- La crisis energética en Cuba provoca apagones de hasta 12 horas y agrava el deterioro económico.
- El Gobierno impulsa la instalación y distribución masiva de paneles solares como vía de alivio.
- Hogares, trabajadores esenciales y centros sociales recurren a sistemas fotovoltaicos para asegurar servicios básicos.
- El auge de empresas instaladoras y los incentivos estatales reflejan una apuesta creciente por las renovables.
La crisis energética que atraviesa Cuba ha situado a los apagones y a la escasez de combustible en el centro de la vida cotidiana. Ante cortes de luz que pueden extenderse entre 10 y 12 horas al día y un sistema eléctrico envejecido, cada vez más familias e instituciones se ven obligadas a buscar salidas propias para no quedarse completamente a oscuras.
En ese contexto, los paneles solares han pasado de ser una opción minoritaria a una alternativa clave para cocinar, mantener funcionando equipos básicos y garantizar servicios sociales esenciales. Aunque no están al alcance de todos, su despliegue se ha acelerado tanto por decisiones del Gobierno como por el empuje de iniciativas privadas y donaciones.
Del racionamiento al giro hacia las energías renovables
La combinación de falta de combustible, deterioro de las centrales térmicas y sanciones externas ha llevado al régimen cubano a adoptar un paquete de medidas de emergencia para intentar sostener los servicios básicos. Entre las disposiciones anunciadas por las autoridades figura un mayor protagonismo de las energías renovables, con énfasis en la expansión de parques solares fotovoltaicos y la llegada de módulos solares a hogares y centros sociales.
El plan oficial contempla la instalación de decenas de miles de sistemas solares: unos 20.000 kits para viviendas, 10.000 módulos destinados a maestros y personal sanitario, otros 5.000 para casas aisladas y 5.000 más para instituciones comunitarias. La idea es que estos equipos ayuden a mantener la iluminación básica, la refrigeración de alimentos o la alimentación de pequeños electrodomésticos en medio de los apagones, incorporando equipos y baterías que permitan cierto respaldo energético.
Además, el Gobierno ha anunciado la ampliación de incentivos para que empresas y particulares inviertan en renovables, permitiendo incluso la venta directa de la energía sobrante a terceros. Se trata de un giro relevante en un país acostumbrado a un modelo centralizado, donde hasta hace poco el protagonismo recaía casi por completo en combustibles fósiles importados.
Este impulso a la energía solar se combina con otras medidas de ahorro, como el teletrabajo, la reorganización de horarios administrativos y la reducción de servicios de transporte nacional. Sin embargo, ante la magnitud de la crisis y el deterioro de la red eléctrica, las soluciones renovables se perciben como una de las pocas salidas con potencial de ofrecer cierta estabilidad a medio plazo.
Paneles solares en hogares: una solución para quien puede permitírselo
Mientras las grandes decisiones se discuten desde los despachos oficiales, en las calles de La Habana la prioridad de muchas familias es poder cocinar y conservar alimentos pese a los apagones. Para quienes tienen algo de margen económico o apoyo externo, la respuesta está llegando en forma de paneles solares instalados en los tejados de sus viviendas.
Desde 2024, con la flexibilización de la importación de sistemas fotovoltaicos, se ha multiplicado el número de empresas privadas que ofrecen instalación de placas y baterías. Propietarios de pequeñas compañías de energía solar describen una demanda sin precedentes, con equipos trabajando prácticamente sin descanso para responder a los encargos de hogares y negocios.
La motivación es clara: quienes consiguen montar un sistema fotovoltaico básico pueden encender neveras, alimentar cocinas eléctricas ligeras o recargar motos y dispositivos sin depender por completo de la red. Aunque estos equipos requieren una inversión inicial elevada, muchos cubanos que reciben ayuda de familiares en el extranjero o de organizaciones solidarias los ven como una tabla de salvación frente a la crisis.
En paralelo, el Gobierno ha anunciado la distribución de paneles solares a trabajadores considerados esenciales, como personal sanitario y maestros, así como a bancos y centros comunitarios. Esta dotación busca asegurar la continuidad mínima de ciertos servicios y evitar que hospitales, escuelas o instituciones financieras queden totalmente paralizados durante los cortes de luz.
Centros sociales y religiosos: cuando la energía solar sostiene la asistencia básica
Más allá del uso doméstico, los paneles solares están empezando a sostener comedores sociales y hogares de ancianos. En barrios populares de La Habana, brigadas de instaladores colocan módulos fotovoltaicos en los techos de centros comunitarios para garantizar, al menos, la preparación de alimentos y el funcionamiento de equipos esenciales.
En el distrito habanero de Guanabacoa, por ejemplo, un hogar para mayores gestionado por la Iglesia católica ha conseguido financiar un sistema de 12 paneles gracias a donaciones que rondan los 7.000 dólares. Con esa instalación, las religiosas a cargo del comedor pueden cocinar para unas 80 personas incluso cuando la red eléctrica se viene abajo durante horas.
Experiencias como esta ilustran cómo la energía solar se está convirtiendo en una herramienta clave de asistencia social en medio de la crisis. Allí donde antes los cortes de luz obligaban a suspender la preparación de comidas o a cerrar temporalmente el servicio, ahora los módulos fotovoltaicos permiten, al menos, mantener una actividad mínima y ofrecer un cierto alivio a los colectivos más vulnerables.
Estos proyectos, en muchos casos impulsados por organizaciones religiosas o comunitarias, se sostienen en una combinación de apoyo internacional, aportes de la diáspora y trabajo local. La instalación de paneles en techos de parroquias, centros de día o comedores populares se ha convertido en una forma práctica de sortear la fragilidad del sistema eléctrico y de reforzar la protección social desde la base.
Carbón, motos eléctricas y «rebusque»: las otras caras de la supervivencia
No todas las familias tienen acceso a un sistema fotovoltaico, y ahí es donde aparecen otras fórmulas para sobrevivir a los apagones y al encarecimiento del combustible. En las afueras de La Habana se ha extendido el comercio de carbón vegetal, vendido en sacos junto a braseros fabricados con materiales reciclados, como tambores de lavadora o chatarra adaptada.
Para muchos hogares con ingresos limitados, una bolsa de carbón que ronda los 2.600 pesos cubanos (unos 5,25 dólares y casi la mitad del salario medio mensual) se percibe como la alternativa más asequible frente a la compra de generadores o baterías de litio. Así, el carbón se ha convertido en un recurso de emergencia para cocinar cuando la electricidad desaparece durante buena parte del día.
Los comerciantes confirman que la demanda se ha disparado: si antes sus principales clientes eran restaurantes y pizzerías, ahora la mayoría de las ventas se destinan a uso doméstico. Muchas personas se llevan varios sacos a la vez para estar preparadas “para cuando falte la luz”, conscientes de que los cortes prolongados se han vuelto habituales.
En paralelo, las motos eléctricas y otros vehículos ligeros recargables se han popularizado como respuesta al encarecimiento de los combustibles líquidos y a las dificultades para abastecer estaciones de servicio. Allí donde existen instalaciones solares, no es raro ver que estas motos se recargan aprovechando la energía generada en los tejados, lo que refuerza el vínculo entre movilidad cotidiana y despliegue fotovoltaico.
Impacto económico y presión social en un sistema tensionado
La apuesta por los paneles solares se enmarca en un contexto económico especialmente delicado. Según estimaciones de centros de estudio vinculados a la Universidad de La Habana, la economía cubana habría caído alrededor de un 5% en 2025, acumulando tres años de retrocesos y una contracción superior al 15% desde 2020. El propio Gobierno ha admitido una caída significativa, aunque sin ofrecer datos completos y actualizados.
Los informes coinciden en señalar que la crisis energética actúa como eje que arrastra al resto de sectores. La generación eléctrica ha disminuido de forma notable debido al envejecimiento de las termoeléctricas, muchas de ellas con tecnología heredada de la época soviética, lo que provoca fallos frecuentes y obliga a recurrir a cortes de suministro programados o inesperados.
Esta situación se traduce en apagones recurrentes que paralizan fábricas, comercios y servicios, afectando tanto al empleo como a la disponibilidad de bienes básicos. Al mismo tiempo, el malestar ciudadano crece, con protestas y expresiones de descontento que, según organizaciones de monitoreo, muestran una tendencia a cuestionar directamente al sistema político y a sus dirigentes.
En este clima de tensión, las iniciativas ligadas a las energías renovables se observan, tanto dentro como fuera de la isla, como una de las pocas vías para aliviar parcialmente la presión sobre la red y reducir la dependencia de combustibles importados. No obstante, las limitaciones de acceso, las dificultades de financiación y la falta de infraestructura moderna hacen que el ritmo de transformación sea más lento de lo que muchos desearían.
El despliegue creciente de paneles solares en hogares, centros sociales y espacios comunitarios, combinado con programas oficiales de distribución y con el trabajo de empresas instaladoras, está abriendo una rendija de alivio en medio de una crisis energética que golpea con fuerza a la población cubana. Aunque la energía fotovoltaica no resuelve por sí sola un sistema eléctrico envejecido ni compensa el déficit de combustible, sí está permitiendo que más familias cocinen durante los apagones, que algunos servicios sociales se mantengan operativos y que ciertos trabajadores esenciales sigan desempeñando sus funciones. Entre apagones, escasez y malestar social, la apuesta por el sol se consolida poco a poco como una herramienta pragmática para sobrellevar un escenario muy complejo.

