técnicas, el trabajo abre preguntas de gran calado: ¿hasta dónde pueden llegar a vivir los seres humanos si se sigue reduciendo la mortalidad externa? ¿Qué ocurrirá cuando infecciones, accidentes y otros riesgos ambientales sigan disminuyendo gracias a nuevas tecnologías médicas y preventivas? ¿Podrían las intervenciones genómicas o farmacológicas llegar a empujar los límites biológicos de la vida humana más allá de lo que hoy consideramos posible?

Por ahora, la respuesta es necesariamente cauta. La mayoría de especialistas coincide en que, incluso si la genética fija parte de nuestro “techo” de longevidad, el envejecimiento es un proceso estocástico y multifactorial. La interacción entre susceptibilidad genética, exposición ambiental y adaptación fisiológica hace que cada trayectoria vital sea, en buena medida, única, lo que dificulta trazar predicciones cerradas.

Hacia fármacos anti-envejecimiento y nuevas líneas de investigación

Uno de los campos que más podría beneficiarse de esta revisión del peso genético en la esperanza de vida es el del desarrollo de fármacos dirigidos al envejecimiento. Si se confirma que ciertas variantes genéticas protegen frente a enfermedades relacionadas con la edad o favorecen un deterioro más lento, es posible que en el futuro se diseñen moléculas capaces de imitar esos efectos (ejemplos de terapias genéticas exitosas).

Investigadores como Manel Esteller subrayan que los nuevos datos “suponen un estímulo” para intensificar la búsqueda de genes y vías biológicas asociados a la longevidad, con la idea de modularlos farmacológicamente. De forma paralela, la industria de la longevidad —muy activa en Europa y Estados Unidos— sigue analizando casos de supercentenarios para entender qué combinación de factores genéticos y ambientales permite alcanzar edades excepcionales con buena calidad de vida.

Especialistas como Bakula y Scheibye-Knudsen señalan que, si la duración de la vida está en gran medida influida por la genética, el margen de maniobra de las intervenciones basadas exclusivamente en el estilo de vida podría ser más limitado de lo que se asumía. Aun así, inciden en que esto no resta importancia a las políticas de salud pública, sino que añade una capa adicional: la necesidad de integrar la información genética en la prevención y el tratamiento del envejecimiento.

Algunos demógrafos, en cambio, recuerdan que las intervenciones que más años de vida han añadido hasta la fecha han sido las políticas poblacionales amplias —mejoras en vivienda, educación, seguridad laboral o sistemas sanitarios— y no las estrategias individualizadas. El reto de las próximas décadas, especialmente en Europa, será encontrar un equilibrio entre el potencial de la medicina personalizada y la necesidad de mantener enfoques colectivos que reduzcan las brechas en salud.

En conjunto, los nuevos estudios no cierran el debate, pero sí cambian la balanza: la genética parece pesar mucho más en la esperanza de vida de lo que se pensaba, aunque ese peso se reparta de forma desigual entre individuos y poblaciones. A partir de ahora, comprender cómo se entrelazan los genes con el entorno —desde la infancia hasta la vejez— será clave para diseñar estrategias que no solo alarguen la vida, sino que amplíen también los años vividos con buena salud.

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