La mayor base de datos genética de indígenas de América

Última actualización: mayo 9, 2026
  • El estudio reúne 199 genomas indígenas de 53 poblaciones americanas, con 128 genomas de alta cobertura inéditos y amplia diversidad geográfica y lingüística.
  • Se han identificado más de un millón de variantes genéticas nuevas y fuertes señales de selección natural relacionadas con inmunidad, metabolismo, crecimiento y fertilidad.
  • El análisis revela tres grandes oleadas migratorias hacia América, un fuerte cuello de botella por la colonización europea y rastros de ascendencia arcaica y del linaje Ypykuéra.
  • La base de datos mejora la representación de los pueblos indígenas en genómica y abre la puerta a una medicina más precisa y equitativa a escala global.

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La historia genética de los pueblos indígenas de América llevaba décadas llena de huecos. Sabíamos a grandes rasgos cuándo llegaron los primeros humanos al continente, pero faltaban datos sólidos y, sobre todo, representativos. Los grandes proyectos de genómica se habían centrado casi siempre en personas de origen europeo, dejando fuera a muchas comunidades que reúnen una parte esencial de la diversidad humana.

Ahora, un estudio internacional de enorme envergadura ha conseguido levantar el mapa genómico más amplio y detallado realizado hasta la fecha sobre los pueblos originarios americanos. Con casi 200 genomas analizados, señales de selección natural ligadas a la salud y una reconstrucción fina de las migraciones prehistóricas, esta nueva base de datos genética cambia de arriba abajo lo que sabíamos sobre el poblamiento del continente y abre la puerta a una medicina más equitativa.

Una base de datos genética sin precedentes de indígenas de América

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El trabajo forma parte del Indigenous American Genomic Diversity Project (IAGDP), un proyecto internacional liderado por el Instituto de Biología Evolutiva (IBE, centro mixto CSIC-Universidad Pompeu Fabra) y la Universidad de São Paulo. Su objetivo ha sido clarísimo: rellenar el enorme vacío de información genética sobre las poblaciones indígenas americanas, históricamente marginadas en los grandes consorcios genómicos.

Para ello, el equipo ha secuenciado 128 genomas completos de alta cobertura de individuos pertenecientes a comunidades indígenas de ocho países latinoamericanos: Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, México, Paraguay y Perú. Estos genomas representan a 45 poblaciones distintas y 28 familias lingüísticas, capturando una diversidad cultural y geográfica que hasta ahora prácticamente no aparecía en las bases de datos públicas.

Sobre esa base inédita se integraron además genomas de alta calidad procedentes de estudios previos, de forma que el conjunto final alcanza 199 individuos indígenas contemporáneos, distribuidos en 53 poblaciones y 31 familias lingüísticas. A esta fotografía del presente se sumaron también datos de ADN antiguo, obtenidos a partir de restos arqueológicos, para reconstruir con más precisión los procesos demográficos a lo largo de miles de años.

Hasta hace muy poco, la información genética disponible sobre estos pueblos era casi anecdótica. Apenas se habían analizado en detalle dos poblaciones amazónicas, muy concretas y además aisladas, que no podían considerarse representativas del mosaico genético del continente. El nuevo estudio rompe de una vez este sesgo y ofrece un mapa mucho más completo y matizado.

Esta enorme base de datos genómica no solo es un logro histórico en términos de conocimiento, sino también una herramienta de trabajo para la biomedicina del futuro. Disponer de genomas bien caracterizados de poblaciones diversas es clave para entender cómo se manifiestan las enfermedades, cómo funcionan los fármacos y qué variantes genéticas influyen en la salud a escala global.

Más de un millón de variantes genéticas nuevas y una diversidad única

Uno de los resultados que más llaman la atención es la identificación de más de un millón de variantes genéticas que no se habían visto antes en otras poblaciones humanas incluidas en bases de datos públicas. Es decir, cambios en el ADN que sencillamente no aparecían en los grandes proyectos genómicos porque la mayoría de las muestras procedían de personas de ascendencia europea.

Este hallazgo deja claro que los pueblos indígenas americanos albergan una riqueza genética propia, irreductible a otros linajes. No es solo una cuestión de matiz: muchas de estas variantes están implicadas en funciones biológicas centrales, como la respuesta inmunitaria, el metabolismo, el crecimiento o la fertilidad. En otras palabras, no son detalles marginales, sino piezas clave de cómo funciona el organismo humano.

El continente americano ofrece uno de los paisajes ecológicos más diversos del planeta: selvas tropicales como la Amazonia, altiplanos andinos a gran altitud, desiertos, llanuras templadas, costas tropicales… Cada uno de estos entornos ha actuado como un filtro evolutivo, modulando qué variantes genéticas han resultado ventajosas y cuáles no a lo largo de miles de años.

Al analizar los datos, los investigadores han detectado señales claras de selección natural en diferentes regiones del genoma. Estas señales apuntan a adaptaciones a patógenos locales (por ejemplo, en genes relacionados con la inmunidad), a dietas específicas (vinculadas al metabolismo) o a condiciones ambientales extremas, como la falta de oxígeno en altitud o la exposición a climas muy húmedos y calurosos.

Todo ello refuerza la idea de que la genómica no puede basarse casi en exclusiva en poblaciones europeas o de ascendencia europea. Como recuerdan los autores, una misma mutación puede tener efectos distintos según el “fondo genético” en el que se encuentra, y ese fondo cambia entre poblaciones. Si la mayoría de datos provienen de un solo grupo, los modelos médicos y las predicciones de riesgo estarán sesgados de partida.

Aplicaciones biomédicas y equidad en la medicina genómica

La investigación deja claro que esta nueva base de datos genética no es solo un capricho académico. Tiene implicaciones directas para la medicina de precisión y para la forma en que se diseñan fármacos y estrategias de prevención de enfermedades. Incluir a las poblaciones indígenas de América en los estudios genéticos es una condición necesaria para que la medicina genómica sea realmente universal.

Hoy por hoy, entre el 70 % y el 80 % de las muestras biológicas usadas en grandes proyectos de genómica proceden de personas con ascendencia europea. Eso significa que marcadores de riesgo, variantes farmacogenéticas o modelos de predicción están calibrados, en buena medida, sobre un grupo concreto. Para una comunidad indígena amazónica o andina, este esquema puede ofrecer diagnósticos incompletos o directamente engañosos.

Como enfatiza Tábita Hünemeier, investigadora principal del proyecto, conocer la diversidad genómica humana beneficia tanto a las comunidades indígenas como al conjunto de la población mundial. Caracterizar variantes que modulan la resistencia a enfermedades infecciosas, o que influyen en cómo se metabolizan determinados fármacos, puede traducirse en tratamientos más ajustados a la realidad de cada paciente.

Un ejemplo claro es el estudio previo del equipo sobre la resistencia genética a la enfermedad de Chagas en poblaciones amazónicas, que ya reveló variantes con impacto clínico directo. Del mismo modo, el proyecto “DNA do Brasil” ha demostrado la relevancia de analizar poblaciones latinoamericanas con historias complejas de mezcla genética para comprender mejor la salud de millones de personas.

Con este nuevo trabajo, se amplía el abanico de linajes estudiados y se sientan las bases para que futuras investigaciones en farmacogenómica, epidemiología y salud pública puedan tener en cuenta la realidad genética de los pueblos originarios. Algo fundamental si se quiere avanzar hacia una medicina menos eurocéntrica y más justa.

Tres oleadas migratorias y un poblamiento de América más complejo

La parte histórica del estudio es igualmente potente. Durante años, la versión dominante sobre el poblamiento de América hablaba de dos grandes oleadas migratorias desde Asia, cruzando el puente de Beringia, hace unos 15.000 años la primera y varios milenios después la segunda. Esa imagen, aunque razonable, estaba construida sobre datos genéticos bastante limitados.

La nueva base de datos permite afinar mucho más. El análisis confirma que prácticamente todos los indígenas americanos actuales (salvo algunas poblaciones árticas) descienden de una primera migración que entró en Norteamérica hace unos 15.000 años. Esta expansión inicial fue relativamente rápida, con grupos humanos dispersándose desde el norte hasta el sur del continente en un tiempo relativamente corto.

Sin embargo, los datos revelan también una segunda oleada migratoria hace unos 9.000 años, que sustituyó parcial o totalmente a algunas de las poblaciones que habían llegado antes. Esta segunda expansión dejó su huella en el genoma de múltiples grupos indígenas repartidos por diferentes regiones de América, lo que indica movimientos demográficos amplios y prolongados.

El gran giro viene con la identificación, por primera vez, de una tercera ola migratoria hace unos 1.300 años. Según el estudio, esta oleada se originó en Mesoamérica y supuso la movilización de poblaciones indígenas hacia Sudamérica y el Caribe. No se trataría de un episodio aislado, sino de un proceso prolongado, en el que hubo contacto continuo y flujo genético entre regiones.

La huella de esta tercera migración se ha encontrado tanto en poblaciones sudamericanas actuales como en individuos antiguos del Caribe, lo que obliga a repensar la idea de un poblamiento inicial “cerrado” seguido de largos periodos de aislamiento. Más bien estaríamos ante un sistema dinámico de conexiones, con idas y venidas, intercambios culturales y mezclas sucesivas.

El impacto de la colonización europea: un cuello de botella devastador

Si la genética permite reconstruir la profundidad del pasado, también deja ver con crudeza las cicatrices de la historia reciente. El estudio confirma el enorme “cuello de botella” demográfico causado por la colonización europea a partir del siglo XVI, con epidemias, violencia, despojo de tierras y ruptura de los sistemas sociales indígenas.

Los datos indican que la población indígena llegó a reducirse hasta en un 90 % en algunas zonas, una catástrofe demográfica sin precedentes que se refleja en una pérdida brutal de diversidad genética. Lo que observamos hoy en muchas comunidades es solo una fracción de la variabilidad que existía antes de la llegada de los europeos.

Pese a todo, el análisis revela también señales de continuidad genética que se remontan a más de 9.000 años en determinadas regiones. Es decir, a pesar de la colonización, de las epidemias y de las políticas de desplazamiento y asimilación, han sobrevivido linajes que se pueden rastrear muy atrás en el tiempo.

Esta persistencia no solo tiene un valor histórico y cultural, sino también científico. Permite seguir investigando procesos de adaptación locales, reconstruir antiguos movimientos poblacionales y entender cómo han resistido estas comunidades a presiones extremas durante milenios.

Para muchos investigadores, esta combinación de pérdida masiva de diversidad y continuidad a largo plazo subraya la resiliencia de los pueblos originarios. Su presencia actual, tanto en el terreno como en los datos genéticos, es la prueba de que, pese a todo, mantienen vivas historias biológicas y culturales de profundísima antigüedad.

Ascendencia ancestral: homínidos arcaicos y el enigmático linaje Ypykuéra

La investigación no se queda en los últimos milenios. Al examinar el genoma de los indígenas americanos, los científicos han detectado rastros de hibridación con homínidos arcaicos, como los neandertales y los denisovanos, en proporciones similares a las observadas en otras regiones del mundo: entre un 1 % y un 3 % del genoma procede de estos grupos extinguidos.

Más allá de la cifra, lo interesante es que algunas de estas variantes arcaicas han sido favorecidas por la selección natural, al aportar ventajas adaptativas en el contexto americano. Determinados genes de origen neandertal o denisovano parecen haber facilitado la adaptación a los nuevos patógenos, a la dieta o a las condiciones ambientales encontradas tras el cruce del estrecho de Bering.

Pero quizá el hallazgo más intrigante sea la presencia de un componente genético compartido con poblaciones de Australasia, como las de Australia, Nueva Guinea o las Islas Andamán. Aproximadamente un 2 % del genoma de algunos pueblos indígenas americanos muestra afinidades claras con estos grupos lejanos.

Esta señal, detectada tanto en individuos sudamericanos actuales como en restos antiguos de más de 10.000 años, no encaja bien con los modelos clásicos de migración. Los investigadores proponen que procede de una población asiática antigua aún no muestreada, a la que han bautizado como Ypykuéra o ascendencia Y, que se habría mezclado con los ancestros de ciertos grupos americanos antes de su llegada al continente.

Un detalle importante es que ese 2 % de ADN no está distribuido al azar. Los mismos alelos se repiten con frecuencias similares en distintas poblaciones, lo que sugiere que podrían haber otorgado algún tipo de ventaja adaptativa. Aunque todavía no se conoce con precisión qué funciones cumplen esas variantes, el hecho de que se hayan conservado durante tantos milenios indica que vale la pena investigarlas a fondo.

Un modelo colaborativo con las comunidades indígenas

Más allá de los resultados científicos, el estudio destaca también por su enfoque ético y colaborativo. El equipo de investigación es claramente internacional, con una fuerte participación de científicas y científicos latinoamericanos y con vínculos estrechos con los países y comunidades en los que se ha trabajado.

En lugar de limitarse a “recoger muestras” y desaparecer, los investigadores han apostado por la colaboración directa y continuada con las comunidades indígenas. En la práctica, esto ha implicado diálogo, acuerdos, devolución de resultados y un esfuerzo por integrar los datos genómicos con las visiones y conocimientos tradicionales de los propios pueblos originarios.

Esta forma de trabajar reconoce que el ADN no es un simple recurso biológico, sino que está ligado a identidades, historias y derechos colectivos. De ahí la importancia de respetar los marcos éticos, garantizar el consentimiento informado y asegurar que los beneficios del conocimiento generado puedan revertir, al menos en parte, en las comunidades participantes.

En un contexto en el que la genómica ha tenido episodios problemáticos de extracción de datos sin retorno, el proyecto se plantea como un modelo de investigación más justa, donde las poblaciones estudiadas no son solo “fuentes de muestras”, sino también interlocutoras y socias en la construcción del conocimiento.

En conjunto, esta nueva base de datos genética de indígenas de América supone un auténtico punto de inflexión: reescribe la historia del poblamiento del continente, documenta una diversidad genómica única, revela oleadas migratorias hasta ahora invisibles y aporta claves clave para una medicina más equitativa. Al mismo tiempo, rinde homenaje a la resiliencia de unos pueblos que, pese a la colonización y la pérdida demográfica, siguen custodiando en su ADN algunas de las pistas más valiosas sobre la evolución humana y la relación entre nuestra especie y los entornos que habita.