Qué es el cáncer: tipos, causas, diagnóstico y tratamiento

Última actualización: mayo 22, 2026
  • El cáncer es un conjunto de enfermedades donde células anormales crecen sin control, formando tumores benignos o malignos y pudiendo diseminarse por el cuerpo.
  • Existen más de 100 tipos de cáncer agrupados en grandes familias como carcinomas, sarcomas, leucemias, linfomas, mieloma, melanomas y tumores neuroendocrinos.
  • El diagnóstico requiere pruebas de imagen y confirmación mediante biopsia, y el tratamiento combina cirugía, radioterapia, quimioterapia y terapias dirigidas o inmunoterapia.
  • Edad, genética y hábitos como fumar, beber alcohol o exponerse al sol influyen en el riesgo, pero la prevención y la detección precoz mejoran mucho el pronóstico.

Información sobre el cáncer

Cuando alguien pregunta qué es exactamente el cáncer, muchas veces se imagina una sola enfermedad. Sin embargo, el cáncer es un conjunto enorme y muy variado de trastornos que comparten una idea común: ciertas células del cuerpo dejan de comportarse como deberían y empiezan a crecer a lo loco, sin control. Ese crecimiento desordenado puede formar tumores, alterar el funcionamiento de los órganos y, en algunos casos, poner en riesgo la vida.

Aunque suene muy técnico, entender bien qué es el cáncer ayuda muchísimo a quitar miedos infundados, a reconocer signos de alarma y, sobre todo, a saber que no todos los tipos de cáncer son iguales ni tienen el mismo pronóstico. Algunos tumores son benignos y no ponen en peligro la vida; otros son malignos, se pueden diseminar por el cuerpo y requieren tratamientos más complejos. Vamos a desgranar todo esto paso a paso, usando un lenguaje claro y cercano, pero sin dejarnos ningún detalle importante.

Qué es el cáncer y cómo se comportan las células

En condiciones normales, el organismo funciona con una precisión casi milimétrica: las células se dividen cuando hace falta y mueren cuando ya no son útiles. Este proceso está regulado por los genes, que actúan como el «manual de instrucciones» dentro del ADN. Gracias a ello, los tejidos se renuevan, se reparan las lesiones y el cuerpo se mantiene en equilibrio.

En el cáncer, este equilibrio se rompe. Algunas células acumulan cambios (mutaciones) en sus genes que hacen que empiecen a dividirse sin freno, incluso cuando el cuerpo no las necesita, y que pierdan la capacidad de morir a su debido tiempo. Estas células anormales se van acumulando y pueden dar lugar a una masa, a lo que llamamos tumor o neoplasia.

Esas mutaciones genéticas pueden originarse por factores internos (errores al copiar el ADN, envejecimiento celular) o externos, como el tabaco, la radiación ultravioleta del sol, algunos virus, sustancias químicas o ciertos hábitos de vida. Con los años se van sumando pequeñas alteraciones en las células hasta que, en algunos casos, se desata el proceso canceroso. Por eso el riesgo de cáncer aumenta con la edad.

No todos los cánceres forman masas sólidas. Algunos, como las leucemias, afectan a las células de la sangre y a la médula ósea y se extienden por el organismo a través de la circulación sanguínea, sin crear un bulto concreto. Aun así, comparten la característica esencial del cáncer: la multiplicación descontrolada de células anormales que perjudican el funcionamiento normal del cuerpo.

Desde el punto de vista médico, el cáncer es una enfermedad genética, pero esto no significa siempre hereditaria. Solo una parte relativamente pequeña de los cánceres se debe a mutaciones transmitidas de padres a hijos. En la mayoría de los casos, los cambios en los genes ocurren a lo largo de la vida, por azar o por la exposición a distintos factores de riesgo.

Tumores benignos y tumores malignos: diferencias clave

Un concepto importante para no mezclar términos es que no todo tumor es un cáncer. Un tumor es, en esencia, una masa de tejido formada por células que han crecido más de la cuenta. Esa masa puede ser benigna (no cancerosa) o maligna (cancerosa), y la diferencia es fundamental.

Los tumores benignos se caracterizan porque sus células, aunque se multiplican, no invaden los tejidos de alrededor ni se diseminan a distancia. Suelen crecer despacio, se mantienen bien delimitados y, cuando se extirpan quirúrgicamente, lo habitual es que no vuelvan a aparecer en el mismo sitio. Por eso, salvo que estén en una zona delicada (por ejemplo, dentro del cráneo o comprimiendo un órgano vital) o alcancen un tamaño considerable, rara vez suponen un problema grave.

En cambio, los tumores malignos tienen un comportamiento mucho más agresivo. Las células cancerosas pueden infiltrarse en los tejidos vecinos, dañándolos y sustituyendo células normales, y además pueden desprenderse del tumor original, viajar por la sangre o la linfa y colonizar otros órganos. Cuando eso ocurre hablamos de metástasis, y es una de las características que definen a los cánceres más peligrosos.

Otra diferencia importante es que los tumores malignos pueden reaparecer incluso después de un tratamiento aparentemente completo. Por eso, tras la cirugía suele ser necesario añadir radioterapia, quimioterapia, terapias dirigidas, inmunoterapia u otros tratamientos para destruir las posibles células tumorales que hayan quedado “escondidas” en el organismo. Aun así, algunos cánceres vuelven a manifestarse con el tiempo, lo que se denomina recidiva.

Hay que recordar que la ausencia de un tumor sólido no significa que no haya cáncer. Las leucemias y algunos linfomas o neoplasias de células plasmáticas alteran la sangre y la médula ósea, perjudicando la producción normal de glóbulos rojos, blancos y plaquetas. Aunque no formen una masa visible en una radiografía, son procesos malignos que requieren atención y tratamiento.

Cáncer en cifras y su impacto en la población

En países como España, el número de diagnósticos de cáncer ha ido aumentando de forma sostenida en las últimas décadas. Esto se debe, por un lado, al aumento de la población y al envejecimiento (vivimos más años y, por tanto, tenemos más tiempo para acumular alteraciones en las células) y, por otro, a la mejora de los programas de cribado y de las técnicas diagnósticas.

Se estima que en 2019 se diagnosticaron en España más de 277.000 nuevos casos de cáncer, con una proporción mayor en hombres que en mujeres. Los tumores más frecuentes fueron el cáncer colorrectal, próstata, mama, pulmón y vejiga urinaria. Estas cifras ilustran por qué el cáncer es una de las principales causas de enfermedad en la población adulta.

A pesar de todo, no todo son malas noticias. Gracias a los avances en detección precoz, cirugías más precisas, mejores fármacos y tratamientos combinados, la mortalidad por cáncer ha disminuido de forma notable en las últimas dos décadas. En torno a la mitad de las personas diagnosticadas en España viven más de cinco años tras el diagnóstico, y en muchos tipos de cáncer localizados la probabilidad de curación es muy alta.

Los resultados, eso sí, dependen del tipo de tumor, la fase en la que se detecta y las características propias de cada paciente. Los cánceres avanzados o metastásicos suelen asociarse a supervivencias más cortas, aunque en algunos casos se consiguen largos periodos de control de la enfermedad con los tratamientos actuales.

Cómo se clasifican los tipos de cáncer

Existe una enorme variedad de tumores malignos, más de un centenar de tipos descritos. Para organizarlos, se suele utilizar el órgano o tejido donde se originan. Así, un tumor que nace en el colon y se extiende al hígado sigue considerándose cáncer de colon con metástasis hepáticas, no “cáncer de hígado”, ya que las células mantienen las características del sitio de origen.

Además del órgano, muchos cánceres se agrupan por el tipo de célula que se transforma. Esta forma de clasificación ayuda a los especialistas a entender mejor el comportamiento del tumor y a escoger el tratamiento más adecuado. Las grandes familias de cáncer, según la célula o tejido de origen, incluyen carcinomas, sarcomas, leucemias, linfomas, mieloma múltiple, melanomas, tumores de encéfalo y médula espinal, tumores de células germinales y tumores neuroendocrinos (incluidos los carcinoides).

Desde un punto de vista muy estricto, cada tumor podría considerarse único, porque cada persona tiene un “perfil molecular” distinto en sus células cancerosas. Las técnicas modernas de biología molecular, como la secuenciación masiva (next generation sequencing), permiten estudiar las mutaciones presentes en un tumor concreto y, en algunos casos, aplicar terapias dirigidas que actúan sobre esas alteraciones específicas.

Carcinomas: los cánceres más frecuentes

Los carcinomas constituyen el grupo más numeroso de cánceres. Se originan a partir de células epiteliales, que son las que recubren la superficie externa de la piel, el interior de órganos huecos (como estómago, intestino, vejiga) y los conductos y glándulas del organismo. Al observarlas al microscopio, muchas células epiteliales tienen aspecto de pequeñas columnas o capas organizadas.

Dentro de los carcinomas hay varios subtipos importantes: los adenocarcinomas nacen en células epiteliales que producen moco o sustancias glandulares y son muy frecuentes en mama, colon, cáncer de próstata, pulmón y páncreas; los carcinomas de células basales aparecen en la capa más profunda de la epidermis y son un tipo muy habitual de cáncer de piel no melanoma.

Otro subtipo es el carcinoma de células escamosas, que se forma en células planas situadas bajo la superficie de la piel y que también recubren estructuras internas como la boca, el esófago, el pulmón o la vejiga. Cuando se ven al microscopio, estas células recuerdan a pequeñas escamas, de ahí su nombre. A menudo también se les llama carcinomas epidermoides.

Por último, el carcinoma de células transicionales se origina en el epitelio transicional o urotelio, un tejido formado por varias capas de células que pueden cambiar de tamaño y forma. Este epitelio recubre la vejiga urinaria, los uréteres y la pelvis renal, y muchos tumores de estas zonas son precisamente carcinomas de células transicionales.

Sarcomas: cánceres del hueso y tejidos blandos

Los sarcomas son menos frecuentes que los carcinomas, pero no por ello menos relevantes. Surgen en los tejidos de sostén del cuerpo: hueso, músculo, grasa, vasos sanguíneos, vasos linfáticos, cartílagos, tendones y ligamentos. En conjunto, se engloban dentro del “tejido conectivo o conjuntivo”.

El osteosarcoma es el sarcoma óseo más habitual y se da sobre todo en niños y adolescentes, aunque también puede aparecer en adultos. Entre los sarcomas de partes blandas destacan el leiomiosarcoma (músculo liso), el sarcoma de Kaposi, el liposarcoma (tejido graso), el dermatofibrosarcoma protuberante y el histiocitoma fibroso maligno, entre otros. Cada uno tiene un comportamiento y unas opciones de tratamiento específicas.

En la práctica clínica, los sarcomas suelen requerir el abordaje combinado de cirugía, radioterapia y, en ocasiones, quimioterapia u otras terapias sistémicas. Su diagnóstico precoz es complicado porque a menudo comienzan como bultos profundos o indoloros que pueden pasar desapercibidos durante un tiempo.

Leucemias: cánceres de la médula ósea y la sangre

Las leucemias son cánceres que se originan en la médula ósea, el tejido esponjoso dentro de los huesos donde se producen los glóbulos rojos, los glóbulos blancos y las plaquetas. En este caso no se forma un tumor sólido, sino que aparece una gran cantidad de células blancas anormales (células leucémicas) en la médula y la sangre.

Estas células anómalas desplazan a las células sanas y provocan una disminución de glóbulos rojos, glóbulos blancos funcionales y plaquetas. Como consecuencia, el organismo tiene más dificultades para transportar oxígeno (anemia), para defenderse de las infecciones y para controlar las hemorragias, ya que la coagulación se altera.

Las leucemias suelen clasificarse según su velocidad de progresión (agudas, de evolución rápida; o crónicas, de evolución más lenta) y según el tipo de célula afectada (linfoblásticas o mieloides). Así, se habla de cuatro grandes tipos: leucemia linfoblástica aguda, leucemia mieloide aguda, leucemia linfocítica crónica y leucemia mieloide crónica. Cada una presenta síntomas, pronósticos y tratamientos diferentes.

El diagnóstico se basa en análisis de sangre, estudios de médula ósea y pruebas complementarias específicas. El tratamiento puede incluir quimioterapia intensiva, terapias dirigidas, inmunoterapia y trasplante de células madre hematopoyéticas, dependiendo del subtipo y de las características del paciente.

Linfomas: cánceres del sistema linfático

El linfoma es un tipo de cáncer que se inicia en los linfocitos, un tipo de glóbulo blanco fundamental para la defensa frente a infecciones. Estos linfocitos se concentran en los ganglios linfáticos, el bazo, el timo y otros órganos del sistema inmunitario. Cuando se transforman en células cancerosas, pueden acumularse en los ganglios y otros tejidos.

Los dos grandes grupos de linfoma son el linfoma de Hodgkin y el linfoma no Hodgkin. El linfoma de Hodgkin se caracteriza por la presencia de unas células anormales muy concretas, llamadas células de Reed-Sternberg, que suelen proceder de linfocitos B. El resto de linfomas se engloba bajo el término linfoma no Hodgkin, que incluye un abanico muy amplio de subtipos con comportamientos muy diferentes entre sí.

Los linfomas no Hodgkin pueden ser de crecimiento rápido (agresivos) o lento (indolentes) y originarse tanto en linfocitos B como en linfocitos T. Los síntomas pueden ir desde inflamación indolora de ganglios hasta fiebre, sudoración nocturna, pérdida de peso o cansancio intenso. El tratamiento se adapta al tipo de linfoma e incluye quimioterapia, inmunoterapia, radioterapia y, en ocasiones, trasplante de médula ósea.

Mieloma múltiple: cáncer de las células plasmáticas

El mieloma múltiple es una neoplasia que afecta a las células plasmáticas, un tipo de linfocito B especializado en producir anticuerpos. Cuando estas células se vuelven malignas (células de mieloma), se acumulan en la médula ósea y forman tumores en distintos huesos del cuerpo.

La proliferación de células de mieloma interfiere con la función normal de la médula ósea y puede causar anemia, infecciones recurrentes, dolor óseo, fracturas y alteraciones en la función renal. El mieloma múltiple también se conoce como mieloma de células plasmáticas o enfermedad de Kahler. El abordaje terapéutico suele combinar fármacos específicos (como inhibidores del proteasoma, inmunomoduladores y anticuerpos monoclonales), quimioterapia y, en pacientes seleccionados, trasplante de células madre.

Melanoma y otros tumores de piel

El melanoma es un cáncer que se origina en los melanocitos, las células responsables de producir melanina, el pigmento que da color a la piel, el pelo y parte de los ojos. La mayoría de melanomas aparecen en la piel, muchas veces en forma de lunares que cambian de aspecto (asimetría, bordes irregulares, varios colores, aumento de tamaño, picor o sangrado).

Aunque es menos frecuente que otros cánceres de piel, el melanoma es mucho más agresivo si no se detecta a tiempo. También puede surgir en tejidos pigmentados internos, como en el ojo (melanoma ocular). La exposición intensa y repetida a la radiación ultravioleta, sobre todo en la infancia, es uno de los factores de riesgo más importantes para su aparición.

Tumores de encéfalo y médula espinal

En el sistema nervioso central pueden desarrollarse muchos tipos distintos de tumores, cada uno con un nombre que depende del tipo de célula en que se origina y de la zona donde aparece. Por ejemplo, los astrocitomas nacen en los astrocitos, células en forma de estrella que dan soporte y protección a las neuronas.

Estos tumores pueden ser benignos o malignos. Los benignos no invaden a distancia, pero aun así pueden provocar síntomas graves si crecen en zonas críticas del encéfalo o la médula espinal. Los malignos, en cambio, pueden infiltrarse en el tejido nervioso cercano y resultar muy difíciles de eliminar por completo mediante cirugía.

El diagnóstico suele incluir pruebas de imagen (como resonancia magnética) y, cuando es posible, análisis del tejido tumoral. El tratamiento combina neurocirugía, radioterapia y quimioterapia u otros fármacos específicos, con el objetivo de controlar el tumor y preservar la mejor función neurológica posible.

Otros tipos de tumores: células germinales, neuroendocrinos y carcinoides

Además de los grupos principales, existen otros tipos de tumores menos frecuentes pero relevantes. Los tumores de células germinales se originan en las células que darán lugar a los óvulos o a los espermatozoides. Aunque son típicos de ovario y testículo, pueden aparecer en otras zonas del cuerpo debido a la forma en que estas células migran durante el desarrollo embrionario.

Estos tumores pueden ser benignos o malignos y engloban subtipos como los seminomas, los no seminomas, los teratomas y otros. Muchos de ellos responden muy bien a la quimioterapia y a la cirugía, por lo que sus tasas de curación, sobre todo cuando se diagnostican pronto, son elevadas.

Los tumores neuroendocrinos derivan de células que tienen una doble función: reciben señales del sistema nervioso y liberan hormonas a la sangre. Se localizan en distintos órganos, como el páncreas, el intestino o el pulmón. Algunos producen exceso de hormonas, generando síntomas muy variados (diarreas, enrojecimiento de la piel, cambios de tensión arterial), mientras que otros apenas dan señales hasta que alcanzan cierto tamaño.

Un subtipo concreto de tumor neuroendocrino son los tumores carcinoides, que se caracterizan por un crecimiento habitualmente lento y se localizan con frecuencia en el aparato digestivo, en especial en el intestino delgado y el recto. En ocasiones se diseminan al hígado u otras partes del cuerpo y liberan sustancias como serotonina o prostaglandinas, lo que produce el llamado síndrome carcinoide (enrojecimiento, diarrea, broncoespasmo, entre otros síntomas).

De la célula normal al cáncer: cambios progresivos

El paso de una célula sana a una célula cancerosa no ocurre de la noche a la mañana. Es un proceso gradual en el que se acumulan alteraciones durante años, tanto en el funcionamiento interno de la célula como en su aspecto al microscopio.

La hiperplasia es una de las primeras fases: se trata de un aumento en el número de células en un tejido, pero manteniendo su estructura y organización normales. Suele ser una respuesta adaptativa y reversible a un estímulo, como una irritación o una necesidad de regeneración, y no es en sí misma un cáncer.

La displasia va un paso más allá. En ella, las células muestran una proliferación excesiva y empiezan a perder la arquitectura normal del tejido. Aunque la displasia sigue siendo un proceso no canceroso, puede evolucionar hacia un carcinoma si persisten los estímulos o se acumulan más mutaciones. Muchas lesiones displásicas se controlan con revisiones periódicas y, en algunos casos, con tratamientos locales para evitar que progresen.

El grado máximo de displasia da lugar al llamado carcinoma in situ, en el que las células ya tienen características claramente cancerosas pero permanecen confinadas dentro de la capa de tejido donde se originaron, sin atravesar la barrera anatómica que las separa de los tejidos cercanos. En esta fase, si se detecta y se trata, la probabilidad de curación es muy alta.

A medida que las células pierden su capacidad de diferenciarse y adoptar la forma y función de la célula normal de origen, se habla de tumores de mayor grado o menos diferenciados. Cuanto más “atípicas” se ven las células al microscopio y más alterada está la organización del tejido, mayor suele ser la agresividad del tumor. Esta información histológica, proporcionada por el patólogo a partir de una biopsia, es clave para decidir el tratamiento.

Cómo se diagnostica el cáncer

Ante la sospecha de un cáncer, el proceso diagnóstico suele comenzar con una buena historia clínica y una exploración física detallada. En función de los síntomas (por ejemplo, un bulto, tos persistente, sangrado anómalo o cambio en un lunar), el profesional solicitará análisis de sangre, pruebas de imagen como radiografías, ecografías, tomografías (TAC) o resonancias magnéticas, y, en su caso, estudios más específicos como mamografías, colonoscopias o marcadores tumorales.

Aun así, las pruebas de imagen solo permiten sospechar la presencia de un tumor. Para confirmar que se trata de un cáncer es imprescindible obtener una muestra del tejido afectado mediante técnicas como la punción-aspiración, la biopsia con aguja gruesa o la biopsia quirúrgica. Esa muestra se envía al laboratorio de Anatomía Patológica, donde el especialista analiza las células al microscopio y, si hace falta, aplica técnicas de inmunohistoquímica o biología molecular.

El informe del patólogo indica el tipo de tumor, su grado de agresividad y, a veces, la presencia de alteraciones genéticas específicas que pueden orientar terapias dirigidas. En casos muy concretos, como algunos tumores cerebrales o ciertos cánceres de hígado, se puede llegar al diagnóstico sin biopsia si las imágenes y otros datos son muy característicos, pero no es lo habitual.

Síntomas frecuentes del cáncer

Los signos y síntomas del cáncer varían mucho según el tipo de tumor y su localización. Algunos ejemplos habituales incluyen la aparición de un bulto nuevo (especialmente en mama, cuello o testículos), la presencia de sangre en la orina o en las heces, sangrados o moratones sin explicación clara, una herida o llaga que no cicatriza, dificultad para tragar o cambios llamativos en un lunar; por eso la autoexploración testicular puede ser útil.

Es importante recalcar que la mayoría de estos síntomas tienen causas benignas, pero cuando persisten durante varias semanas sin explicación razonable conviene consultarlo con un profesional sanitario. No es buena idea esperar a que aparezca dolor, porque muchos cánceres en fases iniciales no duelen en absoluto.

Tratamientos más habituales del cáncer

La elección del tratamiento depende del tipo de cáncer, su estadio (es decir, lo extendido que esté) y la situación general de la persona. Los abordajes más usados son la cirugía, la radioterapia y la quimioterapia, que se pueden combinar entre sí según el caso.

La cirugía tiene como objetivo extirpar el tumor visible y, en algunos casos, los ganglios linfáticos cercanos donde pudiera haberse diseminado. La radioterapia utiliza radiaciones de alta energía para destruir las células cancerosas en una zona concreta, mientras que la quimioterapia se administra por vía sistémica (oral o intravenosa) y actúa sobre células que se dividen rápidamente en todo el cuerpo.

Además, cada vez se utilizan más terapias específicas como los tratamientos hormonales (en tumores sensibles a hormonas, como algunos cánceres de mama y próstata), la inmunoterapia (que estimula al sistema inmunitario para que reconozca y ataque a las células tumorales) y otros tipos de terapia biológica o dirigida contra dianas moleculares concretas. En determinados cánceres de sangre o de médula se recurre al trasplante de células madre, que permite reiniciar la producción de células sanguíneas sanas tras tratamientos muy intensos.

Factores de riesgo y prevención del cáncer

No siempre es posible saber por qué una persona desarrolla cáncer y otra no, pero se conocen bien algunos factores que aumentan el riesgo. Hay elementos que no se pueden modificar, como la edad o ciertos genes heredados, y otros que sí dependen del estilo de vida y del entorno.

Fumar tabaco (en cualquiera de sus formas) es uno de los factores de riesgo evitables más importantes, especialmente para el cáncer de pulmón, pero también para muchos otros tipos. La exposición excesiva al sol sin protección aumenta el riesgo de cáncer de piel, incluido el melanoma. El consumo elevado de alcohol, la obesidad, la falta de actividad física y algunas infecciones (como el virus del papiloma humano o la hepatitis B y C), así como el consumo de ultraprocesados, también se asocian a distintos tumores.

Aunque no se puede garantizar una protección absoluta, adoptar hábitos saludables reduce de manera significativa la probabilidad de desarrollar ciertos cánceres. No fumar, moderar el alcohol, mantener un peso adecuado, hacer ejercicio de forma regular y protegerse del sol son medidas básicas. A ello se suman las vacunas recomendadas (como la del VPH o la de la hepatitis B) y la participación en programas de cribado, como la mamografía o la detección de sangre oculta en heces para cáncer de colon.

Hoy sabemos que una proporción importante de cánceres se puede curar, sobre todo cuando se detectan pronto y se tratan adecuadamente. Conocer qué es el cáncer, cómo se origina, qué tipos existen y qué opciones de diagnóstico y tratamiento hay disponibles permite afrontar la enfermedad con más información, menos miedo y una actitud más activa a la hora de cuidarse y de seguir las recomendaciones médicas.

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