- Los pacientes con cáncer han sufrido mayor riesgo de COVID-19 grave, retrasos en diagnósticos y cambios profundos en sus tratamientos.
- El malestar emocional y la vulnerabilidad económica aumentaron, sobre todo en mujeres y personas jóvenes con cáncer.
- Las enfermeras oncológicas y los cuidados de soporte fueron clave para sostener a pacientes pese al desgaste profesional.
- La pandemia alteró ensayos clínicos y financiación, exigiendo una vigilancia a largo plazo del impacto en la incidencia y la supervivencia del cáncer.
La irrupción de la COVID-19 puso patas arriba el sistema sanitario y, de rebote, cambió la vida de miles de personas con cáncer. No solo se alteraron diagnósticos, tratamientos y seguimientos oncológicos, sino que también se disparó el malestar emocional, se resintió la economía de muchos hogares y se tensó al límite al personal sanitario, especialmente a las enfermeras oncológicas. Todo ello ha generado un impacto complejo que vamos entendiendo poco a poco gracias a los datos y a la experiencia acumulada en estos años.
Hoy sabemos que la pandemia ha afectado al cáncer en varias capas: riesgo de infección y gravedad en pacientes oncológicos, retrasos asistenciales, deterioro psicológico, vulnerabilidad social y económica, y frenos en la investigación y en los ensayos clínicos. Al mismo tiempo, han surgido nuevas formas de atención, como la telemedicina, y se han reforzado estrategias de apoyo emocional y autocuidado de los profesionales. Este artículo repasa con detalle todo ese impacto, integrando lo que muestran los estudios y lo que se ha vivido en la práctica clínica.
Pacientes con cáncer y COVID-19: un grupo especialmente vulnerable
Desde el inicio de la pandemia se identificó a las personas con cáncer como uno de los colectivos más frágiles frente al SARS-CoV-2. La mayoría de pacientes oncológicos son de edad avanzada y acumulan otras enfermedades crónicas, lo que ya de por sí aumenta el riesgo de complicaciones por COVID-19.
A eso se suma que el cáncer y muchos de sus tratamientos (quimioterapia, algunas inmunoterapias, corticoides prolongados, trasplantes de médula ósea o de células madre) pueden producir inmunosupresión y dejar el sistema defensivo “bajo mínimos”. Con un sistema inmune debilitado, cualquier infección viral, incluido el coronavirus, puede evolucionar de forma más grave.
Los primeros datos de China mostraron que alrededor del 2% de los pacientes con COVID-19 tenían cáncer, y que las personas con cáncer infectadas tenían más probabilidades de ingresar en UCI, necesitar ventilación mecánica o fallecer. En Italia, la revisión de historias clínicas de pacientes fallecidos por COVID-19 reveló que aproximadamente uno de cada cinco tenía cáncer en tratamiento, lo que reforzó esa percepción de riesgo elevado.
También se vio que quienes habían recibido quimioterapia o cirugía oncológica reciente parecían tener desenlaces especialmente desfavorables. Aunque los estudios iniciales incluían pocos pacientes y tipos de cáncer muy diferentes, fueron suficientes para que las sociedades científicas dieran la voz de alarma y recomendaran extremar la protección de este colectivo.
Conviene matizar que la evidencia no fue homogénea entre países, ni en todas las series se observaron los mismos niveles de riesgo. Incluso se recordaba que en epidemias previas de otros coronavirus, como el SARS o el MERS, las personas inmunodeprimidas no siempre presentaron una enfermedad más grave. Aun así, el principio de prudencia llevó a considerar a los pacientes oncológicos como grupo de alto riesgo y a adaptar de forma intensa la práctica clínica.
Cómo afecta el COVID-19 a las personas con cáncer
La COVID-19 puede presentarse de forma muy variada, desde cuadros leves hasta infecciones potencialmente mortales. Adultos y niños, con o sin cáncer, pueden contagiarse más de una vez, y la ausencia de síntomas no impide transmitir el virus a otras personas.
En una infección aguda típica, los síntomas suelen aparecer entre 2 y 14 días tras el contacto con el virus. Los más frecuentes incluyen fiebre o escalofríos, tos, sensación de falta de aire, dolores musculares, cansancio intenso, dolor de cabeza, dolor de garganta, congestión o goteo nasal, diarrea, náuseas o vómitos y pérdida del olfato o del gusto. En personas con cáncer, cualquier síntoma respiratorio persistente o que empeora debe disparar la alerta y motivar contacto rápido con el equipo oncológico.
En casos graves, la COVID-19 puede causar dificultad respiratoria marcada, dolor u opresión constante en el pecho, confusión, dificultad para despertarse o cambios en el color de la piel, labios o uñas. En estas situaciones, la recomendación es buscar atención médica urgente, haya o no diagnóstico de cáncer.
Determinados grupos dentro de la población oncológica tienen un riesgo todavía mayor de enfermedad grave. Quienes padecen cáncer de la sangre (como leucemias y linfomas), quienes reciben quimioterapia, inmunoterapia concreta, tratamientos prolongados con corticoides, o un trasplante de médula ósea o de células madre, así como las personas con cáncer de pulmón, se sitúan entre los colectivos más vulnerables.
Además, las personas con cáncer que deben acudir con frecuencia al hospital o al centro de salud para controles, pruebas y tratamientos se exponen a más contactos potenciales con el virus. Esto obligó a rediseñar circuitos asistenciales, crear zonas libres de COVID-19 y, siempre que fue posible, sustituir visitas presenciales por atención telefónica o videollamadas.
Un capítulo aparte es el llamado COVID persistente o prolongado. En algunas personas, incluidos pacientes con cáncer, los síntomas iniciales se alargan durante semanas o meses, con cansancio extremo, dificultad para concentrarse, falta de aire al mínimo esfuerzo o problemas digestivos. Muchos de estos signos se solapan con efectos secundarios de la propia enfermedad oncológica o de sus tratamientos, lo que complica el diagnóstico y el manejo.
Medidas de protección y vacunación en pacientes oncológicos
Para reducir el riesgo de infección por COVID-19 en personas con cáncer se han combinado varias estrategias. La piedra angular es la vacunación frente al coronavirus, que ha demostrado disminuir de forma clara la probabilidad de cuadros graves, hospitalización y muerte, también en muchos pacientes oncológicos.
Con el tiempo, el virus ha ido cambiando mediante mutaciones, generando nuevas variantes. Por ello, las vacunas se actualizan periódicamente para ajustar su protección a las cepas circulantes. La mayoría de oncólogos recomiendan vacunarse, pero el momento adecuado puede variar según la situación de cada paciente.
En algunos casos, conviene programar la vacunación antes de iniciar un ciclo de tratamiento muy inmunosupresor o bien esperar a que el sistema inmune se recupere parcialmente. Ciertos tratamientos intensos pueden inutilizar de facto la respuesta inmunitaria durante un tiempo, haciendo que la vacuna apenas tenga efecto; en esos escenarios, es posible que sea preciso revacunar más adelante.
Para quienes previsiblemente vayan a responder poco a la vacuna, existe la opción de fármacos preventivos como el pemivibart (Pemgarda). Este medicamento se administra por vía intravenosa, habitualmente cada tres meses, y actúa como una capa adicional de protección, sin sustituir a la vacunación. La decisión de usarlo se toma de forma individualizada, valorando el grado de inmunosupresión y la exposición al virus.
Las medidas higiénicas y de distancia física siguen siendo relevantes, sobre todo en personas con cáncer activas en tratamiento. Evitar espacios cerrados muy concurridos, mantener distancia con personas con síntomas respiratorios y usar mascarilla en entornos de riesgo son recomendaciones habituales que cada centro adapta a la situación epidemiológica del momento.
En cuanto al tratamiento del COVID-19 en pacientes con cáncer, se utilizan prácticamente las mismas opciones que en el resto de población, con ajustes según cada caso. Los antivirales de uso temprano y los fármacos que reducen la inflamación sistémica han demostrado disminuir complicaciones en grupos de alto riesgo, y suelen estar indicados si el paciente cumple los criterios clínicos y temporales.
Evolución del malestar emocional durante la pandemia
El impacto psicológico de la pandemia en personas con cáncer ha sido profundamente llamativo. Estudios realizados a lo largo de las distintas olas han mostrado que el confinamiento y el clima de amenaza sanitaria dispararon el malestar emocional en este colectivo, lejos de estabilizarse con el tiempo.
En los primeros meses, aproximadamente un tercio de los pacientes oncológicos, en torno al 34%, presentaban niveles de malestar psicológico compatibles con un problema clínico relevante. Lejos de disminuir a medida que se prolongaba la situación, en la segunda oleada el porcentaje de pacientes con elevado malestar subió hasta alrededor del 41%. Es decir, más de 4 de cada 10 personas con cáncer se encontraban muy afectadas anímicamente.
Este sufrimiento no se repartió por igual. Las mujeres mostraron sistemáticamente más malestar que los hombres, y esa brecha se ensanchó con el paso de los meses. En el inicio de la pandemia, en torno a un tercio de los hombres (alrededor del 32%) y algo más de una tercera parte de las mujeres (cerca del 35%) presentaban malestar significativo; meses después, las cifras ascendieron a prácticamente la mitad de las mujeres (alrededor del 45%), mientras que en varones rondaban poco más de una cuarta parte (en torno al 27%).
La edad también marcó diferencias claras. Cuanto más joven era la persona con cáncer, mayor probabilidad de experimentar un fuerte impacto emocional. En menores de 34 años, los niveles de malestar se situaron por encima de la mitad de los pacientes (en torno al 57%) al inicio y crecieron aún más (hasta cerca del 62%) con el paso de los meses. En el extremo opuesto, en los mayores de 65 años, la proporción de personas con malestar intenso bajaba hasta aproximadamente un 23%.
Este comportamiento encaja con lo que ya se sabía del cáncer antes de la pandemia: el diagnóstico y el tratamiento generan una fuerte carga psicológica, pero añadir la incertidumbre sobre el virus, el miedo a contagiarse en el hospital, el aislamiento social y las dificultades económicas actuó como una tormenta perfecta. Muchos pacientes se vieron gestionando el miedo al cáncer y al COVID-19 a la vez, con menos apoyos presenciales y más soledad.
Impacto económico y situaciones de mayor vulnerabilidad
En paralelo al malestar emocional, la pandemia golpeó el bolsillo de numerosos pacientes y sus familias. Los datos muestran que casi una quinta parte de las personas con cáncer vieron deteriorarse su situación económica familiar de forma grave o muy grave en los primeros meses de la crisis sanitaria. Cerca de un 9% reportaban un empeoramiento muy grave y otro porcentaje similar describía un empeoramiento importante.
A lo largo de los meses, se observó cierta mejoría en los escenarios menos severos. En el arranque de la pandemia, en torno al 57% de los pacientes afirmaban que sus ingresos familiares se mantenían estables; varios meses después, esa proporción subió hasta alrededor del 63%, y algo similar ocurrió con quienes referían solo un pequeño empeoramiento. Sin embargo, las situaciones de mayor severidad apenas cambiaron: alrededor del 9,7% seguían indicando que su economía había empeorado bastante y en torno al 6,6% que había empeorado mucho.
Las dificultades más frecuentes incluían problemas para pagar el alquiler o la hipoteca, afrontar los suministros básicos del hogar (luz, gas, agua) y costear una alimentación adecuada. En personas que ya arrastraban gastos derivados del cáncer (desplazamientos, medicación no cubierta, bajas laborales), cualquier pérdida de ingresos añadía una carga muy difícil de asumir.
A nivel subjetivo, las mayores fuentes de angustia identificadas durante la pandemia fueron dos: el miedo por la propia salud y la de los familiares, y la preocupación por la estabilidad económica del hogar. Este doble foco de amenaza se tradujo en más ansiedad, más insomnio y mayor sensación de inseguridad de cara al futuro.
Reorganización de la atención oncológica y retrasos asistenciales
Para poder responder al aluvión de pacientes con COVID-19, el sistema sanitario tuvo que reorganizarse en cuestión de días. Se liberaron camas, se transformaron unidades enteras, se reasignó personal y se aplazaron actividades consideradas no urgentes. La oncología, lógicamente, no fue ajena a esta transformación.
Sociedades científicas como la Sociedad Europea de Oncología Médica (ESMO), la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) y la Sociedad Española de Oncología Radioterápica (SEOR) publicaron rápidamente recomendaciones para adaptar la práctica clínica. Entre las medidas se incluían reducir las visitas presenciales al mínimo imprescindible, potenciar la telemedicina, posponer revisiones de seguimiento estables y proteger a los pacientes con equipos de protección individual y circuitos diferenciados.
En algunos casos se planteó retrasar o ajustar determinados tratamientos oncológicos, modificar esquemas de dosis o fraccionamientos en radioterapia o incluso optar por una vigilancia estrecha (“watchful waiting”) en tumores detectados en estadios muy iniciales, siempre que el aplazamiento de 8 a 12 semanas no comprometiera el pronóstico.
Para ordenar estas decisiones, ESMO propuso un sistema de prioridades (alta, media o baja) basado en el beneficio esperado del tratamiento en términos de supervivencia o calidad de vida y el riesgo de perder ese beneficio si se demoran las intervenciones. Los tratamientos catalogados como de prioridad alta, con impacto sustancial en la evolución de la enfermedad, no deberían modificarse salvo circunstancias extremas.
Esta reorganización no estuvo exenta de riesgo. Por un lado, las visitas inevitables al hospital seguían suponiendo una posible fuente de contagio para pacientes inmunodeprimidos, en un contexto de escasez inicial de material de protección. Por otro, el hecho de que un porcentaje elevado de profesionales sanitarios se infectara o fuera reasignado a unidades COVID redujo la disponibilidad de oncólogos y enfermeras especializadas, lo que podía traducirse en demoras no deseadas en diagnósticos y tratamientos.
Además, se observó que muchas personas, por miedo al virus, evitaron acudir a urgencias o a su médico ante síntomas que consideraban “no urgentes”, incluso aunque pudieran corresponder a un cáncer en fases iniciales. Situaciones similares se documentaron en otras patologías tiempo-dependientes, como los síndromes coronarios agudos, con menos consultas y menos procedimientos intervencionistas durante los picos de la pandemia.
Efecto de la pandemia en la incidencia y el diagnóstico del cáncer
Todo ese contexto de retrasos y evitación de la asistencia sanitaria se reflejó pronto en los datos epidemiológicos. En 2020, diversos estudios detectaron una caída abrupta en el número de nuevos diagnósticos de cáncer y en el volumen de informes anatomopatológicos
, lo que indicaba claramente que había tumores que no se estaban detectando a tiempo, no que hubieran desaparecido.
Para analizar qué ocurrió después, investigadores del Instituto Nacional del Cáncer (NCI) utilizaron los datos del programa SEER en Estados Unidos y compararon las tasas de incidencia de cáncer de 2021 con las tendencias previas a la pandemia. El objetivo era comprobar si en 2021 se producía un “rebote” compensatorio: un aumento por encima de lo esperado que reflejara la aparición de los casos que no se diagnosticaron en 2020.
El análisis incluyó el cáncer en conjunto y varios tipos específicos con diferentes vías de detección: mama femenina y próstata (frecuentemente diagnosticados mediante cribado), pulmón y páncreas (más ligados a síntomas), y tiroides (a menudo detectado de forma casual en otras pruebas).
Los resultados mostraron que las tasas de incidencia globales y de la mayoría de tumores analizados en 2021 se aproximaron nuevamente a los niveles prepandémicos, pero sin un rebote claro que compensara la caída de 2020. Es decir, en términos de diagnósticos registrados, el sistema se “reenganchó” a la tendencia previa, pero no pareció recuperar de golpe todos los casos que se habían quedado sin detectar el año anterior.
Hubo algunas excepciones. En cáncer de mama se observó un aumento de los diagnósticos en estadios avanzados en 2021, lo que probablemente refleja parte de los retrasos en cribados y evaluaciones durante 2020. También se registró cierto incremento en los casos avanzados de cáncer de páncreas. En cambio, los nuevos diagnósticos de cáncer de tiroides permanecieron por debajo de los niveles anteriores, quizá en relación con una reducción de hallazgos incidentales.
Los autores del estudio consideraron 2021 como un año de transición, aún muy condicionado por nuevas variantes del virus y sucesivas olas de contagios, que siguieron perturbando el acceso a la atención sanitaria. Sus conclusiones subrayan la necesidad de mantener una vigilancia estrecha en los próximos años para comprender el impacto real de la pandemia en la supervivencia y los resultados de los pacientes con cáncer.
El papel de las enfermeras oncológicas y el cuidado de soporte
Mientras todo esto ocurría, las enfermeras estuvieron en primera línea, y las de oncología tuvieron que hacer malabares para sostener a pacientes que seguían necesitando diagnósticos, tratamientos complejos y acompañamiento emocional en mitad de una crisis sanitaria mundial. El cáncer, como se repetía a menudo, no se detuvo por la pandemia.
Las restricciones de visitas y acompañantes significaron que muchas personas acudieran solas a consultas, quimioterapias o cirugías, sin la presencia física de familiares o amigos que habitualmente les sirven de soporte. Al mismo tiempo, los recursos comunitarios y asociaciones de pacientes redujeron actividad presencial, lo que limitó aún más las redes de apoyo.
En este contexto, cobró especial relevancia el marco de cuidados de soporte descrito por Fitch, que concibe la atención al paciente oncológico como un abordaje integral de sus necesidades físicas, emocionales, sociales, psicológicas, informativas, espirituales y prácticas, desde el diagnóstico hasta el seguimiento, incluyendo supervivencia, cuidados paliativos y duelo.
Las enfermeras oncológicas utilizaron este enfoque, de forma explícita o implícita, para reforzar su rol de acompañamiento, escucha activa, educación y apoyo en la toma de decisiones. La relación terapéutica paciente-profesional, ya de por sí fundamental, se volvió aún más crucial cuando muchas otras fuentes de apoyo se vieron mermadas.
Sin embargo, el coste emocional para las propias profesionales ha sido muy alto. Testimonios y estudios cualitativos han descrito experiencias de fatiga por compasión, agotamiento, estrés intenso y sensación de vulnerabilidad. Temas como la sobrecarga de trabajo, la necesidad de mantener la conexión humana pese a las barreras físicas y la búsqueda de estrategias de afrontamiento aparecían una y otra vez en los relatos de enfermeras que trabajaron durante los momentos más duros de la pandemia.
Frente a esta realidad, empieza a valorarse con más fuerza la importancia del autocuidado y la autocompasión en Enfermería. La idea, recogida por autores como Mills y colegas, es que para ofrecer una atención genuinamente compasiva a los demás, primero es necesario cultivar una base sólida de cuidado hacia una misma o uno mismo: reconocer emociones, poner límites, pedir ayuda y desarrollar estrategias personales y colectivas para sostener el trabajo en situaciones de alta exigencia.
Investigación, ensayos clínicos y financiación en cáncer
Otro ámbito muy afectado por la pandemia ha sido la investigación en cáncer. Muchos ensayos clínicos se vieron obligados a detener o ralentizar el reclutamiento de nuevos participantes, especialmente aquellos que incluían tratamientos muy inmunosupresores, siguiendo recomendaciones de agencias reguladoras como la AEMPS, y también se interrumpieron estudios que investigaban cómo las vacunas pueden ser aliadas de la inmunoterapia.
Incluso en los estudios que continuaron en marcha, los cambios en la organización asistencial, la adopción masiva de la telemedicina y la escasez de personal y recursos materiales alteraron los procedimientos previstos: visitas presenciales sustituidas por contactos remotos, dificultades para mantener calendarios estrictos de pruebas y tratamientos, y posibles efectos sobre la calidad y validez de los datos recogidos.
Las sociedades científicas recordaron que, en el contexto de un ensayo clínico, el tratamiento del cáncer debe seguir guiándose por el protocolo, pero primando siempre la seguridad del paciente y la posibilidad de ajustar dosis o retrasar ciclos cuando el riesgo de exposición al virus lo justifique. De nuevo, la toma de decisiones compartida, informando de beneficios y riesgos, fue esencial.
En cuanto a la financiación, la pandemia llegó en un momento en el que la investigación oncológica en países como España aún arrastraba las consecuencias de la crisis económica previa, con inversión en I+D por debajo de los niveles de 2007 y pérdida de talento investigador. La necesidad de destinar recursos urgentes a la COVID-19, tanto en sistemas sanitarios como en investigación, ha hecho temer recortes añadidos en el campo del cáncer.
Además de la financiación pública, las organizaciones filantrópicas dedicadas a la investigación oncológica también han sufrido el impacto económico, con caídas notables en donaciones e ingresos. Ejemplos como el anuncio de Cancer Research UK, anticipando pérdidas significativas, ilustran el efecto global de la pandemia sobre las fuentes clásicas de apoyo a la ciencia del cáncer.
Aun así, la trayectoria previa de la comunidad investigadora en cáncer demuestra una notable capacidad para producir resultados de alto nivel con recursos limitados. El cáncer seguirá siendo una de las principales causas de morbilidad y mortalidad en el mundo, y su peso sanitario, social y económico garantiza que, a medio plazo, la investigación en este campo continúe siendo una prioridad estratégica.
Todo este escenario deja un panorama complejo en el que la pandemia de COVID-19 ha modificado la forma en que se diagnostica y trata el cáncer, ha incrementado el malestar emocional y la vulnerabilidad socioeconómica de muchos pacientes, ha tensionado al máximo a los equipos asistenciales y ha puesto a prueba la resiliencia de la investigación oncológica. A medida que se asienta la fase más aguda de la crisis, el reto pasa por aprender de lo ocurrido, monitorizar con rigor sus efectos a largo plazo en incidencia, estadios al diagnóstico y supervivencia, y reforzar tanto los sistemas de apoyo a los pacientes como el cuidado de quienes los atienden.

