Qué supone la quiebra de Roomba y el futuro de iRobot

Última actualización: diciembre 20, 2025
  • iRobot se acoge al Capítulo 11 y cede el 100% de Roomba a Shenzhen Picea Robotics y Santrum Hong Kong.
  • La empresa seguirá operando con normalidad y mantendrá soporte, app y servicios durante la reestructuración.
  • Los accionistas actuales perderán toda su inversión al convertirse iRobot en compañía privada no cotizada.
  • La competencia asiática, los aranceles y la caída de demanda han empujado a la empresa a la bancarrota.

Situación de quiebra de Roomba e iRobot

La quiebra de iRobot, creadora de Roomba, ha encendido todas las alarmas entre quienes tienen un robot aspirador en casa y entre los inversores que seguían de cerca la evolución de la compañía. De ser el gran símbolo occidental de la robótica doméstica ha pasado, en apenas unos años, a depender por completo de un rescate liderado por su principal proveedor chino.

Aunque la palabra bancarrota suene contundente, el escenario es menos dramático para los usuarios de lo que podría parecer. iRobot se ha acogido a un proceso de reestructuración ordenada que permitirá mantener en marcha la actividad, la app y el servicio técnico, mientras la propiedad de la empresa pasa a manos de Shenzhen Picea Robotics y su filial Santrum Hong Kong.

Qué ha pasado exactamente con iRobot y Roomba

Quiebra y reestructuración de la empresa Roomba

iRobot, con sede en Bedford (Massachusetts), ha iniciado un proceso voluntario de bancarrota acogido al Capítulo 11 de la Ley de Quiebras de Estados Unidos. Este mecanismo no implica un cierre inmediato del negocio, sino una reorganización supervisada por los tribunales para reordenar deudas, capital y estructura accionarial.

En paralelo, la compañía ha alcanzado un acuerdo de reestructuración con la china Shenzhen Picea Robotics, su principal fabricante y prestamista, y con la filial Santrum Hong Kong. El pacto prevé que Picea y su subsidiaria se hagan con el 100% del capital de iRobot, lo que supone cederles por completo el control de la marca Roomba y del resto de productos de la empresa.

Una vez que el Tribunal del Distrito de Delaware dé el visto bueno al plan, iRobot pasará a ser una compañía privada propiedad íntegra de Picea. Como parte del proceso, las acciones dejarán de cotizar en el Nasdaq Stock Market, poniendo fin a casi dos décadas en bolsa desde su salida al parqué en 2005.

Para los accionistas minoritarios la noticia no puede ser peor: la propia empresa ha advertido de que, con la reorganización, no recibirán participación alguna en la firma resultante, de modo que experimentarán una pérdida total de su inversión. En otras palabras, se quedan fuera del nuevo esquema de propiedad.

Un gigante de la robótica doméstica que tocó techo

Para entender por qué se habla tanto de la quiebra de Roomba conviene recordar de dónde viene iRobot. La compañía nació en 1990 de la mano del investigador del MIT Rodney Brooks y de sus colaboradores Helen Greiner y Colin Angle, con la idea de llevar la robótica del laboratorio al mercado de consumo y a aplicaciones concretas.

El gran salto se produjo en 2002, con el lanzamiento de la primera Roomba. Aquel robot, rudimentario si se compara con los modelos actuales, fue el primer dispositivo capaz de desplazarse de forma autónoma por un hogar mientras aspiraba el suelo sin necesidad de intervención constante del usuario. A partir de ahí, el nombre Roomba se convirtió casi en sinónimo de robot aspirador, hasta el punto de que muchos consumidores llaman así a cualquier modelo, sea de iRobot o no.

El éxito fue tal que, durante algunos años, la compañía llegó a acaparar alrededor del 80% del mercado mundial de robots de limpieza doméstica. A ello se sumó un potente efecto cultural, con millones de vídeos y referencias en redes sociales, que reforzaron su notoriedad y consolidaron a la marca como la referencia de la categoría.

A lo largo de su trayectoria, iRobot ha vendido más de 40 millones de robots para el hogar y se convirtió en uno de los grandes estandartes occidentales de la electrónica de consumo aplicada a la robótica. Sin embargo, ese dominio inicial no fue suficiente para blindarla ante los cambios del mercado, la irrupción de nuevos rivales y un entorno económico cada vez más hostil.

Del intento de compra por Amazon al refugio en Picea

La situación financiera de iRobot llevaba tiempo deteriorándose. Tras la pandemia, los problemas en la cadena de suministro, la caída de la demanda y el mayor peso de la competencia presionaron a la compañía. En 2023 y 2024 se encadenaron pérdidas millonarias, superiores a 400 millones de dólares en conjunto entre distintos ejercicios, y un fuerte retroceso de las ventas.

En este contexto apareció una posible tabla de salvación: Amazon llegó a ofrecer alrededor de 1.700 millones de dólares por hacerse con iRobot. El propio Colin Angle, entonces consejero delegado, veía la operación como una vía para garantizar recursos, innovación y continuidad del proyecto. Era una jugada que habría convertido a Roomba en una pieza más del ecosistema de dispositivos y servicios del gigante del comercio electrónico.

Sin embargo, la operación se topó con un muro regulatorio, especialmente en la Unión Europea. Los servicios de Competencia en Bruselas consideraron que la compra podía restringir la competencia en el mercado, al permitir a Amazon reforzar de forma excesiva su posición controlando tanto la plataforma de ventas como un actor clave del segmento de robots aspiradores.

Ante la presión de los reguladores europeos y la incertidumbre sobre si la operación llegaría a aprobarse, Amazon decidió cancelar la adquisición en enero de 2024. Abonó cerca de 100 millones de dólares en concepto de compensación, pero dejó a iRobot sin el socio industrial y financiero que esperaba.

Tras esa ruptura, la empresa anunció un duro plan de recortes, con ajustes de plantilla que, en algunos momentos, superaron el 50% del personal, y medidas de contención de costes para intentar seguir adelante de forma independiente. Aun así, la capitalización bursátil se desplomó y el valor de la acción se hundió más de un 90% en cinco años, reflejando la desconfianza del mercado.

La entrada en escena de Shenzhen Picea Robotics

Mientras se agotaban las alternativas, la relación con Shenzhen Picea Robotics se hacía cada vez más estrecha. Picea era desde hacía años un proveedor clave de fabricación para iRobot, llegando a ensamblar aproximadamente el 30% de las Roomba vendidas en todo el mundo. Con el tiempo, además de fabricante, se convirtió en prestamista de referencia de la compañía estadounidense.

Tras el fracaso de la compra por Amazon y ante las dificultades de financiación, iRobot externalizó un volumen creciente de producción a Picea con el objetivo de reducir costes. Paralelamente, una filial de este grupo adquirió alrededor de 191 millones de dólares de deuda pendiente de iRobot, entre principal e intereses, y asumió un papel central en las conversaciones sobre el futuro de la empresa.

El acuerdo de bancarrota aprobado por el consejo de iRobot prevé que Picea y su subsidiaria Santrum Hong Kong se queden con la totalidad del accionariado. Con este movimiento se pretende saldar una parte muy relevante del endeudamiento —superior a los 190 millones de dólares— y dar estabilidad a la cadena de fabricación y suministro.

Ambas partes han subrayado que la prioridad es garantizar que la actividad comercial de Roomba continúe sin sobresaltos, que se sigan lanzando productos y que el servicio para los clientes no se vea interrumpido durante el proceso judicial ni tras el cambio de manos.

Un mercado cada vez más duro: competencia china y aranceles

La situación de iRobot no se explica solo por una mala racha puntual. En los últimos años, el mercado de robots aspiradores ha sufrido una intensa presión competitiva por parte de fabricantes asiáticos como Roborock, Ecovacs, Dreame o Xiaomi, que han ido perfeccionando sus propios modelos hasta situarse, en muchos casos, al nivel o incluso por delante de Roomba en varios aspectos técnicos.

Durante mucho tiempo, iRobot disfrutó de una ventaja derivada de su inversión en investigación y desarrollo para desarrollar la navegación autónoma y los algoritmos básicos de movimiento. Pero esa tecnología acabó por comoditizarse: los rivales aprendieron, replicaron y mejoraron las soluciones existentes, recortando distancias hasta eliminar gran parte del diferencial que justificaba el sobreprecio de los modelos de la marca estadounidense.

Mientras iRobot seguía centrada en perfeccionar el sistema de visión por cámaras y la navegación basada en vídeo, muchos competidores dieron el salto a tecnologías como el mapeo láser (LiDAR), ofreciendo una experiencia de uso muy precisa y atractiva a precios más bajos. A ojos de muchos consumidores, la sensación de que Roomba iba claramente por delante se fue diluyendo.

También cambió el propio concepto de producto. iRobot apostó durante años por modelos especializados de alta gama para aspirar o fregar, mientras que varias marcas chinas se volcaron en un enfoque más versátil, con robots capaces de aspirar y fregar en un solo dispositivo, a menudo con estaciones de autolimpieza y autovaciado, en rangos de precio muy competitivos.

A todo esto se añadieron los aranceles y el entorno macroeconómico adverso. La compañía ya había advertido de que los nuevos impuestos a las importaciones desde países como Vietnam, donde fabrica parte de sus aspiradoras para el mercado estadounidense, incrementaron sus costes en decenas de millones de dólares. Esa presión adicional complicó aún más la planificación a largo plazo y estrechó los márgenes en un sector donde cada euro cuenta.

Qué implica la bancarrota para los usuarios de Roomba

Ante la noticia de la quiebra, la primera preocupación de muchos consumidores ha sido obvia: ¿seguirán funcionando sus Roomba con normalidad? La respuesta de la propia iRobot ha sido tajante. La empresa asegura que, durante el proceso de reestructuración y posterior transición a manos de Picea, no se prevén interrupciones en el servicio.

En concreto, la compañía ha indicado que los robots seguirán operativos sin cambios, la aplicación móvil continuará funcionando con normalidad y los programas de atención al cliente, la relación con los socios comerciales y el soporte técnico se mantendrán activos. El objetivo es que, en el día a día, el propietario de una Roomba casi no note que la empresa se encuentra inmersa en un proceso judicial de reorganización.

También se ha comprometido a cumplir con los pagos a empleados, proveedores y otros acreedores antes, durante y después del procedimiento, utilizando las herramientas legales del Capítulo 11 para reordenar sus finanzas sin bloquear su operativa cotidiana. En teoría, esto debería dar cierta tranquilidad tanto a la red de distribución como a los servicios posventa en Europa y el resto del mundo.

En países de la Unión Europea y España, donde Roomba es una de las marcas más reconocidas en el segmento de robots aspiradores, lo esperable es que las garantías legales, el acceso a repuestos y la asistencia oficial sigan disponibles mientras dure la transición y en la etapa posterior bajo control de Picea. En todo caso, cualquier cambio relevante en la política de servicio debería anunciarse con cierto margen.

De cara al futuro, las grandes incógnitas pasan por saber qué estrategia seguirán los nuevos propietarios: si apostarán por reforzar el posicionamiento de Roomba en la gama alta, si se centrarán en productos más económicos para competir de tú a tú con otros fabricantes chinos o si intentarán explotar la marca combinando ambas vías.

Una lección para la industria tecnológica occidental

El caso de iRobot y la quiebra de Roomba se suma a otros episodios que muestran lo difícil que resulta mantener una ventaja sostenible en el terreno del hardware. Marcas que fueron pioneras —como GoPro en cámaras de acción o Fitbit en pulseras de actividad— han visto cómo sus márgenes se erosionaban con la llegada de competidores asiáticos capaces de ofrecer dispositivos similares a menor coste.

Solo unas pocas empresas occidentales han logrado esquivar, por ahora, este patrón. Apple, por ejemplo, ha construido un modelo basado en el control casi obsesivo de su cadena de suministro y en la integración estrecha entre hardware, software y servicios. Dyson, por su parte, ha optado por situarse claramente en el segmento aspiracional, defendiendo precios altos a cambio de diseño, ingeniería y una fuerte protección de patentes.

Otra vía es la de la hiperespecialización, como demuestra la experiencia de Garmin, que ha preferido centrarse en nichos de usuarios muy exigentes —deportistas avanzados, navegantes, amantes del aire libre— dispuestos a pagar más por funciones y métricas muy técnicas. Ese enfoque reduce la presión directa de los dispositivos generalistas de bajo coste.

También existe el modelo en el que el hardware actúa como puerta de entrada a un negocio de software o servicios más rentable. Plataformas como Steam, con su consola portátil, han priorizado el impacto sobre el ecosistema de juegos frente al beneficio directo de cada dispositivo. En el caso de iRobot, aunque llegó a plantearse la posibilidad de monetizar los datos de mapeo de los hogares, la polémica por la privacidad y la falta de una propuesta clara de servicios de pago hicieron que esta vía nunca terminase de materializarse.

La trayectoria de Roomba muestra que ser el primero en llegar a un mercado no garantiza conservar el liderazgo de forma indefinida si no se acompaña de una estrategia sólida en servicios, control de costes, diferenciación de producto y adaptación a los cambios regulatorios. El paso de iRobot a manos de un conglomerado chino cierra un ciclo y abre otro, en el que la marca afrontará el reto de seguir siendo relevante en un sector que ella misma ayudó a crear.

Lo que está claro es que la quiebra de iRobot no supone, al menos de momento, la desaparición de Roomba, sino más bien un cambio profundo en quién manda y cómo se organiza su futuro: la tecnología y los productos seguirán en los hogares, pero el timón pasa definitivamente a Shenzhen.