- Los hongos producen enzimas, metabolitos y vitaminas clave para la industria alimentaria, farmacéutica y agrícola.
- La mejora genética y la fermentación sumergida permiten optimizar la producción de compuestos fúngicos de alto valor.
- Hongos terrestres y marinos son aliados en biocontrol, biorremediación y reciclaje de residuos orgánicos.
- El reino Fungi representa una reserva todavía poco explotada de recursos biotecnológicos para salud y sostenibilidad.

Los hongos tienen fama de ser algo desagradable: manchas de moho en la pared, comida estropeada o enfermedades en plantas y personas. Sin embargo, cuando se les mira con calma desde la biotecnología, se descubre justo lo contrario: constituyen una de las herramientas más potentes y versátiles que tenemos para transformar materias primas, producir medicamentos, generar alimentos, reciclar residuos y hasta entender mejor el cambio climático.
En las últimas décadas, el reino Fungi ha pasado de ser un gran desconocido a convertirse en un auténtico protagonista en laboratorios, industrias y explotaciones agrícolas. Gracias a su enorme diversidad y a su capacidad para producir enzimas, metabolitos secundarios, vitaminas y compuestos bioactivos, los hongos se han convertido en aliados clave de la alimentación, la farmacología, la agricultura sostenible y la protección del medio ambiente. Y lo más interesante es que esto va mucho más allá de las setas que vemos en el mercado: hablamos de levaduras, mohos filamentosos terrestres y marinos, e incluso especies capaces de soportar condiciones extremas.
Qué son los hongos y por qué son tan valiosos en biotecnología
Los hongos pertenecen a un reino propio, el reino Fungi, distinto del vegetal y del animal. No realizan fotosíntesis, son organismos heterótrofos y, en la naturaleza, desempeñan sobre todo papeles de descomponedores y recicladores de materia orgánica. Sin esta actividad, los ecosistemas terrestres colapsarían, porque la materia vegetal muerta no se degradaría con la rapidez necesaria.
Dentro de este reino encontramos una diversidad enorme: levaduras unicelulares, mohos filamentosos y setas macroscópicas, además de hongos microscópicos que viven en el suelo, en la madera, en las plantas, en aguas dulces, en el mar o incluso en ambientes extremadamente fríos, salinos, ácidos o contaminados. Justo estas especies menos conocidas, especialmente las que soportan condiciones extremas, están despertando gran interés por las adaptaciones que presentan y por su potencial biotecnológico.
Desde un punto de vista aplicado, los hongos interesan porque son capaces de sintetizar y secretar una gran variedad de enzimas extracelulares que degradan polisacáridos complejos como la celulosa, la hemicelulosa o la pectina de las paredes celulares vegetales. Además, durante su metabolismo primario y secundario producen metabolitos de alto valor para la industria alimentaria, farmacéutica, agrícola y ambiental.
La biotecnología moderna no solo aprovecha lo que los hongos hacen de manera natural, sino que recurre a técnicas de ingeniería genética y transcriptómica y cultivo avanzado para mejorar cepas, controlar la expresión génica y optimizar la secreción de proteínas. De este modo se obtienen mayores rendimientos, productos más puros y procesos más eficientes y sostenibles.
Mejora genética de hongos y producción de enzimas de interés industrial
Uno de los campos más activos de la investigación actual se centra en la mejora genética de hongos filamentosos para potenciar la producción de enzimas extracelulares. Estas enzimas son esenciales para la degradación de los polisacáridos presentes en la pared celular vegetal y son clave en sectores como la alimentación, la obtención de biocombustibles, la industria del papel o el tratamiento de residuos agrícolas y forestales.
Un organismo modelo muy utilizado es Aspergillus nidulans, que sirve como referencia para entender la regulación de la expresión génica y los mecanismos de secreción de proteínas. Mediante técnicas transcriptómicas, los grupos de investigación identifican y caracterizan tanto genes estructurales como reguladores implicados en la síntesis de enzimas que actúan sobre la pectina y otros polisacáridos vegetales.
En este contexto, se estudian con especial detalle los elementos necesarios para la captación y utilización de azúcares pécticos. Estos azúcares no solo sirven como fuente de carbono para el hongo, sino que también actúan como moléculas señalizadoras que modulan la expresión de determinados genes. Así, el sistema de detección de azúcares se conecta directamente con las rutas de secreción de las enzimas y con la adaptación del hongo al sustrato disponible.
Otro aspecto relevante es el análisis de las vías de secreción de proteínas, incluidas las rutas no convencionales. Comprender cómo un hongo filamentosos exporta sus enzimas al exterior permite optimizar la producción industrial, reducir pérdidas y diseñar cepas más eficientes para aplicaciones específicas. Estas investigaciones tienen un impacto directo en la revalorización de residuos agrícolas y forestales, ya que permiten convertir materiales de bajo valor en azúcares fermentables, compuestos bioactivos o nuevos materiales.
Además, muchas de estas enzimas son decisivas en fitopatología. Las pectinasas y otras enzimas degradadoras de pared vegetal suelen ser de las primeras en ser secretadas por hongos fitopatógenos cuando invaden los tejidos de las plantas. Entender este proceso a nivel molecular no solo es útil para controlar enfermedades, sino también para diseñar estrategias biotecnológicas que aprovechen esas capacidades de degradación de forma controlada.
Hongos y biotecnología alimentaria: fermentaciones, enzimas y alimentos funcionales
El vínculo entre hongos y alimentación viene de lejos. Procesos tan cotidianos como la fermentación del pan, el vino, la cerveza, la sidra, el queso o el yogur son, en realidad, aplicaciones biotecnológicas tradicionales basadas en levaduras y otros microorganismos. Durante siglos se desarrollaron por ensayo y error, y solo desde el siglo XIX se empezaron a entender científicamente.
En panificación, el papel protagonista lo tiene la levadura Saccharomyces cerevisiae. Antiguamente, los panes eran planos, precisamente porque no se añadía este hongo levaduriforme. Hoy sabemos que fermenta el almidón y los azúcares presentes en la harina, liberando dióxido de carbono y alcohol. El gas queda atrapado en la masa, le da volumen y genera la textura esponjosa característica.
En quesería, hongos del género Penicillium son esenciales para la elaboración de variedades curadas como Brie o Camembert. En estos casos, se rocían las superficies de los quesos con esporas de Penicillium camemberti, que producen lipasas capaces de descomponer las grasas. Este proceso aporta sabor, aroma y una apariencia más apetecible a los quesos.
La producción industrial de alcohol y de numerosas bebidas alcohólicas también depende de la actividad de levaduras. Para el vino se fermenta el zumo de uva empleando levaduras como Saccharomyces ellipsoideus; en sidras se usan cepas de S. cerevisiae como S. uvarum y S. fragilis; para la cerveza se fermenta la cebada, con usos frecuentes de S. carlsbergensis y S. cerevisiae. En todos los casos, la biotecnología moderna ha permitido seleccionar cepas con mejor rendimiento, perfiles aromáticos concretos y mayor estabilidad.
Más allá de las fermentaciones clásicas, los hongos son una fuente crucial de enzimas para la industria alimentaria. Por ejemplo, la principal fuente de pectinasas son hongos del género Aspergillus, utilizados para clarificar zumos, vinos, vinagres, jarabes y gelatinas con alto contenido de sustancias pécticas. Al tratar los jugos con pectinasas se evita su gelificación durante la concentración y se facilita la extracción de jugos, como en el prensado de uvas para obtener vinos de fácil clarificación.
Otras enzimas fúngicas muy usadas son la celulasa procedente de Trichoderma longibrachiatum, que modifica celulosa y hemicelulosa para mejorar texturas; la amilasa de Aspergillus niger, fundamental en el procesamiento del almidón; o la β-galactosidasa de levaduras del género Kluyveromyces, responsable de hidrolizar la lactosa y permitir la elaboración de leches y derivados deslactosados.
En paralelo, la biotecnología explora la producción sostenible de biomoléculas de interés agroalimentario mediante hongos: nuevas enzimas (xilanasas, hidrolasas, lactasas), complejos enzimáticos y compuestos bioactivos que mejoren la calidad, seguridad y valor nutricional de los alimentos. En este ámbito también se desarrollan alimentos funcionales y suplementos basados en hongos comestibles y medicinales, aprovechando sus propiedades antioxidantes, inmunomoduladoras y antiinflamatorias.
Hongos en la industria farmacéutica: antibióticos, vitaminas y estatinas
La industria farmacéutica es uno de los grandes beneficiarios del potencial fúngico. Muchos de los antibióticos más relevantes de la historia de la medicina proceden de hongos que viven en el suelo y que, en su entorno natural, producen estos compuestos para defenderse de otros microorganismos competidores.
El ejemplo más emblemático es la penicilina, descubierta en 1928 por Alexander Fleming a partir del hongo Penicillium notatum. Este antibiótico, muy activo contra bacterias Gram-positivas, revolucionó el tratamiento de neumonía, tuberculosis y muchas otras infecciones bacterianas, con relativamente pocos efectos adversos. Este hito marcó el inicio de la era antibiótica y abrió la puerta a una larga lista de moléculas producidas o inspiradas en metabolitos fúngicos.
Otro grupo importante son las cefalosporinas, producidas por hongos como Cephalosporium acremonium, y eficaces frente a bacterias Gram-positivas y Gram-negativas. El ácido fusídico, obtenido de Fusidium coccineum, se dirige principalmente a bacterias Gram-positivas y actúa como bacteriostático al inhibir la síntesis de proteínas bacterianas. Estos son solo algunos ejemplos dentro de un catálogo cada vez más amplio de antibióticos producidos biotecnológicamente mediante hongos.
Los hongos también participan en la producción industrial de vitaminas. Aunque muchas se obtienen por síntesis química, algunas resultan más ventajosas cuando se producen por fermentación microbiana. Es el caso de la vitamina B1, para cuya obtención se usan hongos como Aspergillus niger, Saccharomyces cerevisiae y Candida utilis. Para la riboflavina (vitamina B2) se aprovechan especies como Eremothecium ashbyii y Ashbya gossypii, altamente eficientes en su biosíntesis.
En el ámbito cardiovascular, las estatinas constituyen otro ejemplo de metabolitos fúngicos de gran valor. Estas moléculas reducen la síntesis de colesterol en el hígado al inhibir la HMG-CoA reductasa, ayudando a controlar la hipercolesterolemia y disminuyendo el riesgo de enfermedades coronarias. La lovastatina se aísla de Monascus ruber, mientras que la mevastatina procede de Penicillium citrinum, ambos hongos explotados a escala industrial por su capacidad para producir estas sustancias.
Además, la biotecnología fúngica ha dado pie al desarrollo de vacunas basadas en levaduras recombinantes, como la primera vacuna eficaz y segura contra el virus de la hepatitis B, producida en células de levadura modificadas genéticamente. Esto demuestra la versatilidad del reino Fungi no solo como fuente de moléculas pequeñas, sino también como plataforma de expresión de proteínas complejas de interés médico.
Aplicaciones agrícolas: biofungicidas, solubilización de nutrientes y control de patógenos
La agricultura moderna se enfrenta al reto de mantener la productividad sin disparar el impacto ambiental. En este escenario, los hongos se han convertido en una pieza fundamental de la biotecnología agrícola y el manejo integrado de cultivos. Frente al uso masivo de pesticidas y fertilizantes químicos, los hongos ofrecen alternativas biológicas para controlar plagas y mejorar la nutrición de las plantas.
Un ejemplo clave son los biofungicidas basados en hongos beneficiosos, en particular especies del género Trichoderma. Estos hongos actúan como antagonistas de numerosos fitopatógenos, compitiendo por espacio y nutrientes, produciendo enzimas que degradan las paredes de otros hongos y secretando metabolitos que inhiben su crecimiento. Por su eficacia y seguridad, Trichoderma está presente en más del 60 % de los biofungicidas registrados a nivel mundial.
Otra línea de aplicación muy relevante se centra en los hongos solubilizadores de fósforo (HSF). El fósforo es un nutriente esencial para las plantas, pero en el suelo suele encontrarse en formas poco disponibles. Para corregir esa limitación, tradicionalmente se han aplicado grandes cantidades de fertilizantes químicos, que pueden acabar filtrándose a aguas subterráneas y contribuir a la contaminación. Los HSF, entre los que destacan especies de Aspergillus, Penicillium, Trichoderma y Fusarium, liberan ácidos orgánicos y enzimas capaces de solubilizar el fósforo, poniéndolo a disposición de las raíces de las plantas.
La aplicación de inoculantes fúngicos en semillas y suelos permite reducir la dependencia de fertilizantes sintéticos, mejorar la eficiencia de uso de nutrientes y favorecer un crecimiento vegetal más sano y resiliente. Todo ello se traduce en sistemas agrícolas más sostenibles, con menos impacto en el entorno y mayor seguridad alimentaria.
Paralelamente, la investigación en fitopatología se dirige a entender mejor los mecanismos de virulencia, resistencia a fungicidas y respuesta al estrés oxidativo en hongos patógenos de alimentos y cultivos. Conocer estos procesos posibilita el diseño de nuevas estrategias de control, combinando técnicas clásicas y biotecnológicas, así como la búsqueda de productos alternativos a los fungicidas químicos, más respetuosos con el medio y con la salud humana.
Hongos y medio ambiente: reciclaje de residuos, biodegradación y micotecnología
Más allá de la agricultura, los hongos son aliados esenciales en la gestión del medio ambiente. Su capacidad para degradar compuestos orgánicos complejos los convierte en candidatos ideales para programas de tratamiento de residuos y descontaminación de suelos y aguas. De hecho, la llamada micotecnología se basa precisamente en explotar estos procesos naturales a escala controlada.
Entre las aplicaciones más destacadas se encuentran la degradación de sustancias tóxicas y xenobióticos, la limpieza de restos de petróleo y derivados, el tratamiento de aguas residuales y la valorización de subproductos agrícolas y forestales. Los hongos saprótrofos, especializados en descomponer materia vegetal, son capaces de atacar estructuras lignocelulósicas muy resistentes que otros microorganismos apenas pueden aprovechar.
En la industria del papel, las enzimas fúngicas permiten mejorar procesos de blanqueo, refinado y reciclaje de fibras, reduciendo la necesidad de reactivos químicos agresivos. En el tratamiento de residuos orgánicos, los hongos aceleran la conversión de restos vegetales en compost, fomentando la economía circular y reduciendo el volumen de desechos que termina en vertederos.
Otro frente interesante es la producción de proteínas para consumo animal y generación de energía. Al cultivar hongos sobre residuos lignocelulósicos se obtiene biomasa rica en proteína que puede emplearse como ingrediente en piensos, y se pueden liberar azúcares fermentables que sirven como sustrato para producir biogás, bioetanol u otros biocombustibles.
Además, la capacidad de los hongos para colonizar ambientes contaminados, ácidos, salinos o muy fríos abre la puerta a usos en biorremediación en escenarios extremos, incluidos ecosistemas afectados por derrames industriales, minería o contaminación crónica. Estos estudios, todavía en fases relativamente tempranas para muchos grupos fúngicos, apuntan a un potencial biotecnológico considerable.
Hongos marinos y ciclo del carbono: un recurso biotecnológico emergente
En los últimos años se ha empezado a explorar con más detalle un ámbito poco conocido: el de los hongos marinos. Estos organismos viven en la columna de agua oceánica como parte del plancton, adheridos a partículas orgánicas o asociados a algas y otros organismos. En los ecosistemas marinos actúan como parásitos, mutualistas o saprótrofos, y participan en la descomposición de materia orgánica compleja rica en carbono.
Los estudios disponibles sugieren que solo se ha descrito una pequeña fracción de las especies de hongos marinos, probablemente menos del 1 %, en parte por las dificultades técnicas asociadas a la secuenciación de su ADN y al cultivo en laboratorio. Proyectos como MYCO-CARB han empezado a llenar este vacío empleando un doble enfoque: cultivo en medios con sales marinas y análisis directos de ADN y ARN de muestras oceánicas sin cultivo.
Para ello, se han tomado muestras de agua desde el Atlántico abierto hasta sedimentos costeros, además de recolectar algas marinas que albergan comunidades fúngicas asociadas. Una vez en el laboratorio, se aíslan los hongos y se identifican mediante técnicas moleculares, construyendo así una colección de cultivos de hongos marinos que sirve como base para futuros trabajos en ecología y biotecnología.
Gracias al análisis de secuencias de ARN y al estudio de CAZymes (enzimas activas sobre carbohidratos), se ha demostrado que los hongos marinos saprótrofos son activos degradadores de materia orgánica compleja en mar abierto, contribuyendo al ciclo del carbono oceánico. Se ha observado que las comunidades fúngicas cambian a escala mensual y estacional, mostrando patrones de reemplazo de especies que todavía se están investigando para comprender sus impulsores ecológicos.
Desde el punto de vista aplicado, estas colecciones de hongos marinos representan un tesoro biotecnológico potencial. Podrían ser fuente de nuevos compuestos antimicrobianos, moléculas bioactivas, enzimas específicas para procesar biomasa marina (como residuos de la industria de algas) y soluciones innovadoras para captura de carbono o tratamiento de efluentes marinos. A día de hoy, gran parte de este potencial está aún por explotar.
Nuevas tecnologías de cultivo: fermentación sumergida y producción de hongos medicinales
Los hongos medicinales y funcionales han ganado presencia en los últimos años como ingredientes de suplementos, alimentos y bebidas saludables. Tradicionalmente se han cultivado en sustratos sólidos como troncos, paja o serrín, esperando a que desarrollen sus cuerpos fructíferos (las setas propiamente dichas). Aunque este método produce hongos de calidad, presenta varios inconvenientes: depende del clima, requiere mucho tiempo, demanda mano de obra intensiva y puede estar expuesto a contaminantes como metales pesados del sustrato.
Para superar estas limitaciones, muchas empresas y centros de investigación están adoptando la fermentación sumergida o fermentación en medio líquido. En este sistema, el hongo crece como micelio en un caldo nutriente dentro de biorreactores donde se controlan estrictamente parámetros como la temperatura, el pH, el oxígeno disuelto y la agitación.
Las ventajas de la fermentación sumergida son notables: se logra un mayor control de calidad, menor riesgo de contaminación, ciclos de producción más cortos y una mejor estandarización del producto final. Además, se pueden obtener concentraciones más altas de metabolitos bioactivos y se mejora su biodisponibilidad, algo clave cuando se formulan complementos nutricionales o extractos con propiedades medicinales.
Este tipo de bioprocesos permite también aislar y purificar de forma más eficiente moléculas como polisacáridos, terpenos, compuestos fenólicos u otros metabolitos secundarios responsables de los efectos inmunomoduladores, antioxidantes y antiinflamatorios atribuidos a muchos hongos funcionales.
Todo este desarrollo técnico se apoya en el conocimiento acumulado de la biología de los hongos: desde su fisiología y metabolismo hasta los detalles de sus rutas biosintéticas y los factores que regulan la expresión de genes implicados en la producción de compuestos de interés. La combinación de biología molecular, ingeniería de bioprocesos y diseño de nuevos productos está impulsando una verdadera revolución en el ámbito de la biotecnología fúngica aplicada a la salud y al bienestar.
La suma de aplicaciones en alimentación, farmacia, agricultura, medio ambiente y salud pone de manifiesto que el reino Fungi es mucho más que mohos molestos o setas en el bosque: es un aliado versátil y en plena expansión tecnológica. Desde las fermentaciones ancestrales hasta la fermentación sumergida en biorreactores, pasando por los hongos marinos y los microorganismos de suelos extremos, el potencial biotecnológico de los hongos sigue creciendo y dejando claro que, a nivel científico e industrial, aún nos queda mucho por descubrir y aprovechar.
