- Existen varios sistemas para clasificar los plásticos: por naturaleza, estructura, aplicación y códigos de identificación de resina.
- El código del 1 al 7 dentro del triángulo de reciclaje indica el tipo de plástico, su toxicidad y sus opciones reales de reciclaje.
- Los métodos industriales de clasificación (manual, densidad, color, NIR, vibración) son clave para un reciclaje eficiente.
- Conocer qué plásticos son reciclables y cuáles no permite elegir mejor los envases y reducir el impacto ambiental.

El plástico está tan metido en nuestra vida diaria que cuesta imaginar el mundo sin él, pero a la hora de reciclarlo se convierte en un auténtico quebradero de cabeza. No todos los envases se tratan igual, no todos se reciclan con la misma facilidad y, de hecho, hay tipos de plástico que son un dolor para el medio ambiente.
Para poner un poco de orden en este caos, la industria y los organismos técnicos han desarrollado métodos de clasificación de plásticos que permiten identificar de qué material está hecho cada envase, qué propiedades tiene y cómo se puede (o no) reciclar. Entender estos sistemas es clave para separar bien los residuos en casa, mejorar los procesos industriales y reducir el impacto ambiental de los residuos plásticos.
Qué es el plástico y por qué se clasifica de tantas maneras
Cuando hablamos de plástico en realidad nos referimos a una familia enorme de materiales poliméricos obtenidos, sobre todo, a partir de derivados del petróleo, a los que se añaden aditivos que modifican su elasticidad, dureza, transparencia, resistencia al calor, etc. Esa combinación de polímero base más aditivos es lo que hace que un plástico sirva para una botella de agua, para una tubería o para una tarjeta de crédito.
Esta variedad tan grande implica que no existe un único criterio de clasificación. En función de lo que nos interese (comportamiento térmico, estructura química, uso final o reciclabilidad), se emplean diferentes formas de ordenar los plásticos. A nivel general, podemos distinguir varios enfoques:
- Según su origen: plásticos naturales (derivados de materiales como la celulosa) y plásticos sintéticos (los más habituales, procedentes de petróleo y gas).
- Según su estructura y respuesta al calor: termoplásticos, termoestables y elastómeros.
- Según su polaridad química: familias como poliolefinas, poliésteres, halogenados, etc., lo que condiciona propiedades como la resistencia mecánica o la absorción de humedad.
- Según su aplicación: plásticos estándar, técnicos, especiales y de altas prestaciones.
- Según el Código de Identificación de Resinas (RIC): el famoso número del 1 al 7 dentro del triángulo de reciclaje.
De todos estos sistemas, el que más nos afecta en el día a día es el código del 1 al 7, ya que indica qué tipo de plástico hay en cada envase y orienta sobre su peligrosidad y las opciones reales de reciclaje.
Clasificación general: termoplásticos, termoestables y elastómeros
Una forma clásica de ordenar los plásticos es atendiendo a su comportamiento frente a la temperatura y a su estructura interna. Aquí aparecen tres grandes grupos:
Termoplásticos: se ablandan al calentarse y se endurecen al enfriarse, y este proceso es reversible muchas veces sin cambios químicos importantes. Esto permite fundirlos y moldearlos de nuevo, lo que es muy interesante para el reciclaje. En este grupo están la mayoría de plásticos de envase: PET, HDPE, LDPE, PP, PS, PVC, entre otros.
Termoestables: una vez que se calientan y curan, ya no pueden volver a fundirse. Forman una red tridimensional rígida e irreversible. Se usan donde hace falta mucha resistencia térmica y mecánica (electrónica, automoción, recubrimientos), pero su reciclaje es mucho más complejo.
Elastómeros: son polímeros que se pueden deformar bastante y recuperar su forma original, como las gomas. Se emplean en juntas, neumáticos, suelas, etc. Algunos son termoplásticos (TPE), otros se comportan más como termoestables.
Clasificación según polaridad y familias químicas
Otra forma más técnica de clasificar los plásticos tiene que ver con su polaridad química. Cuando en la cadena polimérica hay átomos muy electronegativos (cloro, oxígeno, nitrógeno, flúor, etc.), se generan dipolos que cambian de forma notable el comportamiento del material.
Al aumentar la polaridad, se incrementan propiedades como la resistencia mecánica, dureza, rigidez, resistencia al calor, la absorción de agua y la resistencia química. También mejora la adhesividad y la capacidad de pegarse a metales y a otros materiales polares. Por el lado contrario, al subir la polaridad suele disminuir la dilatación térmica, el poder de aislamiento eléctrico y la permeabilidad a moléculas no polares como O2 o N2.
En función de estas características, se agrupan los plásticos en grandes familias como poliolefinas (PE, PP), poliésteres (PET, PBT), acetales (POM), halogenados (PVC, PTFE) y otras. Esta clasificación es muy útil en diseño de producto y en ingeniería de materiales.
Clasificación según su aplicación: estándar, técnicos y de altas prestaciones
Si miramos a cómo se utilizan en la industria, los plásticos termoplásticos se pueden dividir en cuatro grandes grupos por aplicación y prestaciones:
Plásticos estándar o «commodities»: son los más usados y producidos en grandes volúmenes por su bajo coste y buenas propiedades generales. Aquí entran polietileno (PE), polipropileno (PP), poliestireno (PS), PVC y ABS. Son los que más vemos en envases, bolsas, piezas sencillas y productos de uso cotidiano.
Plásticos técnicos: ofrecen mejores prestaciones estructurales, térmicas o de fricción. Dentro de este grupo están poliamidas (PA), poliacetal (POM), policarbonato (PC), PET en versión técnica, poliéter de fenileno (PPE), polibutilentereftalato (PBT), etc. Se utilizan en automoción, electricidad, electrónica, componentes mecánicos y piezas que exigen más exigencia técnica.
Plásticos especiales: se caracterizan por tener alguna propiedad excepcional. Por ejemplo, el PMMA (metacrilato) destaca por su gran transparencia y estabilidad a la luz; el PTFE (teflón) por su enorme resistencia química y a la temperatura y su bajísima fricción.
Plásticos de altas prestaciones: la élite de los polímeros, en su mayoría termoplásticos con excelente resistencia mecánica a temperaturas superiores a 150 ºC. Algunos ejemplos son la poliimida (PI), polisulfona (PSU), polietersulfona (PES), poliarilsulfona (PAS), polisulfuro de fenileno (PPS) o los liquid crystal polymers (LCP). Se usan en aplicaciones muy exigentes: aeronáutica, medicina avanzada, electrónica de alta temperatura, etc.
El Código de Identificación de Plástico: números del 1 al 7
Para simplificar la identificación de los envases en la vida cotidiana, a finales de los años 80 la Society of the Plastics Industry creó el Código de Identificación de la Resina, un sistema que se ha estandarizado internacionalmente. Seguro que lo has visto: es el número del 1 al 7 dentro del triángulo de flechas (triángulo de Möbius) que aparece grabado en el fondo de muchas botellas, bandejas y envases.
Este código no es un «sello de reciclable» como tal, sino una etiqueta de composición que indica qué tipo de resina principal se ha utilizado. A grandes rasgos, suele interpretarse así:
- Números 2, 4 y 5: considerados materiales relativamente seguros y bien reciclables en muchas plantas.
- Números 1 y 7: conviene manejarlos con precaución en cuanto a reciclaje y reutilización, dependiendo del contexto.
- Números 3 y 6: asociados a materiales más conflictivos o dañinos, ya sea por su contenido en aditivos tóxicos o por la dificultad de su reciclaje.
Veamos uno a uno los 7 tipos de plástico según este código, sus usos, riesgos y posibilidades de reciclaje.
Tipo 1 – PET o PETE (Tereftalato de polietileno)
El PET es uno de los plásticos más conocidos. Es ligero, resistente, bastante transparente y admite colorantes, lo que lo hace perfecto para envases de bebidas y alimentos. Actúa como una buena barrera frente al CO2 y la humedad, y pesa poco, por lo que reduce costes de transporte.
Se utiliza sobre todo en botellas de agua, refrescos, zumos, aceite y en envases ligeros para alimentos, cosmética y farmacia. En su primera vida puede estar en contacto con alimentos; una vez reciclado, suele emplearse más para fibras textiles, alfombras, relleno de almohadas, lonas, cuerdas y, en algunos casos, nuevas botellas.
Su reciclabilidad es alta: muchos informes lo sitúan como nivel 1 de facilidad de reciclaje. Sin embargo, suele contener sustancias como antimonio, formaldehído, acetaldehído y ciertos ftalatos, que hay que controlar. Se calcula que representa en torno a un 11 % de los residuos plásticos a escala global.
En cuanto al reciclaje doméstico, es importante vaciar bien la botella, enjuagarla y dejarla escurrir antes de tirarla al contenedor amarillo. No hace falta retirar etiquetas ni tapones para que pueda reciclarse correctamente en la mayoría de plantas.
Ahora bien, si una botella de PET acaba en el medio natural, puede tardar entre 500 y 1.000 años en fragmentarse, y en el proceso liberará miles de microplásticos. Por eso, aunque sea reciclable, es clave reducir su uso y gestionar bien sus residuos.
Tipo 2 – HDPE o PEAD (Polietileno de alta densidad)
El polietileno de alta densidad es un plástico más grueso y rígido que el PET, con una excelente resistencia química y térmica, y buena resistencia al impacto. Es flexible pero mantiene cierta rigidez, es ligero, impermeable y muy estable frente al agua, ácidos y varios disolventes.
Lo encontramos en botellas de leche y otros lácteos, garrafas de detergente, envases de productos de limpieza, botes de crema, envases opacos de aceite para motor y algunas bolsas resistentes. Después de reciclarlo, se convierte a menudo en nuevas botellas (no alimentarias), cajas, juguetes, macetas, contenedores de basura, tubos o piezas de mobiliario urbano y de jardín. Se estima que supone alrededor de un 14 % de los residuos plásticos en el entorno.
Su facilidad de reciclaje también se considera de nivel 1. Contiene antimonio como una de las sustancias problemáticas, pero en general está bien integrado en los sistemas de reciclaje. Igual que con el PET, en casa lo ideal es vaciar y lavar los envases antes de introducirlos en el contenedor amarillo.
Tipo 3 – PVC (Policloruro de vinilo)
El PVC es un plástico muy versátil y polémico a la vez. Se obtiene a partir de cloro y carbono, procedentes en gran parte de sal y de petróleo o gas. Puede formularse como material rígido o flexible, tiene buena tenacidad, baja densidad, alta resistencia a la abrasión y al impacto, y es un excelente aislante eléctrico. Además, no se quema con facilidad y resiste bastante bien la intemperie.
Se utiliza en tuberías, perfiles de ventanas y puertas, revestimiento de cables, lonas, suelos vinílicos, tarjetas de crédito, juguetes, calzado y diferentes productos médicos. Tras reciclarlo, puede transformarse en tubos de drenaje, suelas de calzado, reglas, mobiliario de exterior y diversos artículos para el hogar.
El problema es que es uno de los plásticos más conflictivos desde el punto de vista ambiental y sanitario. En su fabricación y degradación pueden liberarse sustancias tóxicas, y contiene aditivos como nonilfenol. Su facilidad de reciclaje suele situarse en nivel 4 (muy difícil) y representa alrededor de un 5 % de los residuos plásticos.
Aunque existen procesos industriales para reciclar PVC, son complejos y no están tan extendidos como los del PET o el PE. En la práctica, muchas veces depende de canales específicos y empresas especializadas que cuenten con la tecnología adecuada. Desde el punto de vista del consumidor, no conviene reutilizarlo para alimentos y es importante canalizarlo bien cuando se trata de ventanas, lonas o restos de obra.
Tipo 4 – LDPE o PEBD (Polietileno de baja densidad)
El LDPE es, por decirlo rápido, la versión más flexible del polietileno. Tiene buena resistencia química y térmica, resiste bien los impactos y es muy elástico. Puede ser translúcido u opaco en función del espesor, aunque no llega a la transparencia del PET.
Es el material de muchas bolsas de supermercado, film transparente de cocina, plástico de burbujas, envoltorios, bolsas de suero, ampollas flexibles, aislantes de cableado y otros envases flexibles. Tras el reciclaje, puede volver a convertirse en bolsas, muebles, macetas, tubos o membranas aislantes. Se calcula que supone alrededor del 20 % de los residuos plásticos a escala mundial.
Su reciclabilidad se considera de nivel 2 (bastante factible), aunque arrastra un problema importante: al ser tan ligero y deformable, contamina con facilidad otras fracciones de plástico durante el proceso de reciclado si no se separa bien. Además, en su composición pueden encontrarse ftalatos, aldehídos, cetonas, ácidos carboxílicos y otros compuestos.
Lo más recomendable es separar bien el LDPE de otros plásticos cuando sea posible y comprobar qué puntos de recogida específicos existen en cada municipio para films y bolsas. Si acaba en la naturaleza, puede tardar más de un siglo en fragmentarse, contribuyendo masivamente a la contaminación por microplásticos.
Tipo 5 – PP (Polipropileno)
El polipropileno es un termoplástico muy resistente, relativamente ligero y fácil de moldear. Aguanta bien la temperatura, es estable frente a muchos productos químicos, resiste el agua hirviendo y los detergentes, y presenta un coste bajo con buen rendimiento general.
Lo encontramos en tapones de botellas, pajitas, tuppers, neveras portátiles, piezas de automóviles, fibras de alfombras y lonas, pañales, material médico como jeringuillas y multitud de recipientes y utensilios de cocina. Después del reciclado puede transformarse en contenedores de transporte, equipos de jardinería, sillas de plástico, textiles, escobas, cubos de fregar o raspadores de hielo. Supone alrededor del 19 % de los residuos plásticos.
Su facilidad de reciclaje es de nivel 2, y es uno de los candidatos ideales para un modelo de consumo circular, porque se puede reciclar muchas veces si se gestiona bien. Eso sí, puede contener aditivos y sustancias como ftalatos, aldehídos, cetonas, ácidos, fenoles y compuestos relacionados con ciertos riesgos de salud.
Desde el punto de vista doméstico, conviene limpiar y secar bien los envases y recipientes de PP antes de tirarlos al contenedor amarillo. Reutilizar tuppers y recipientes de calidad hechos con PP suele ser una opción relativamente segura, siempre que se mantengan en buen estado y se respeten las indicaciones de uso del fabricante.
Tipo 6 – PS (Poliestireno)
El poliestireno es un termoplástico derivado del estireno que, en principio, no es fácil de reciclar. Su proceso de reciclado es técnicamente posible, pero complejo y costoso, por lo que en la práctica se recicla poco en comparación con otros plásticos.
Se emplea en múltiples aplicaciones: vasos térmicos para bebidas calientes, bandejas de comida, envases de yogur, hueveras, cubiertos desechables, envases para comida rápida, relleno para embalajes, aislantes, piezas de electrodomésticos y juguetes. Es muy utilizado también en construcción y aislamiento térmico.
Existen varios tipos principales de poliestireno: el PS cristal (sólido, transparente y frágil), el PS de alto impacto (más resistente a golpes), el PS expandido (el famoso corcho blanco o porexpán, muy ligero y frágil) y el PS extrusionado (similar al expandido pero más denso e impermeable).
Su reciclabilidad se considera de nivel 3 (difícil) y puede contener sustancias tóxicas como antimonio, bromo, estireno residual, etilbenceno, tolueno o benceno. Se estima que es responsable de alrededor del 6 % de los residuos plásticos. En el ámbito doméstico, algunos productos de PS pueden ir al contenedor amarillo junto con otros plásticos ligeros, pero su aprovechamiento real en muchas plantas es limitado, y su uso masivo en artículos de un solo uso lo hace especialmente problemático.
Tipo 7 – Otros plásticos y materiales compuestos
Bajo la categoría 7 se agrupa un cajón de sastre de plásticos mixtos y resinas especiales que no encajan en las categorías anteriores. Aquí están, por ejemplo, el policarbonato (PC), determinadas poliamidas (nylon), PMMA (metacrilato), ABS, ciertos elastómeros termoplásticos (TPE, TPU) y muchas mezclas complejas usadas en electrónica, automoción y aplicaciones técnicas.
Algunos ejemplos cotidianos son botellas de kétchup, biberones antiguos de policarbonato, jeringuillas, CDs y DVDs, carcazas de aparatos electrónicos, piezas de coches, garrafones de agua de fuentes, recipientes de embutidos, envases de pasta dentífrica o ciertos platos aptos para microondas.
El gran problema de este grupo es que no se conoce con precisión la mezcla de resinas en muchos casos, o bien separar y tratar cada componente sería tan complejo que el reciclaje se vuelve prácticamente inviable. Su facilidad de reciclaje se cataloga habitualmente en nivel 4 (muy difícil o casi imposible), y pueden contener aditivos tóxicos como antimonio, bromo, bisfenol A y otros compuestos. Se calcula que concentran en torno a un 24 % de los residuos plásticos a escala planetaria.
Una excepción interesante dentro del tipo 7 son algunos plásticos biodegradables como los etiquetados «PLA», fabricados a partir de almidones vegetales (maíz, yuca, patata, plátano, etc.). Estos materiales pueden servir para obtener compost en condiciones adecuadas, aunque no se degradan en cualquier entorno y muchas plantas de tratamiento no están aún adaptadas para gestionarlos correctamente.
Métodos industriales de clasificación de plásticos
Para que todo este sistema funcione no basta con que el consumidor separe los envases en casa. En las plantas de tratamiento se necesitan métodos de clasificación de plásticos que separen los distintos tipos de materiales y retiren impropios. Estos son los métodos más utilizados:
Clasificación manual
Es el método más básico y antiguo. Operarios entrenados revisan visualmente la cinta de residuos y van retirando o seleccionando piezas según su tipo. A pequeña escala o para materiales muy concretos, puede ser efectivo, pero es un proceso lento, costoso y con margen de error humano.
Clasificación por densidad
En este caso se aprovecha que cada plástico tiene una densidad diferente. Los residuos triturados se introducen en un medio líquido con una densidad determinada (por ejemplo, una solución acuosa). Los plásticos más ligeros flotan y los más pesados se hunden, permitiendo separarlos en distintas fracciones.
Este método reduce la necesidad de intervención manual y es bastante eficiente para separar plásticos con densidades bien diferenciadas, aunque no funciona tan bien con materiales de densidades muy parecidas y exige equipos específicos y mantenimiento.
Clasificación por color
En muchas plantas se emplean sistemas ópticos que identifican el color de cada fragmento de plástico mediante cámaras y sensores. En función del color detectado, se activan chorros de aire que desvían las piezas a uno u otro canal.
Este método permite obtener flujos de plásticos reciclados de colores más homogéneos, algo clave cuando se quiere producir granza para fabricar nuevos productos con un tono controlado. Pierde eficacia cuando los plásticos están muy sucios, llevan impresiones complejas o tienen colores muy similares.
Clasificación por espectroscopia NIR (Near Infrared)
La clasificación por infrarrojo cercano es hoy una de las tecnologías más avanzadas en reciclaje de plásticos. Los equipos NIR emiten una luz en el rango del infrarrojo cercano sobre los residuos y miden cómo se refleja. Cada tipo de plástico tiene una «huella» espectral distinta, lo que permite identificar la resina de forma muy rápida.
Una vez identificado el tipo de plástico, un sistema de aire comprimido o de compuertas separa las piezas. Esta técnica permite clasificar con gran precisión y a alta velocidad muchos tipos de plásticos, incluso si son de colores similares o llevan etiquetas. El inconveniente principal es el coste de los equipos y la sensibilidad a contaminantes superficiales que pueden interferir en la lectura.
Clasificación por gravedad y vibración
En otras etapas del proceso se usan cribas vibratorias y sistemas de separación por gravedad. Los residuos plásticos pasan por tamices que los ordenan según su tamaño y forma, ayudando a estabilizar el flujo y eliminar impropios grandes o materiales extraños.
Este tipo de sistemas mejora la calidad del flujo de entrada a las etapas más sofisticadas (como NIR o separación por densidad), aunque por sí solo no distingue tipos de resina con precisión. Es especialmente útil cuando los residuos llegan con mezcla de tamaños y materiales muy heterogéneos.
Análisis e identificación avanzada de materiales plásticos
Además de la clasificación para reciclaje, en muchos casos es necesario identificar con precisión la composición de un plástico por motivos de calidad, seguridad o investigación. Laboratorios especializados utilizan un conjunto de técnicas analíticas para ello.
Algunas razones habituales para analizar un plástico son verificar que una materia prima cumple la ficha técnica, comprobar especificaciones de piezas inyectadas, investigar fallos en films de envase alimentario, identificar cuerpos extraños encontrados en alimentos o realizar ingeniería inversa de un material desconocido.
Las técnicas más habituales incluyen:
- Espectroscopía infrarroja (FTIR): genera un espectro que actúa como «huella dactilar» del material, permitiendo identificar el polímero base y la presencia de cargas minerales, mezclas de polímeros o copolímeros.
- Calorimetría diferencial de barrido (DSC): analiza las transiciones térmicas (fusión, cristalización, transiciones vítreas) características de cada polímero, aportando información complementaria a FTIR.
- Análisis termogravimétrico (TGA): mide la pérdida de peso del material al calentarse y permite cuantificar porcentajes de polímero, aditivos orgánicos, cargas minerales, negro de carbono, etc.
- Reometría capilar y rotacional: estudia el comportamiento reológico, es decir, cómo fluye y se deforma el polímero fundido, clave para entender su procesabilidad industrial.
- Microscopía óptica y electrónica (SEM): ayuda a observar la estructura del material, número y espesor de capas en films multicapa, dispersión y tamaño de pigmentos, defectos en recubrimientos o morfología de interfases.
- Cromatografía (LC, GC, HS-GC con distintos detectores): permite cuantificar aditivos minoritarios (estabilizantes UV, antioxidantes, plastificantes, agentes deslizantes), monómeros residuales, disolventes de tintas o adhesivos, sustancias de degradación, etc.
- Técnicas acopladas: combinan varias técnicas (por ejemplo, TGA-FTIR o GC-MS) para obtener más información de una sola muestra y caracterizarla de forma más completa.
Estos análisis se aplican a materias primas, productos semielaborados, piezas acabadas, residuos y materiales reciclados, y abarcan sectores como envase alimentario y farmacéutico, automoción y transporte, construcción, medicina, agricultura, aeronáutica, electricidad y electrónica, ocio, deporte y mobiliario.
Procesos de reciclaje según el tipo de plástico
Una vez clasificados e identificados, los plásticos se someten a diferentes procesos de reciclaje en función de sus propiedades y de la infraestructura disponible. Los principales tipos de reciclaje son:
- Reciclaje mecánico: el plástico se limpia, se tritura en pequeños granos o escamas y luego se funde y se vuelve a extrudir para producir nueva materia prima. Es el método más extendido para PET, HDPE, PP y otros termoplásticos relativamente «limpios».
- Reciclaje químico: los polímeros se descomponen mediante calor y/o reactivos químicos en moléculas más simples (monómeros o fracciones de hidrocarburos), que después pueden emplearse para fabricar nuevos plásticos o incluso combustibles. Es útil para mezclas complejas, pero hoy por hoy es más costoso y está menos extendido.
- Reciclaje energético: consiste en aprovechar el poder calorífico del plástico como fuente de energía, por ejemplo, mediante incineración controlada con recuperación energética. No es reciclaje de material como tal, pero sí recuperación de energía.
En todos los casos, el proceso industrial suele incluir varias etapas: selección y clasificación, limpieza y lavado, trituración, reprocesamiento y moldeo del nuevo producto. Cuanto más limpios y separados lleguen los plásticos a la planta, mayor será el rendimiento y la calidad del material reciclado.
Por qué el plástico es tan difícil de reciclar
La dificultad de reciclar plásticos se debe, en buena medida, a su estructura química y a la presencia de aditivos. Los polímeros tienen cadenas largas muy resistentes a la acción de microorganismos, por lo que se degradan muy lentamente en la naturaleza. Además, muchas formulaciones incorporan aditivos para aumentar todavía más su durabilidad, resistencia al calor, a la radiación UV, a golpes, etc.
Esto que es una ventaja durante la vida útil del producto se vuelve un problema enorme al final de su vida, porque el material puede tardar cientos de años en fragmentarse, y no desaparece del todo: se transforma en micro y nanoplásticos que se dispersan por suelos, ríos y océanos, entrando en la cadena alimentaria y afectando a la fauna (tortugas, peces, aves marinas) e incluso a la salud humana.
En este contexto han cobrado protagonismo los plásticos biodegradables, muchos de ellos hechos a partir de materias primas renovables como maíz, yuca, patata o plátano. Son materiales que determinados microorganismos pueden utilizar como fuente de carbono, degradándolos en condiciones adecuadas. Ya se usan como envoltorios, bolsas y ciertos envases.
Sin embargo, es importante tener claro que biodegradable no significa que desaparezca solo por arte de magia en cualquier entorno. Muchos de estos productos necesitan condiciones específicas de temperatura, humedad y presencia de microorganismos (como en plantas de compostaje industrial) y, si acaban en vertederos o en el mar, pueden no degradarse correctamente. Por tanto, aunque son una alternativa interesante a los plásticos convencionales, la prioridad sigue siendo reducir el consumo global de plásticos y mejorar los sistemas de recogida y reciclaje.
Conocer cómo se clasifican los plásticos, qué significa cada código y qué opciones reales de reciclaje tiene cada tipo nos ayuda a elegir mejor los productos que compramos, separar correctamente los residuos y presionar para que se desarrollen materiales más sostenibles. Solo combinando menos plástico de un solo uso, un consumo más consciente y sistemas de clasificación y reciclaje cada vez más eficientes podremos ir rebajando el impacto de este material en el medio ambiente.
