Microplásticos: del aire que respiramos a la comida que ponemos en la mesa

Última actualización: diciembre 28, 2025
  • Los microplásticos están presentes en el aire, el agua y numerosos alimentos habituales en España y Europa.
  • Investigaciones en Murcia y otras regiones españolas analizan su concentración en el aire y su posible vínculo con enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
  • Estudios en animales apuntan a efectos metabólicos y a posibles impactos en las generaciones futuras.
  • La ciencia explora nuevas tecnologías para detectar y filtrar microplásticos, mientras se reclama legislación y cambios en hábitos de consumo.

Partículas de microplásticos en el medio ambiente

Los microplásticos se han colado en prácticamente todos los rincones de nuestra vida diaria, desde el aire que respiramos hasta la comida que ponemos en el plato. Lo que hace apenas unos años se percibía como un problema limitado a mares y playas se ha convertido en un asunto de salud pública y de política ambiental que ya preocupa a científicos, autoridades y ciudadanía en España y en toda Europa, y sobre cómo llegan a tu plato.

Lejos de ser solo una cuestión estética o de basura visible, estas diminutas partículas de plástico, de menos de cinco milímetros, están siendo detectadas en tejidos humanos, en el interior de animales, en aguas residuales y en alimentos tan cotidianos como la sal, el pescado, el marisco o el agua embotellada. La evidencia científica se acumula, pero la regulación va muy por detrás, lo que abre un debate urgente sobre cómo medir, controlar y reducir esta exposición constante.

Microplásticos en el aire que respiramos

Microplásticos en aire y entorno urbano

En España, uno de los casos más ilustrativos es el de la Región de Murcia, donde se está llevando a cabo una investigación pionera sobre la presencia de microplásticos en el aire. La Universidad de Murcia, en colaboración con la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT) y la Consejería de Medio Ambiente, está adaptando las redes de muestreo atmosférico que ya se usan para contaminantes clásicos como óxidos de azufre, nitrógeno o metales, con el objetivo de incluir también estas partículas plásticas.

La química analítica Rosa María Peñalver, de la Universidad de Murcia, recuerda que los microplásticos forman parte de los llamados «contaminantes emergentes»: sustancias que están presentes en el entorno pero aún no tienen límites legales establecidos. No hay valores máximos permitidos, ni normas específicas que marquen cuánto es aceptable respirar o inhalar al año, lo que complica tanto la vigilancia como la toma de decisiones regulatorias. Este problema incluye también estudios sobre microplásticos en el aire interior y su exposición cotidiana.

El gran reto técnico está en su tamaño: hablamos de partículas que pueden ir desde una micra hasta unos pocos milímetros, difíciles de capturar y de identificar de forma sistemática. Para analizarlas se emplean técnicas como la espectroscopía infrarroja o la pirólisis, pero todavía no existe un método estandarizado de referencia que permita comparar, con precisión, los resultados obtenidos en distintos laboratorios o países.

microplásticos en el aire del Canal Beagle
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Las primeras campañas de medición apuntan a que los niveles de microplásticos son apreciables en entornos urbanos, industriales, agrícolas y también en zonas naturales. De hecho, se ha observado un ligero incremento cerca de áreas agrícolas donde se usan plásticos en acolchados, invernaderos o cubiertas biodegradables, lo que sugiere que parte de esas películas se va fragmentando con el tiempo y pasa a formar parte del aire que se respira.

La profesora Peñalver subraya que estas partículas pueden recorrer grandes distancias transportadas por el viento y acabar depositándose en lugares tan remotos como montañas o regiones polares, algo que ya han corroborado estudios internacionales al encontrarlas desde la Antártida hasta el Everest. La investigación murciana, financiada en buena medida con fondos europeos, pretende aportar datos sólidos que permitan más adelante fijar límites y diseñar medidas de control.

Del polvo del aire al plato: microplásticos en alimentos y bebidas

Los microplásticos no solo se quedan flotando en el aire. Terminan depositándose sobre superficies, cultivos y equipos de procesado, y de ahí pasan a los alimentos. Estudios científicos señalan su presencia en productos tan variados como la sal, la miel, la carne, el pescado, los mariscos, la cerveza y el agua embotellada. Incluso se han detectado en piensos para animales de granja, lo que abre una vía adicional de entrada en la cadena alimentaria.

En el ámbito marino, moluscos y otros invertebrados filtran grandes volúmenes de agua y acaban reteniendo las partículas presentes en su entorno. Investigaciones realizadas en España, como las del Centro de Tecnología Ambiental Alimentaria y Toxicológica de la Universidad Rovira i Virgili, indican que un solo molusco puede contener hasta nueve partículas de microplástico por unidad. Este tipo de datos tiene especial relevancia en países como España, donde el consumo de marisco es elevado, especialmente en épocas festivas.

El problema no se limita al marisco. Estudios de la Universidad de La Laguna han encontrado microplásticos en especies de pescado comunes en las mesas españolas, como la lubina o la dorada, con una media de algo más de cinco partículas por ejemplar. Aunque muchas de estas partículas se concentran en vísceras que no siempre se consumen, parte de ellas puede acabar también en la porción comestible.

Los alimentos procesados parecen mostrar cifras aún más altas. Investigadores de la Universidad de Portsmouth han estimado que algunos productos industriales podrían contener hasta centenares de miles de fragmentos plásticos por ración, especialmente cuando se combinan ingredientes muy manipulados con envases y procesos que implican temperaturas elevadas.

La propia preparación de la comida puede incrementar la contaminación por microplásticos. Ensayos publicados en la revista Journal of Hazardous Materials señalan que el agua usada para cocinar ya contiene microplásticos y nanoplásticos, de modo que al hervir mariscos, hacer caldos o guisos, una parte de esas partículas pasa a la olla y termina en el plato. Si, además, se calientan alimentos en recipientes de plástico deteriorados, el aporte de partículas puede dispararse.

Agua embotellada y agua del grifo: dos caras del mismo problema

El agua es otra vía clave de exposición. Diferentes estudios coinciden en que el agua embotellada suele contener entre cinco y diez veces más microplásticos que el agua del grifo. Las fuentes principales serían el propio material de la botella, los tapones y los procesos de embotellado y transporte.

Una investigación citada en Journal of Hazardous Materials estima que un consumidor habitual de agua embotellada podría ingerir hasta 90.000 fragmentos de microplástico al año. Aunque las cantidades concretas varían según la marca, el tipo de plástico y las condiciones de almacenamiento, el dato da una idea de la magnitud del problema para quienes dependen en gran medida de este formato.

La situación del agua del grifo es distinta, pero no está exenta de riesgos. Aunque suele contener menos partículas plásticas que el agua embotellada, los expertos recuerdan que puede aportar otros contaminantes, como metales pesados (plomo, arsénico, mercurio, cadmio) procedentes de las fuentes de abastecimiento o de tuberías antiguas. La recomendación general no pasa tanto por sustituir una fuente por otra, sino por reducir la exposición global y mejorar las infraestructuras y sistemas de tratamiento.

En cualquier caso, la evidencia disponible sugiere que los microplásticos no se eliminan fácilmente del organismo. La literatura científica apunta a respuestas inflamatorias, aumento del estrés oxidativo y posibles alteraciones de la microbiota intestinal. Además, estas partículas pueden actuar como «vehículos» para otras sustancias químicas, como pesticidas o metales pesados, que se adhieren a su superficie y viajan junto a ellas.

De ahí que muchos especialistas recomienden minimizar, en la medida de lo posible, el uso de envases y utensilios de plástico en contacto con alimentos y bebidas, especialmente cuando se someten a calor. Optar por vidrio o acero inoxidable y renovar con frecuencia los recipientes plásticos que ya estén rayados o envejecidos son medidas sencillas que pueden reducir parte de la exposición cotidiana.

Calor, cocina y hogar: cómo se liberan las partículas

Diversos trabajos científicos coinciden en que el calor es uno de los principales catalizadores de la liberación de microplásticos y nanoplásticos. Cuando un envase, un utensilio o un tejido sintético se expone a altas temperaturas, se acelera su degradación y se desprenden fragmentos diminutos que luego pueden ingerirse, inhalarse o depositarse en superficies del hogar.

Ejemplos cotidianos no faltan: calentar comida en recipientes de plástico en el microondas, verter café u otras bebidas muy calientes en vasos de plástico, o poner a lavar ropa de poliéster a altas temperaturas. Todas estas prácticas incrementan de forma notable el número de partículas que pasan al alimento, al agua de lavado o al aire interior.

Las recomendaciones de los expertos, en este sentido, son relativamente claras. Por un lado, evitar en lo posible el uso de plásticos para calentar o cocinar, sustituyéndolos por materiales más estables como el vidrio o el acero inoxidable. Por otro, reducir la temperatura de los lavados de ropa sintética, utilizar programas con agua fría o templada y, cuando sea viable, apostar por tejidos con menor contenido en fibras plásticas.

Estas medidas no eliminan del todo el problema, porque la presencia de microplásticos en el entorno es ya generalizada, pero pueden recortar la cantidad de partículas que se generan y se acumulan en el espacio doméstico. Vistas en conjunto con cambios en los sistemas de producción y en la gestión de residuos, contribuyen a frenar la tendencia ascendente.

El hogar es, además, un punto de encuentro de otras fuentes de partículas plásticas: pinturas, muebles, suelos vinílicos, juguetes o elementos decorativos liberan con el desgaste pequeñas porciones de material. Todo ello refuerza la idea de que la exposición no es puntual, sino constante y procedente de numerosos frentes. Además, investigaciones sobre subrayan la importancia de medidas en el entorno doméstico y el coche.

Efectos en la salud humana: del sistema respiratorio al metabolismo

La pregunta clave es qué significa todo esto para la salud. Aunque la investigación aún está en marcha y faltan estudios a largo plazo en humanos, los indicios acumulados empiezan a dibujar un escenario preocupante. Se han detectado microplásticos en sangre, pulmones, placenta y diferentes partes del tracto digestivo, lo que demuestra que estas partículas pueden atravesar barreras biológicas que antes se consideraban relativamente seguras.

En el ámbito respiratorio, científicos como los del Instituto de Biodiversidad y Medio Ambiente (Bioma) de la Universidad de Navarra han calculado que una persona adulta podría inhalar más de 48.000 partículas microplásticas al año sin darse cuenta. En modelos de laboratorio, la exposición a estas partículas se ha asociado con inflamación, cambios en la respuesta inmunitaria y alteraciones en tejidos pulmonares, y existen estudios en ratones que vinculan microplásticos y Alzheimer, lo que amplía la preocupación sobre efectos neurológicos.

Los posibles efectos no se limitan al sistema respiratorio. Un estudio de la Universidad de California en Riverside, realizado en ratones, ha observado que la exposición paterna a microplásticos antes de la concepción puede provocar alteraciones metabólicas en la descendencia. Las crías de machos expuestos desarrollaron fenómenos similares a la diabetes, con aumentos de presión arterial, hiperglucemia y mayor cantidad de grasa corporal.

Lo llamativo de esta investigación es que los efectos fueron más marcados en las crías hembras, que mostraron un perfil claramente más vulnerable a los trastornos metabólicos, mientras que los machos presentaron cambios más moderados. Las hembras llegaron a evidenciar disminución de masa muscular, además de rasgos diabéticos, lo que sugiere un impacto diferenciado según el sexo que los investigadores siguen analizando.

Para entender qué estaba ocurriendo, el equipo utilizó una tecnología de secuenciación avanzada, PANDORA-seq, con la que comprobaron que la exposición a microplásticos alteraba el perfil de ARN pequeño no codificante en los espermatozoides. Moléculas como los ARN derivados de tRNA y rRNA, que actúan como reguladores de la expresión génica durante el desarrollo embrionario, aparecían modificadas, lo que podría explicar por qué la descendencia desarrollaba cambios metabólicos incluso sin estar directamente expuesta antes de nacer.

Impacto intergeneracional y posibles implicaciones para las personas

Según el profesor Changcheng Zhou, responsable del estudio en la Universidad de California en Riverside, este es uno de los primeros trabajos que demuestra, con claridad, que una exposición paterna a microplásticos puede traducirse en trastornos metabólicos en la siguiente generación a través de cambios en el esperma. Aunque los experimentos se han realizado con modelos animales, los autores señalan que las implicaciones para la salud humana podrían ser significativas.

Los resultados refuerzan la idea de que la contaminación plástica no solo afecta a quienes están directamente expuestos, sino que podría dejar una «huella biológica» que aumente la vulnerabilidad de hijas e hijos a enfermedades crónicas, como patologías cardiovasculares o diabetes, a lo largo de su vida. El equipo planea investigar ahora si algo parecido ocurre con la exposición materna y si existen estrategias que permitan mitigar o revertir parte de estos efectos.

Ante este panorama, los investigadores recomiendan a los hombres que planeen tener descendencia que valoren reducir su exposición a sustancias potencialmente dañinas como los microplásticos, tanto por su propia salud como por la de sus futuros hijos. Esto no significa alarmismo, pero sí una mayor prudencia en el uso de plásticos en situaciones de calor, en la elección de envases alimentarios o en el consumo de determinados productos.

En paralelo, cobra fuerza la hipótesis de que los microplásticos pueden actuar como disruptores endocrinos o potenciar el efecto de otros compuestos hormonales con los que interactúan. Aunque esta línea de investigación está aún en fase temprana, encaja con señales procedentes de otros campos, donde se han observado patrones preocupantes de trastornos hormonales, problemas de fertilidad u obesidad vinculados a mezclas de contaminantes ambientales.

La propia comunidad científica insiste en la necesidad de más estudios epidemiológicos que cuantifiquen la relación entre niveles de exposición, presencia de microplásticos en el organismo y aparición de enfermedades en población general, especialmente en Europa, donde las autoridades sanitarias ya están revisando criterios y metodologías para abordar este tipo de riesgos emergentes.

Césped artificial y deporte: una fuente silenciosa de microplásticos

Más allá de los envases y de los textiles, el césped artificial se ha convertido en otra fuente relevante de microplásticos en entornos urbanos. En España, numerosos ayuntamientos han apostado en los últimos años por instalar superficies sintéticas en campos de fútbol, parques infantiles o medianas de transporte público, atraídos por su bajo mantenimiento aparente y su aspecto siempre «verde».

Sin embargo, especialistas en toxicología ambiental, como el catedrático de la Universidad de Granada Nicolás Olea, advierten de que estas superficies se fragmentan con el uso y el paso del tiempo, liberando tanto microplásticos como nanoplásticos al entorno. El material de relleno, a menudo caucho procedente de neumáticos, y las propias fibras del césped contienen compuestos como hidrocarburos aromáticos policíclicos, ftalatos y otros posibles disruptores endocrinos.

Según Olea y otros investigadores, esta mezcla de sustancias constituye un problema para el medio ambiente y para la exposición humana, especialmente en espacios de uso intensivo por menores y deportistas. El roce constante, la fricción de las botas y la acción de la lluvia o el sol favorecen que pequeñas partículas se desprendan, se adhieran a la piel, al sudor o a la ropa, y acaben en el sistema respiratorio o digestivo.

A pesar de estas advertencias, la tendencia a instalar césped artificial continúa en muchas ciudades españolas, que argumentan razones de ahorro y disponibilidad para justificar su uso. En algunos proyectos se destacan certificaciones deportivas o de calidad del material, pero apenas se presta atención al impacto de los microplásticos ni a su potencial liberación a lo largo de la vida útil del producto.

El debate que se abre, por tanto, va más allá de una mera cuestión estética o económica. La decisión de extender o limitar el uso de césped sintético debería tener en cuenta no solo los costes de instalación y mantenimiento, sino también las implicaciones a medio y largo plazo sobre la contaminación ambiental por microplásticos y la salud de quienes utilizan esas instalaciones de forma habitual.

Biotecnología al servicio del control: bacterias que «brillan» con el plástico

Frente a la dificultad de detectar y medir los microplásticos con métodos tradicionales, la ciencia está recurriendo a soluciones innovadoras. Un equipo de investigadores, cuyos resultados se han difundido a través de la revista ACS Sensors, ha desarrollado bacterias modificadas genéticamente capaces de emitir una fluorescencia verde cuando entran en contacto con determinados plásticos.

La base de este biosensor vivo es una cepa no infecciosa de Pseudomonas aeruginosa, una bacteria que en la naturaleza ya tiende a formar biopelículas sobre superficies plásticas. Los científicos introdujeron en ella dos genes clave: uno que activa una proteína al detectar plástico y otro que desencadena la emisión de luz verde como señal cuando la interacción se produce.

En las pruebas realizadas, las bacterias «brillaron» claramente en presencia de materiales tan comunes como el PET o el poliestireno, mientras que no reaccionaron frente a sustratos como vidrio o arena. Lo más destacable es que la respuesta se produjo en menos de tres horas y las bacterias conservaron su capacidad de detección durante varios días si se mantenían refrigeradas, lo que abre la puerta a su uso en campañas de monitoreo de campo.

Este tipo de herramientas podría ser especialmente útil para identificar rápidamente zonas con alta concentración de microplásticos en ríos, costas o instalaciones de tratamiento de agua, reduciendo la dependencia de análisis de laboratorio costosos y complejos. Además, pueden servir como recurso pedagógico y de concienciación, al hacer visible un contaminante que normalmente pasa desapercibido a simple vista.

A nivel europeo, tecnologías como esta encajarían bien en estrategias como la Estrategia Europea de Plásticos o en programas de control ambiental, al ofrecer una forma ágil y relativamente asequible de evaluar el impacto de políticas de reducción de residuos y de limpieza de ecosistemas acuáticos.

Filtros inspirados en peces para lavar sin soltar microplásticos

Otra línea prometedora de innovación llega desde la ingeniería hidráulica y el diseño de filtros. Un equipo multidisciplinar de la Universidad de Bonn ha desarrollado un sistema de filtrado inspirado en el funcionamiento de las branquias de los peces, capaz de retener más del 99% de los microplásticos presentes en el agua residual de las lavadoras.

La idea parte de un problema bien documentado: hasta un 35% de los microplásticos que llegan al océano provendrían de fibras textiles sintéticas que se desprenden durante los lavados. Estas fibras, muy finas, escapan a menudo a los sistemas de depuración convencionales y acaban en ríos y mares, donde pasan a formar parte de la cadena alimentaria.

El dispositivo desarrollado en Bonn replica el mecanismo de separación eficiente y autolimpiante que emplean los peces para filtrar partículas del agua. Gracias a una geometría específica y a un flujo cuidadosamente diseñado, las fibras y fragmentos plásticos se desvían y concentran sin obstruir el sistema, algo que suele ocurrir con filtros tradicionales.

Las pruebas realizadas bajo condiciones variadas han mostrado una eficacia alta y estable, lo que hace pensar en posibles aplicaciones comerciales como módulos integrables en lavadoras domésticas o industriales. También se barajan soluciones de tipo «retrofit», es decir, dispositivos que puedan acoplarse a aparatos ya instalados para reducir al mínimo el vertido de fibras sintéticas.

Para Europa, donde la preocupación por la contaminación marina y la regulación ambiental es especialmente intensa, este tipo de tecnologías representa una oportunidad para que fabricantes y startups se posicionen en el ámbito de la tecnología limpia. La combinación de filtros biomiméticos con sensores de seguimiento o sistemas de reporte automático podría facilitar el cumplimiento de futuras normativas sobre vertidos de microplásticos desde el sector doméstico e industrial.

Todo este conjunto de investigaciones y desarrollos tecnológicos apunta en una misma dirección: los microplásticos se han convertido en un problema transversal que une salud, medio ambiente, consumo y regulación. Desde el aire de la Región de Murcia hasta el pescado que llega a las mesas europeas, pasando por el césped de los campos de fútbol o el agua que se bebe a diario, la presencia de estas partículas obliga a replantearse materiales, hábitos y políticas. Mientras la ciencia avanza para medir mejor su impacto y desarrollar herramientas de detección y filtrado más eficaces, el margen de maniobra inmediata pasa por reducir el uso innecesario de plásticos, evitar su exposición al calor y favorecer alternativas más sostenibles que ayuden a frenar, poco a poco, esta contaminación invisible.