- La terapia con células madre para la ELA está en fase muy preliminar y la evidencia clínica actual es de baja certeza, con beneficios funcionales como máximo modestos y a corto plazo.
- Se han probado distintas fuentes y vías de administración (CMM de médula ósea, células de cordón umbilical, trasplantes intramedulares), pero aún no se conoce el tipo celular ni el lugar de implantación óptimos.
- El turismo de células madre ofrece tratamientos no aprobados, exagerando la eficacia y minimizando los riesgos, por lo que solo deberían considerarse terapias dentro de ensayos regulados y con supervisión ética.
- La investigación básica sigue aportando nuevas dianas y mecanismos, pero las posibles terapias derivadas de estos hallazgos quedan, por ahora, reservadas a un futuro todavía lejano.

La esclerosis lateral amiotrófica (ELA) es una enfermedad dura, compleja y todavía rodeada de incógnitas. En los últimos años ha surgido un enorme interés por el tratamiento con células madre para la ELA, alimentado tanto por los avances de la investigación como por las esperanzas de los pacientes y sus familias. Sin embargo, el entusiasmo social no siempre va de la mano de la solidez científica, y ahí es donde conviene poner algo de orden y revisar qué se sabe realmente hasta ahora.
Hoy por hoy, el único fármaco aprobado de forma estándar para la ELA es el riluzol, cuyo efecto es moderado y no resulta curativo. En este contexto, la terapia celular se ha visto como una posible vía de escape frente a una enfermedad neurodegenerativa para la que no existe cura. Aun así, los datos clínicos disponibles siguen siendo escasos, los estudios tienen muchas limitaciones y las indicaciones aprobadas son mínimas. Vamos a repasar con calma, y con lenguaje claro, qué hay detrás de todo esto.
Qué es la ELA y por qué se plantea la terapia con células madre
La ELA es una enfermedad neurodegenerativa progresiva que afecta sobre todo a las motoneuronas, las neuronas que controlan el movimiento de los músculos. A medida que estas células se dañan y mueren, la persona va perdiendo fuerza y capacidad funcional, hasta llegar a una parálisis casi completa. Suele iniciarse alrededor de los 60 años y su curso es implacablemente progresivo.
Un aspecto clave es que su causa exacta (etiopatogenia) sigue sin conocerse. Se han identificado algunas formas familiares relacionadas con mutaciones genéticas, pero la mayoría de los casos son esporádicos, sin un desencadenante claro. Esto complica mucho el diseño de terapias dirigidas, porque no hay una única diana bien definida sobre la que actuar.
Además, en los últimos años se ha puesto de relieve que en la ELA no solo sufren las motoneuronas, sino también las células que las rodean y sostienen, como los astrocitos, la microglía y otros componentes del entorno neuronal. Es decir, el “ecosistema” alrededor de las neuronas motoras también participa en la degeneración, lo que abre la puerta a terapias dirigidas a modificar este ambiente y no solo a sustituir neuronas perdidas.
En este marco, la idea de trasplantar células madre se vuelve atractiva: en teoría podrían reemplazar células dañadas, liberar factores protectores o modular procesos inflamatorios. El problema es que, pasar del laboratorio a la clínica, cuando se trata del sistema nervioso y de una enfermedad progresiva como la ELA, es mucho más complicado de lo que podría parecer a primera vista.
Otro desafío importante es que se desconoce la forma exacta en la que la ELA se propaga en el organismo humano. No está claro si la enfermedad avanza de forma focal siguiendo circuitos concretos o de manera más difusa. Esto hace que escoger el lugar ideal para implantar células madre (corteza, médula cervical, médula torácica, músculo, etc.) sea una decisión cargada de incertidumbre.
Mecanismos propuestos de acción de las células madre en la ELA
Cuando se habla de terapia celular en ELA, suele pensarse de forma casi automática en sustituir neuronas dañadas por células nuevas. En teoría, las células implantadas podrían transformarse en motoneuronas, integrarse en los circuitos nerviosos, generar axones que lleguen al músculo y restablecer la función perdida.
Sin embargo, los modelos experimentales indican que este enfoque de recambio celular directo funciona mejor en lesiones estáticas (por ejemplo, un daño puntual) y mucho peor en procesos neurodegenerativos progresivos como la ELA, donde el ambiente tisular está alterado de forma continua y las agresiones sobre las neuronas persisten en el tiempo.
Por este motivo se ha ido desplazando el foco hacia otros posibles mecanismos. Por un lado, se considera que la sustitución de astrocitos o microglía enfermos por células sanas podría tener un papel relevante, dado que estos tipos celulares influyen enormemente en la viabilidad de las motoneuronas. Esta idea ha llevado incluso a la aprobación, por parte de la FDA, de ensayos clínicos con células madre neurales en pacientes con ELA, buscando precisamente ese recambio glial y la modificación del entorno neuronal.
La estrategia que más interés ha ido generando es quizás la basada en la liberación de factores neurotróficos y la modulación de la inflamación. En modelos animales, las células madre se emplean como “fábricas” de moléculas protectoras que podrían frenar el daño neuronal. Por ejemplo, cuando se modifican células precursoras para que expresen el factor neurotrófico derivado de la glía (GDNF) y se implantan en ratas transgénicas con mutación SOD1, se ha observado que logran prevenir la degeneración de las motoneuronas, y si además se administran en el músculo mejoran la función motora.
Este tipo de neuroprotección se ha relacionado con la modulación de la respuesta inflamatoria y del estrés celular. En modelos transgénicos de ELA SOD1 se ha observado que la terapia celular puede influir en la Respuesta Integrada al Estrés (ISR) y en la delicada interacción entre retículo endoplasmático y mitocondrias, dos elementos clave para la salud de las neuronas motoras.
En paralelo, se ha planteado una estrategia diferente: en lugar de trasplantar células desde fuera, tratar de estimular la neurogénesis endógena en los nichos neurogénicos del sistema nervioso central del propio paciente. Esta aproximación se ha sugerido para otras enfermedades neurológicas, pero, a día de hoy, no se utiliza en la práctica en ELA y se encuentra en un punto muy preliminar a nivel conceptual.
Principales fuentes de células madre y resultados en modelos experimentales
En los estudios sobre ELA se han utilizado sobre todo células madre mesenquimales (CMM), habitualmente procedentes de la médula ósea, aunque también se han probado células derivadas de cordón umbilical y células madre neurales. Cada fuente tiene sus ventajas, inconvenientes y cuestiones de seguridad específicas.
En modelos animales, las células procedentes de cordón umbilical han mostrado un efecto beneficioso principalmente a través de la modulación del sistema inmune. Estos resultados han despertado gran expectación, pero trasladar los hallazgos de animales a humanos no es directo, y la experiencia clínica con este tipo de células en ELA es todavía muy limitada.
También se han realizado estudios trasplantando células hematopoyéticas autólogas (es decir, del propio paciente) en localizaciones cerebrales, como la región frontal, aunque solo en un pequeño número de participantes. La justificación es aprovechar su capacidad de modular la respuesta inmune e inflamatoria, más que una integración neuronal directa.
Un trabajo muy mencionado es el de Beers y colaboradores, que abordó el papel de la microglía y las células T CD4+ en el daño a las motoneuronas. Trasplantaron médula ósea en ratones transgénicos SOD1 cruzados con ratones que carecían de células CD4+. Observaron que la ausencia de linfocitos T aceleraba la progresión de la enfermedad, pero que su reintroducción mediante el trasplante confería un cierto efecto neuroprotector. Esto refuerza la idea de que el sistema inmune, bien regulado, puede ayudar a frenar la neurodegeneración.
Por otra parte, en el ámbito más básico se han utilizado células madre pluripotentes inducidas (iPSC) derivadas de pacientes para recrear en el laboratorio algunos aspectos de la enfermedad. Estos modelos permiten estudiar mutaciones concretas y su impacto en las neuronas motoras, pero tienen un problema serio: su reproducibilidad es limitada, lo que complica confirmar los resultados en diferentes laboratorios o lotes celulares.
Uno de los genes estudiados en este contexto es VCP, implicado en una fracción extremadamente pequeña de las ELA familiares, en torno al 0,01-0,05 % de los pacientes, con mayor presencia en Brasil y algunos países lusófonos. En estos modelos celulares se han descrito alteraciones en la interacción entre retículo endoplasmático y mitocondria, así como en la ISR, lo que podría representar un nuevo punto débil de las motoneuronas. Aunque se trata de datos novedosos, su aplicación clínica es, como poco, lejana y limitada probablemente a subgrupos muy específicos de pacientes.
Ensayos clínicos con células madre en pacientes con ELA
Pasando del laboratorio a la cama del paciente, la situación cambia de tono. Los ensayos clínicos que se han llevado a cabo hasta la fecha son pocos, pequeños y heterogéneos, lo que hace difícil sacar conclusiones firmes sobre eficacia y seguridad.
En España, por ejemplo, se puso en marcha un ensayo clínico pionero en los hospitales Virgen de la Arrixaca y Morales Meseguer (Región de Murcia), coordinado por un equipo multidisciplinar de hematólogos, neurólogos, neurorradiólogos, neurocirujanos, neurofisiólogos, rehabilitadores, neuropsicólogos, psicólogos clínicos, neumólogos y personal de enfermería. El objetivo era evaluar un trasplante de células madre adultas autólogas como estrategia de neuroprotección en ELA.
El diseño contemplaba tres fases. En la primera, se realizaba el reclutamiento y seguimiento inicial de los pacientes durante unos 6-8 meses. Desde febrero de ese año, ya se habían incluido cinco pacientes seleccionados entre casos de toda España. En total, se preveía llegar a 10 participantes para el conjunto del estudio, con una duración global de tres años.
En la segunda fase se llevaba a cabo la intervención experimental: se obtenían células madre adultas de la médula ósea del propio paciente mediante punciones en los huesos de la cadera. Tras su procesamiento en el laboratorio, se trasplantaban mediante neurocirugía en varios segmentos de la médula espinal afectados, previamente delimitados por resonancia magnética. Durante la operación se monitorizaba al paciente con registros neurofisiológicos para detectar posibles daños en la médula.
La tercera fase consistía en un seguimiento de 12 meses para evaluar seguridad y posibles cambios clínicos. El ensayo contaba con la autorización de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios y el aval de los comités de ética de ambos hospitales. El coste aproximado del estudio, unos 210.000 euros, se financiaba con fondos del Servicio Murciano de Salud, la Dirección General de Calidad Asistencial, Formación e Investigación Sanitaria y la Fundación Diógenes, impulsada por personas afectadas de ELA. La coordinación corría a cargo de la Fundación para la Formación e Investigación Sanitarias de la Región de Murcia.
A nivel internacional, una revisión sistemática reciente identificó solo dos ensayos clínicos aleatorizados (ECA) con un total de 112 participantes que cumplían criterios para su análisis. Uno de ellos comparaba células madre mesenquimales autólogas de médula ósea (CMM-MO) más riluzol frente a riluzol solo (grupo control). El otro analizaba la administración combinada intramuscular e intratecal de células madre mesenquimales que secretan factores neurotróficos (CMM-FNT) frente a placebo, aunque este último solo se publicó en forma de resumen, sin datos detallados.
El único estudio con datos numéricos utilizables incluyó a 64 pacientes (56 para algunos resultados) y evaluó los efectos tras 4 a 6 meses de seguimiento. Metodológicamente presentaba bajo riesgo de sesgo en selección, detección e informe de resultados, pero alto riesgo de sesgo en realización y por pérdidas de seguimiento, algo habitual en ensayos pequeños y complejos.
Qué resultados han mostrado los ensayos clínicos hasta ahora
En ese ECA con CMM-MO, el deterioro funcional medido mediante la Escala Funcional Revisada de ELA (ALSFRS-R) se redujo ligeramente en el grupo tratado en comparación con el grupo control. La diferencia de medias fue de 3,38 puntos (IC 95 %: 1,22 a 5,54) a los seis meses. Considerando que la escala va de 48 (función normal) a 0 (máximo deterioro) y que se suele aceptar un cambio de 4 puntos como clínicamente relevante, el beneficio potencial observado es modesto y, sobre todo, muy incierto.
En cuanto a la función respiratoria, evaluada mediante la capacidad vital forzada (CVF%) respecto al valor teórico, no se encontraron diferencias claras entre el grupo de células madre y el grupo control (diferencia de medias -0,53; IC 95 %: -5,37 a 4,31; 56 participantes). Tampoco se observaron ventajas significativas en la supervivencia global a los seis meses (riesgo relativo 1,07; IC 95 %: 0,94 a 1,22; 64 participantes).
Respecto a la seguridad, el ensayo no mostró un aumento claro en el riesgo de eventos adversos totales (RR 0,86; IC 95 %: 0,62 a 1,19) ni de eventos adversos graves (RR 0,47; IC 95 %: 0,13 a 1,72) en el grupo de CMM-MO frente al control, si bien el tamaño muestral es demasiado pequeño como para descartar riesgos poco frecuentes. No se midió de manera sistemática la fuerza muscular, lo que supone otra limitación importante.
En resumen, la revisión concluye que la certeza de la evidencia es baja para todos los resultados de eficacia analizados. La principal razón es la imprecisión: los intervalos de confianza abarcan un rango amplio que podría traducirse en decisiones clínicas distintas según cómo se interpreten. Además, se trata de un ensayo de fase II, con relativamente pocos pacientes y sin datos a largo plazo (por ejemplo, a 12 meses o más).
Los autores de la revisión son claros: a día de hoy no hay evidencia de alta calidad que permita recomendar la terapia celular como tratamiento estándar de la ELA o de las enfermedades de la motoneurona (EMN). No se puede afirmar con seguridad que estas terapias restauren la función muscular, frenen de forma significativa la progresión o prolonguen la supervivencia.
Nuevos hallazgos moleculares y sus límites en la práctica clínica
Más allá de los ensayos clínicos, en el terreno de la investigación básica se están acumulando datos interesantes sobre los mecanismos celulares y moleculares implicados en la ELA, muchos de ellos obtenidos con modelos derivados de pacientes (iPSC). Estos modelos, como se ha comentado, son muy específicos y útiles para generar hipótesis, pero su capacidad para predecir lo que ocurrirá en humanos es limitada.
En el caso del gen VCP, por ejemplo, los estudios apuntan a que ciertas mutaciones alteran procesos clave como la comunicación entre retículo endoplasmático y mitocondrias o la ISR, lo cual podría favorecer la degeneración de las motoneuronas. Estos hallazgos ayudan a perfilar posibles nuevas dianas terapéuticas, pero tienen un alcance poblacional muy reducido, dado que afectan a un porcentaje bajísimo de personas con ELA y, además, están concentrados en determinadas regiones geográficas.
Los propios investigadores reconocen que los resultados obtenidos son confusos y difíciles de interpretar en su conjunto. Por un lado, el modelo celular no es especialmente reproducible; por otro, aunque los datos sean prometedores, lo que demuestran en el mejor de los casos es una posible nueva vía de inicio y desarrollo de la neurodegeneración, no una terapia lista para aplicar en pacientes.
En términos de impacto en la práctica clínica actual, la respuesta honesta es que no hay implicaciones inmediatas. A largo plazo, estos hallazgos podrían abrir la puerta a tratamientos dirigidos a subgrupos muy concretos de pacientes, siempre en condicional y asumiendo que futuras investigaciones confirmen y amplíen los resultados en otros modelos, incluidos modelos in vivo y, finalmente, ensayos en humanos.
El problema del turismo de células madre y los riesgos reales
Mientras la ciencia avanza a su ritmo, en paralelo ha surgido un fenómeno preocupante: el turismo de células madre. Se trata de clínicas, muchas veces en países con regulaciones laxas, que ofrecen tratamientos con células madre para múltiples enfermedades, en especial patologías neurológicas como la ELA, el Parkinson o el Alzheimer, sin una base científica sólida que lo respalde.
Estas clínicas se promocionan sobre todo a través de Internet y suelen presentar los tratamientos como si fueran opciones consolidadas, seguras y con altísima eficacia. Sin embargo, un análisis realizado por científicos de la Universidad de Alberta, que rastrearon este tipo de ofertas mediante búsquedas en Google, evidenció que prácticamente todas estas clínicas ofrecían terapias para indicaciones no aprobadas, exagerando sus beneficios y minimizando los riesgos.
Este trabajo tuvo tanto impacto que llevó a la Sociedad Internacional para la Investigación en Células Madre (ISSCR) a publicar una guía para la investigación responsable en este campo, con recomendaciones sobre cómo diseñar estudios, informar a los pacientes y evitar la explotación comercial de expectativas infundadas.
Los riesgos de estas prácticas no son teóricos. Se ha descrito el caso de un paciente que, años después de recibir un trasplante de células madre, desarrolló múltiples tumores en el sistema nervioso central. Al analizar los tumores, se comprobó que tenían genotipos masculino y femenino, lo que indicaba que procedían al menos de dos donantes diferentes. Este tipo de complicaciones recuerda que la introducción de células ajenas en el sistema nervioso no está exenta de peligros serios.
Por todo ello, muchos expertos coinciden en que la terapia celular para ELA debe continuar restringida a estudios básicos y ensayos clínicos bien controlados. Cualquier uso fuera de estos contextos debería someterse a una supervisión externa rigurosa, que garantice el cumplimiento de estándares de calidad, seguridad y ética, siguiendo las pautas de organismos como la ISSCR. De lo contrario, el riesgo de ofrecer falsas esperanzas y causar daño es demasiado alto.
Mirando el conjunto de la evidencia, la terapia con células madre para la esclerosis lateral amiotrófica se encuentra todavía en una fase temprana y llena de interrogantes. Existen resultados prometedores en modelos animales y algunos indicios de un posible beneficio funcional leve en ensayos pequeños, pero también abundan las limitaciones metodológicas, la falta de reproducibilidad en modelos celulares, la incertidumbre sobre el tipo celular ideal y la mejor vía de administración, y los serios riesgos asociados a aplicaciones no reguladas. De momento, el camino más responsable pasa por seguir investigando con rigor, aumentar el tamaño y la calidad de los ensayos clínicos, y mantener una comunicación honesta con los pacientes sobre lo que estas terapias pueden y no pueden ofrecer hoy en día.


