Microplásticos en la Antártida: alerta científica en el ecosistema más remoto

Última actualización: enero 26, 2026
  • Detectan microplásticos en el único insecto terrestre nativo de la Antártida, Belgica antarctica.
  • Chile instala capacidades punteras para medir microplásticos en agua, nieve, kril y otros organismos antárticos.
  • Investigadoras chilenas analizan el impacto de los microplásticos en peces antárticos y en la cadena trófica.
  • La presencia creciente de fibras y fragmentos plásticos confirma que la Antártida ya no está al margen de la contaminación global.

microplásticos en la Antártida

La presencia de microplásticos en la Antártida ha dejado de ser una sospecha lejana para convertirse en una realidad medible, visible en insectos, peces y organismos clave del océano Austral. Lo que antes se veía como un territorio prácticamente intacto empieza a mostrar señales claras de una contaminación que llega desde todos los rincones del planeta.

Distintos equipos científicos internacionales y latinoamericanos, con una participación destacada de centros de investigación chilenos y europeos, están construyendo un mapa cada vez más detallado de cómo estas diminutas partículas plásticas se infiltran en la nieve, el agua y la biota del Continente Blanco, y qué efectos podrían tener a medio y largo plazo sobre la cadena alimentaria y los ecosistemas polares.

El único insecto terrestre antártico también ingiere plástico

Uno de los estudios más llamativos lo ha liderado un equipo internacional con investigadores de la Universidad de Kentucky, que ha confirmado que el único insecto terrestre nativo de la Antártida, el mosquito sin alas Belgica antarctica, está incorporando microplásticos en su organismo. Se trata de la primera investigación que evalúa directamente los efectos de estas partículas en un insecto antártico.

Este pequeño díptero, que vive en zonas costeras del continente y se alimenta de materia vegetal en descomposición, alcanza densidades de hasta 40.000 individuos por metro cuadrado y desempeña un papel clave en el reciclaje de nutrientes en su entorno. Su capacidad para soportar frío extremo, desecación, alta salinidad y fuertes variaciones de temperatura le ha valido la etiqueta de poli-extremófilo, pero ahora los científicos se preguntan hasta qué punto esa resistencia sirve frente a un contaminante emergente como los microplásticos.

En experimentos de laboratorio, las larvas fueron expuestas durante diez días a diferentes concentraciones de partículas plásticas microscópicas. A primera vista, la supervivencia y el metabolismo general no mostraron cambios significativos, algo que podría sugerir cierta tolerancia. Sin embargo, un análisis energético más fino reveló una disminución de las reservas de grasa en las larvas sometidas a las dosis más altas, mientras que los niveles de carbohidratos y proteínas se mantenían estables.

Los investigadores apuntan a que, en condiciones naturales, este insecto podría ingerir menos plástico del esperado porque se alimenta de forma más lenta en ambientes muy fríos y porque el suelo antártico es complejo, con mucha materia mineral y orgánica que “diluye” la proporción de partículas sintéticas. El breve periodo experimental —limitado por la logística en un entorno tan remoto— también condiciona las conclusiones, y abre la puerta a estudios de más larga duración.

En un segundo paso, el equipo quiso saber si las larvas que viven en campo abierto ya contienen microplásticos. Durante una campaña en 2023 por la costa occidental de la península antártica, recogieron ejemplares en 20 puntos distribuidos por 13 islas, que fueron conservados cuidadosamente para evitar que siguieran alimentándose. Tras la disección de 40 larvas y el análisis de su intestino con técnicas de imagen capaces de identificar partículas de apenas cuatro micrómetros, solo se detectaron dos fragmentos plásticos, pero para los autores esa baja cifra es ya una señal de alerta.

La Antártida, laboratorio natural de una amenaza global

Aunque el número de partículas detectadas en el insecto es reducido, los científicos subrayan que este hallazgo confirma que la contaminación por microplásticos ha alcanzado incluso los ecosistemas más aislados. Desde hace años, otras investigaciones han identificado fibras y fragmentos en la nieve, el hielo y el agua de la región, por ejemplo la primera evidencia subantártica en el Canal Beagle, transportados por corrientes oceánicas, vientos de largo recorrido y la actividad humana asociada a bases científicas y tráfico marítimo.

En muchas de las muestras tomadas desde 2021, aproximadamente el 70% de las partículas corresponden a fibras (por ejemplo, de tejidos sintéticos) y cerca de un 20% a pequeños fragmentos derivados de la degradación de objetos mayores. La Antártida mantiene aún niveles de plástico más bajos que la mayor parte del planeta, pero los expertos advierten de que su ecosistema, mucho más simple, puede verse alterado con menores concentraciones.

Organizaciones ambientales europeas y latinoamericanas subrayan que esta contaminación plástica y el cambio climático constituyen una doble amenaza para los océanos en el siglo XXI. Sus impactos abarcan desde la degradación de hábitats y la afectación a especies protegidas, hasta riesgos para la salud humana y consecuencias económicas sobre sectores como la pesca, el turismo y la navegación en zonas polares y subantárticas.

La Antártida se perfila así como un laboratorio natural privilegiado para estudiar estos procesos: su relativa simplicidad ecológica y la menor presencia de fuentes locales de contaminación permiten relacionar mejor las causas y los efectos. Para la comunidad científica, entender lo que ocurre allí es clave para anticipar impactos en ecosistemas más complejos de Europa, América del Sur y otras regiones.

Chile y la OIEA: métodos avanzados para medir microplásticos polares

Mientras los estudios de campo revelan la presencia de estas partículas, varios países trabajan para mejorar las técnicas de detección y cuantificación. Un ejemplo es la colaboración entre Chile y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que ha permitido reforzar las capacidades de análisis de microplásticos en la Antártida y sus alrededores.

En el Laboratorio de Medio Ambiente Marino del OIEA, en Mónaco, un investigador del Instituto Antártico Chileno (INACH), Rodolfo Rondón, realizó una estancia de formación intensiva de dos meses. Su trabajo se centró en la cadena completa de análisis: desde la recepción y preparación de las muestras hasta su procesamiento en equipos de espectroscopía, bajo estrictos protocolos de control de contaminación cruzada.

Esta colaboración se enmarca en un proyecto de cooperación técnica con el objetivo de desarrollar y armonizar métodos avanzados para estudiar microplásticos en agua, nieve y biota del Continente Blanco, con especial atención a organismos clave de la red trófica como el kril antártico. La idea es que Chile se consolide como laboratorio de referencia regional en el análisis de estas partículas en ecosistemas polares.

Durante su estancia, Rondón se familiarizó con un método estandarizado para detectar microplásticos en agua diseñado en el propio laboratorio del OIEA y participó en la creación de un protocolo específico para muestras de nieve. Esta ampliación de matrices ambientales —más allá del agua marina— es fundamental para entender cómo se distribuyen las partículas en la atmósfera, en las superficies heladas y en los sistemas de escorrentía.

Uno de los mayores retos, según explica el investigador, está en la digestión controlada de organismos vivos (como el kril) para eliminar el tejido sin destruir las partículas plásticas. Esto exige ajustar cuidadosamente los tiempos y combinaciones de reactivos químicos y enzimas, de modo que el material biológico desaparezca, pero los microplásticos se mantengan intactos para su análisis posterior.

Tecnología de alta precisión para rastrear plásticos en el kril y otros organismos

Tras la fase de digestión, las muestras pasan a un proceso de filtrado sobre filtros especiales, incluido oro, que permite su lectura por equipos de espectroscopía infrarroja. En el laboratorio del OIEA se emplea, entre otros instrumentos, un sistema LDIR (Laser Direct Infrared) de la compañía Agilent, que automatiza gran parte del análisis y permite caracterizar un amplio rango de tamaños de microplásticos.

Este dispositivo es capaz de detectar, cuantificar y clasificar las partículas entre aproximadamente 20 y 300 micras, identificando no solo su forma y tamaño, sino también el tipo de polímero (por ejemplo, polipropileno, polietileno o poliestireno). Gracias a esta automatización, procesos que antes podían tardar semanas se reducen a unas pocas horas de trabajo, lo que acelera notablemente la obtención de resultados.

La estrategia chilena no se limita a un solo laboratorio. El INACH trabaja en sinergia con la Comisión Chilena de Energía Nuclear (CCHEN) y con laboratorios universitarios especializados en toxicología marina y espectroscopía. Esta red integra diferentes tecnologías: equipos Raman que cubren partículas de entre 1 y 20 micras, sistemas FTIR capaces de analizar tamaños de 300 micras hasta 5 milímetros y el propio LDIR para el rango intermedio.

Al combinar estas herramientas, los investigadores pueden abarcar prácticamente todo el espectro de tamaños de los microplásticos presentes en la biota y en el medio ambiente antártico. Bajo la iniciativa internacional NUTEC Plastics, Chile se posiciona como uno de los pocos países de la región con capacidad integral para analizar estas partículas en el ecosistema polar.

En paralelo, se desarrolla un proyecto regional que coordina zonas de muestreo, tipos de organismos y matrices a estudiar, con el fin de obtener datos comparables entre distintos países latinoamericanos con presencia en el área antártica, como Perú, Ecuador y Colombia. Esta coordinación pretende generar diagnósticos regionales sobre la contaminación por microplásticos en el llamado Continente Blanco y dar soporte científico a la toma de decisiones políticas y de conservación.

Efectos de los microplásticos en peces antárticos

Además del trabajo con invertebrados y organismos de tamaño reducido, la investigación reciente se está enfocando en los peces del océano Austral, fundamentales para la cadena alimentaria antártica. Desde finales de 2025, un equipo de investigadoras chilenas de la Universidad Arturo Prat (UNAP), el INACH y la CCHEN impulsa un proyecto centrado en el impacto biológico de los microplásticos sobre estas especies.

El estudio se desarrolla en un contexto de aumento de la presencia humana y de contaminantes plásticos en regiones antaño consideradas prístinas. Los microplásticos, definidos de forma general como fragmentos menores de cinco milímetros procedentes de la degradación de objetos de uso cotidiano, alcanzan la Antártida arrastrados por el viento, los ríos y las grandes corrientes oceánicas, lo que rompe la idea de que se trata de un enclave al margen de la presión humana.

El equipo liderado por la Dra. Gabriela Aguirre y la Dra. Lisette Zenteno se centra en cómo estas partículas son ingeridas por peces que, en muchos casos, las confunden con alimento. Este proceso no solo implica la entrada de plástico en sus organismos, sino también la acumulación asociada de sustancias tóxicas adheridas a las superficies poliméricas, con posibles consecuencias para su salud y, por extensión, para depredadores superiores como aves, focas y pingüinos.

Las investigadoras han desarrollado experimentos controlados en los acuarios del INACH en Punta Arenas, donde someten a peces antárticos a exposición monitorizada a microplásticos. En esta fase, se examinan cambios en tejidos, alteraciones de la microbiota intestinal y variaciones en la expresión génica para identificar posibles respuestas fisiológicas y estrés subletal que no siempre se refleja en la mortalidad directa.

Según explican las responsables del estudio, cualquier impacto negativo en estos peces —que ocupan posiciones clave en la red trófica— puede repercutir en todo el ecosistema antártico. Los resultados que se obtengan no solo servirán para dimensionar el problema en el océano Austral, sino también para proponer medidas de protección más ajustadas a la realidad de este entorno vulnerable.

La combinación de hallazgos en insectos, kril y peces, junto con el desarrollo de métodos analíticos cada vez más precisos, dibuja un escenario en el que la contaminación por microplásticos en la Antártida ya no puede considerarse un fenómeno incipiente, sino una pieza más de la crisis global de residuos plásticos. Lo que se está aprendiendo en este laboratorio natural extremo puede servir de referencia para Europa, América Latina y otras regiones a la hora de diseñar políticas de reducción de plásticos, mejorar el tratamiento de residuos y reforzar la protección de los ecosistemas marinos más frágiles del planeta.

microplásticos en el aire del Canal Beagle
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