- Las microalgas permiten eliminar metales pesados y compuestos orgánicos tóxicos del agua de forma rápida y sostenible.
- El sistema Huelva–Umeå inmoviliza microalgas sobre un biopolímero de azufre residual y aceite usado, logrando hasta un 95 % de eliminación de cobre y cadmio.
- Estas tecnologías integran biotecnología y economía circular al reutilizar residuos, recuperar metales y generar biomasa con valor añadido.
- Los principales retos pasan por la recolección eficiente de biomasa, la escalabilidad industrial y la aceptación regulatoria y social.

El agua que sale del grifo no siempre cuenta toda la historia. Detrás hay ríos, acuíferos y mares que sufren la presión de una contaminación doméstica, industrial y minera que no deja de aumentar. En muchos puntos del planeta, el agua está tan cargada de sustancias peligrosas que deja de ser apta para el consumo o para usos agrícolas y industriales, y devolverla limpia al medio natural se ha convertido en uno de los grandes retos ambientales del siglo XXI.
En este contexto han irrumpido con fuerza unas aliadas diminutas: las microalgas como herramienta para combatir contaminantes tóxicos en el agua. Estos organismos microscópicos, capaces de hacer la fotosíntesis y de capturar dióxido de carbono, están demostrando que también pueden atrapar metales pesados y compuestos orgánicos muy peligrosos, abriendo la puerta a tecnologías de depuración más sostenibles, baratas y alineadas con la economía circular.
Un problema creciente: aguas cargadas de residuos y metales pesados
La expansión de la industria, el aumento constante del consumo y la mala gestión de los residuos han disparado la presencia de contaminantes tóxicos en ríos, lagos y aguas subterráneas. A las aguas residuales urbanas se suman las procedentes de procesos industriales, agrícolas y, muy especialmente, de la actividad minera, donde aparecen metales pesados en concentraciones preocupantes.
En muchas zonas, estas descargas hacen que el agua deje de ser potable o segura incluso tras tratamientos convencionales. Los metales como el cobre, el cadmio o el plomo no se degradan con facilidad, se acumulan en sedimentos y organismos vivos, y terminan afectando a peces, aves y, por la cadena alimentaria, a las personas. A ello se añaden compuestos orgánicos derivados del petróleo y otros procesos industriales, muy persistentes y difíciles de eliminar.
La minería es un ejemplo claro de esta situación. Las aguas que se generan al extraer y procesar minerales arrastran altas concentraciones de metales pesados que pasan a los cursos de agua. Esto las convierte en uno de los focos de contaminación más complicados de tratar, tanto por la diversidad de metales presentes como por los grandes volúmenes de agua implicados.
Regiones como la provincia de Huelva, con una tradición minera asociada al entorno del río Tinto, muestran de forma muy visible el impacto histórico de estas actividades. Lo mismo ocurre con áreas del norte de Suecia, donde el reciente descubrimiento del mayor yacimiento de tierras raras de Europa plantea nuevos retos de gestión de aguas residuales mineras antes de que lleguen a ríos y lagos.
Frente a este panorama, las soluciones convencionales de tratamiento de aguas —basadas en procesos físico-químicos intensivos en energía y productos químicos— a menudo resultan costosas, poco versátiles o difíciles de aplicar a gran escala, especialmente cuando se buscan sistemas reutilizables y compatibles con la recuperación de metales.
Qué aportan las microalgas al tratamiento de aguas contaminadas
Las microalgas son organismos fotosintéticos microscópicos capaces de absorber CO2, nutrientes como nitratos y fosfatos, y diversas sustancias tóxicas disueltas en el agua. Esta combinación de captura de carbono y depuración las ha colocado en el punto de mira de la biotecnología ambiental desde hace años.
Más allá de su papel en el control de nutrientes (muy útil, por ejemplo, en aguas residuales urbanas o agroindustriales), se ha visto que determinadas especies son capaces de retener metales pesados y compuestos orgánicos complejos. Lo hacen mediante procesos de biosorción y bioacumulación: en pocas palabras, los contaminantes se fijan en su superficie o se incorporan a su interior.
Una de las grandes ventajas de esta estrategia es que las microalgas pueden crecer aprovechando la luz solar y el propio CO2 presente en los gases o en el agua, reduciendo la necesidad de insumos externos. Además, se integran bien con el enfoque de economía circular, porque la biomasa generada puede destinarse después a usos energéticos o como materia prima para bioproductos.
Aun así, el gran cuello de botella tradicional ha sido la recolección y manejo de la biomasa microalgal. Separar las microalgas del agua mediante centrifugación, flotación o filtración a gran escala suele requerir mucha energía y equipos costosos, lo que limita su implantación masiva en estaciones depuradoras y en instalaciones industriales.
Por eso, en los últimos años, distintos grupos de investigación han apostado por soluciones que combinan el uso de microalgas con materiales soporte o procesos de encapsulación, que facilitan su manejo, aumentan su capacidad de captura de contaminantes y reducen de forma notable los costes de recolección.
El sistema Huelva-Umeå: biopelículas de microalgas para atrapar metales tóxicos
Un ejemplo especialmente llamativo de esta nueva generación de tecnologías es el sistema desarrollado por investigadores de la Universidad de Huelva (España) y la Universidad de Umeå (Suecia), en colaboración con el Instituto del Agua y el Departamento de Microbiología de la Universidad de Granada.
Este equipo ha diseñado un material absorbente en el que se inmovilizan microalgas sobre un soporte sólido, de forma que se forma una biopelícula capaz de retener metales pesados presentes en el agua. La clave es el propio soporte: un biopolímero fabricado a partir de azufre residual procedente de procesos petroquímicos y aceite de cocina usado, dos residuos problemáticos a los que aquí se les da una segunda vida.
Al adherirse a este material, las microalgas crean una especie de “filtro vivo” que, al entrar en contacto con el agua contaminada, captura elementos tóxicos como cobre, cadmio y plomo. El proceso es rápido: en las pruebas realizadas, el sistema logró eliminar más del 95 % de cobre y cadmio y en torno al 50 % del plomo en tan solo ocho horas.
Las microalgas utilizadas pertenecen al género Chlorella, organismos de forma esférica y tamaño microscópico (del orden de 1 a 5 micras) que pueden crecer en una gran variedad de ambientes acuáticos, incluidos ríos, lagos y aguas residuales. En este caso concreto, se han seleccionado cepas procedentes de regiones muy frías del norte de Europa.
Estas microalgas nórdicas presentan una notable capacidad para soportar temperaturas bajas y periodos con muy poca luz solar, condiciones habituales en latitudes altas y también en determinados entornos industriales. Esa resistencia las convierte en candidatas ideales para sistemas que deban funcionar al aire libre o en climas adversos, sin necesidad de grandes aportes energéticos para calefacción o iluminación.
Un filtro natural basado en residuos: azufre y aceite de cocina usado
Uno de los aspectos más interesantes de este trabajo es el uso de materiales que habitualmente se consideran residuos problemáticos. El soporte sobre el que se fijan las microalgas se fabrica con azufre residual de la industria petroquímica y aceite de cocina usado, componentes que suelen requerir un tratamiento específico y pueden generar impactos ambientales si se gestionan mal.
Mediante técnicas de química verde se obtiene un biopolímero capaz de actuar como adsorbente de metales pesados cuando se combina con las microalgas. El resultado es un material poroso que funciona como una esponja altamente selectiva para cobre, cadmio y plomo, al tiempo que proporciona una superficie adecuada para que la biopelícula algal se mantenga estable.
Los ensayos publicados en la revista Green Chemistry muestran que este “filtro natural” es no solo eficaz, sino también rápido y respetuoso con el medio ambiente. En sistemas de laboratorio, el nuevo material logra depurar el agua contaminada en tiempos relativamente cortos, con porcentajes de eliminación de metales muy elevados y sin necesidad de añadir reactivos agresivos.
Además, el absorbente se puede someter a un sencillo proceso de regeneración que permite su reutilización en varios ciclos, manteniendo una alta capacidad de captura en usos sucesivos. De este modo, la solución resulta especialmente atractiva para su aplicación en circuitos de tratamiento continuos o semicontinuos.
Otro punto clave es que los metales atrapados por el sistema pueden recuperarse para su reciclaje posterior. Es decir, el material no solo purifica el agua, sino que también posibilita que cobre, cadmio y plomo vuelvan a entrar en la cadena de valor, reduciendo la necesidad de extraer recursos minerales adicionales y cerrando así el círculo de la economía circular.
Aplicaciones en aguas mineras e industriales: un reto con mucha proyección
Los investigadores de la Universidad de Huelva y sus colaboradores subrayan que esta tecnología tiene un gran potencial para el tratamiento de aguas residuales industriales y mineras, especialmente en zonas que arrastran problemas históricos de contaminación por metales pesados.
En regiones como Huelva, donde la actividad minera ha estado ligada durante décadas al entorno del río Tinto, la presencia de metales en ríos y acuíferos plantea desafíos ambientales y de salud pública. Una solución reutilizable, de bajo coste y basada en residuos como la que ofrecen estas biopelículas de microalgas abre nuevas posibilidades para reducir esa carga contaminante.
El contexto sueco también sirve de ejemplo. El descubrimiento de grandes depósitos de tierras raras en el norte del país implica prever desde el principio sistemas de gestión de aguas que minimicen el impacto de los efluentes mineros. Tecnologías como la descrita permiten plantear desde el diseño de las explotaciones circuitos de tratamiento más verdes y alineados con las exigencias ambientales europeas.
El carácter reutilizable del absorbente y la capacidad de recuperar los metales lo convierten en una herramienta especialmente interesante para plantas de tratamiento que busquen reducir costes operativos sin renunciar a una alta eficacia. Frente a soluciones en las que el adsorbente se desecha tras su uso, aquí el material se regenera y los metales recuperados pueden venderse o reutilizarse en otros procesos.
En conjunto, el sistema desarrollado por los equipos de Huelva, Umeå y Granada demuestra que es posible combinar biotecnología, química verde y economía circular para obtener herramientas de depuración avanzadas que no solo traten un problema, sino que también conviertan residuos en recursos de alto valor.
Microalgas más allá de los metales: compuestos orgánicos y aguas urbanas
La capacidad de las microalgas para combatir contaminantes tóxicos en el agua no se limita a los metales pesados. Distintos trabajos recientes apuntan a que algunas especies son capaces de degradar o asimilar compuestos orgánicos muy peligrosos, entre ellos los que proceden de la producción y refinado de petróleo.
Un estudio publicado en la revista Toxics por el equipo de la Universidad de Huelva ha mostrado que ciertas microalgas pueden “alimentarse” literalmente de derivados orgánicos del petróleo, que tienden a acumularse en el agua y a bioacumularse en organismos acuáticos y aves. Reducir su presencia con métodos biológicos abre la puerta a estrategias de biorremediación más limpias y específicas.
En paralelo, proyectos europeos como Waste Water To Blue Pigment-by-Microalgae están explorando el uso de especies como la espirulina y bacterias fotosintéticas del género Synechococcus para tratar aguas residuales urbanas e industriales, y a la vez producir compuestos de alto valor añadido.
Estas microalgas y cianobacterias pueden retirar del agua nutrientes como nitratos y fosfatos, además de algunos metales pesados, mientras generan biomasa rica en ficocianina, un pigmento azul muy apreciado por las industrias alimentaria, cosmética y farmacéutica. De este modo, se unen depuración y producción de bioproductos en un mismo proceso.
Eso sí, uno de los grandes desafíos prácticos de estas aplicaciones sigue siendo la cosecha eficiente de la biomasa microalgal. Los procesos tradicionales consumen mucha energía, por lo que iniciativas como WWTBP-by-Microalgae han apostado por métodos de recolección innovadores, como la encapsulación de Synechococcus y la filtración por electrocoagulación para recuperar espirulina con un gasto energético mucho menor.
Innovación en recolección, luz roja y conversión de biomasa
En el marco de este proyecto financiado con las Acciones Marie Skłodowska-Curie, los investigadores han trabajado para optimizar tanto el crecimiento de las microalgas como su capacidad de absorción de contaminantes y de producción de pigmentos. Parte del esfuerzo se ha centrado en ajustar las condiciones de cultivo y la iluminación.
Los resultados indican que, en el caso de la espirulina, el uso de luz roja incrementa la biomasa producida y la productividad de pigmentos, lo que mejora la rentabilidad global del sistema. A la vez, se ha demostrado la eficacia del tratamiento de aguas residuales de fábricas de cerveza, un tipo de efluente rico en nutrientes y materia orgánica.
Para facilitar la separación de la biomasa del agua, el equipo ha introducido un proceso de tratamiento en dos fases que reduce el consumo energético asociado a la cosecha. La encapsulación de Synechococcus simplifica su recuperación, mientras que la electrocoagulación aplicada a espirulina funciona como un método de filtración de bajo coste y alto rendimiento.
De cara al aprovechamiento final de la biomasa y de los residuos generados, se están probando técnicas de conversión termoquímica como la carbonización e hidrolisis hidrotérmica, con el objetivo de transformar los digestatos en productos de valor como biocarbón y bioaceite. De nuevo, la idea es cerrar el ciclo y maximizar el valor de cada flujo generado.
El proyecto también contempla el desarrollo de un sistema sensorial avanzado que optimice la concentración de CO2 durante el cultivo de microalgas, maximizando así la productividad de biomasa y pigmentos. En paralelo, se está trabajando en planes de negocio, análisis de mercado y estrategias regulatorias para llevar estas soluciones al entorno industrial real.
Retos, perspectivas y potencial real de las microalgas
Todo este conjunto de investigaciones muestra que las microalgas tienen un enorme potencial para combatir contaminantes tóxicos en el agua y generar productos de valor al mismo tiempo. Sin embargo, su despliegue masivo todavía se enfrenta a varios retos técnicos, económicos y sociales.
Desde el punto de vista tecnológico, uno de los principales desafíos es adaptar los sistemas a condiciones reales: bajas temperaturas, cambios de luz, variabilidad en la composición del agua y necesidad de operar de forma estable durante largos periodos. La elección de cepas resistentes, como las microalgas nórdicas empleadas en el estudio Huelva-Umeå, es una parte importante de la solución.
También hay que tener en cuenta la escalabilidad y los costes de operación. Aunque los materiales de partida (aceite usado, azufre residual, nutrientes de las aguas residuales) son baratos o incluso negativos en coste, la implantación industrial exige sistemas modulares, fáciles de mantener y capaces de integrarse con infraestructuras de depuración ya existentes.
En el plano normativo y social, existe todavía cierto recelo en sectores como el farmacéutico, el cosmético, el alimentario o el de complementos nutricionales a la hora de utilizar productos derivados de microalgas cultivadas en aguas residuales. Será clave establecer marcos regulatorios claros, controles de calidad rigurosos y estrategias de comunicación transparentes para ganar la confianza del público.
A pesar de estas barreras, las experiencias en sectores como el cervecero o el agroalimentario muestran que es posible diseñar sistemas donde las microalgas capturen CO2, traten el agua y generen productos de alto valor en un mismo circuito. Esto encaja de lleno con la transición hacia modelos de producción más sostenibles y eficientes en el uso de recursos.
Los avances descritos confirman que las microalgas representan una de las herramientas más prometedoras para abordar la contaminación del agua por metales pesados y compuestos orgánicos persistentes, a la vez que impulsan la biotecnología y la economía circular. Desde las biopelículas que limpian aguas mineras y permiten recuperar metales hasta los sistemas que convierten aguas residuales en pigmentos, biocombustibles y fertilizantes, todo apunta a que estos organismos diminutos jugarán un papel cada vez más importante en la protección de los ecosistemas acuáticos y en la forma en que gestionamos nuestros residuos.
