- Los residuos de plástico PET pueden convertirse mediante reciclaje químico catalítico en compuestos de alto valor como el EHMB, intermediario clave para fármacos y nuevos poliésteres reciclables.
- Bacterias Escherichia coli modificadas genéticamente logran transformar derivados del PET en paracetamol a través de un proceso de fermentación sostenible y biocompatible.
- Ambos enfoques reducen de forma significativa la huella ambiental frente a las rutas petroquímicas tradicionales, disminuyendo residuos, consumo de agua y emisiones de gases de efecto invernadero.
- La combinación de catálisis avanzada, biotecnología y análisis de ciclo de vida impulsa un modelo de economía circular en el que el plástico pasa de residuo problemático a materia prima estratégica para la industria farmacéutica y agroquímica.
Cada año generamos montañas de residuos plásticos, buena parte de ellos en forma de botellas y envases de tereftalato de polietileno (PET), que acaban en vertederos, incineradoras o directamente en el mar. Durante décadas, la respuesta estándar ha sido el reciclaje mecánico, que en muchos casos solo retrasa el problema: el material pierde calidad y termina convertido en productos de menor valor que acabarán, tarde o temprano, también como basura.
Lo realmente rompedor es que ahora la ciencia está demostrando que ese mismo plástico puede transformarse en medicamentos de alto valor, ingredientes farmacéuticos activos (APIs), insecticidas o nuevos polímeros totalmente reciclables. Desde Escocia hasta Edimburgo, distintos grupos de investigación han desarrollado procesos de reciclaje químico y biotecnológico que convierten las botellas de PET en compuestos tan sofisticados como el paracetamol o intermediarios clave para fármacos contra el cáncer, al tiempo que reducen de forma drástica la huella ambiental de la industria química.
Lo realmente rompedor es que ahora la ciencia está demostrando que ese mismo plástico puede transformarse en medicamentos de alto valor, ingredientes farmacéuticos activos (APIs), insecticidas o nuevos polímeros totalmente reciclables. Desde Escocia hasta Edimburgo, distintos grupos de investigación han desarrollado procesos de reciclaje químico y biotecnológico que convierten las botellas de PET en compuestos tan sofisticados como el paracetamol o intermediarios clave para fármacos contra el cáncer, al tiempo que reducen de forma drástica la huella ambiental de la industria química.
Del envase de PET a una “fábrica” de moléculas útiles
El PET es uno de los plásticos más ubicuos: lo encontramos en botellas de refrescos, agua, envases de comida, fibras textiles y multitud de productos de consumo. Aunque es técnicamente reciclable, una gran parte no se recupera y la que sí se recicla suele degradarse en sucesivos ciclos mecánicos, perdiendo propiedades y valor comercial.
Frente a este escenario, varios equipos de investigación han apostado por el reciclaje químico, una estrategia que en lugar de triturar y fundir el plástico, rompe las largas cadenas del polímero en moléculas individuales o en productos químicos de alto valor añadido. Es lo que algunos científicos ya llaman suprarreciclaje o upcycling: transformar un residuo barato y problemático en un producto de categoría “premium”.
Dos líneas de trabajo destacan especialmente en este campo. Por un lado, el grupo de la Universidad de St Andrews, que ha desarrollado un método catalítico para convertir residuos de PET en un compuesto llamado EHMB (4-hidroximetilbenzoato de etilo), un intermediario clave para la síntesis de fármacos y agroquímicos. Por otro, el equipo de la Universidad de Edimburgo, que ha demostrado que bacterias modificadas genéticamente pueden transformar derivados del PET en paracetamol mediante procesos de fermentación.
Estos avances no solo apuntan a un mejor aprovechamiento de los residuos, sino que señalan un cambio profundo en la manera de producir medicamentos: en lugar de partir de combustibles fósiles como el petróleo y el benceno, se parte de residuos plásticos que ya están en circulación, cerrando el ciclo del carbono y reduciendo el impacto climático.
En ambos casos, la clave está en combinar química avanzada, catálisis y biotecnología con una visión de economía circular, donde los materiales no tengan un final de vida lineal, sino que se transformen en nuevas moléculas útiles una y otra vez.
El caso St Andrews: del PET al compuesto EHMB para fármacos contra el cáncer
El trabajo de la Escuela de Química de la Universidad de St Andrews, en Escocia, se ha convertido en uno de los ejemplos más sólidos de reciclaje químico de plásticos orientado a la industria farmacéutica. Liderado por el doctor Amit Kumar y publicado en la revista Angewandte Chemie International Edition, este estudio demuestra que los residuos domésticos de PET pueden ser una materia prima excelente para fabricar moléculas complejas.
En lugar de limitarse a reprocesar el plástico para obtener más PET, el equipo optó por desarrollar un enfoque sintético y mecanicista muy completo que permite despolimerizar el PET y convertirlo en un compuesto hasta ahora inaccesible por esta vía: el 4-(hidroximetil)benzoato de etilo (EHMB). Este compuesto constituye un intermediario central en la síntesis de diversos productos farmacéuticos y agroquímicos.
Entre las aplicaciones más relevantes, el EHMB sirve como bloque de construcción para el imatinib, un conocido medicamento contra ciertos tipos de cáncer; el ácido tranexámico, fármaco que favorece la coagulación sanguínea y se utiliza para controlar hemorragias; y el insecticida fenproximato, empleado en el ámbito agroquímico. Además, el propio EHMB puede polimerizarse para dar lugar a un nuevo poliéster reciclable.
Uno de los puntos fuertes del estudio es que no se queda en la mera demostración de principio. Los investigadores muestran que las condiciones del proceso son suaves, escalables y con una alta eficiencia catalítica, lo que abre la puerta a aplicaciones reales en la industria química y farmacéutica.
El enfoque, además, presenta una clara ventaja estratégica: en lugar de fabricar estos compuestos a partir de materias primas fósiles y reactivos peligrosos, se emplea residuo plástico ya existente, minimizando la generación de subproductos indeseados y mejorando el balance ambiental del conjunto del proceso.
Cómo funciona la semihidrogenación catalítica del PET
El corazón del procedimiento desarrollado en St Andrews es una reacción de semihidrogenación catalizada por rutenio. En términos sencillos, el PET se somete a condiciones que rompen selectivamente las cadenas del polímero y transforman sus unidades en el compuesto EHMB, con la ayuda de un catalizador metálico muy eficiente.
A diferencia del reciclaje mecánico, en el que el plástico se funde y se vuelve a moldear perdiendo calidad, esta técnica descompone el polímero hasta generar moléculas bien definidas. La semihidrogenación se diseña de forma que el proceso sea selectivo, es decir, que prefiera la formación de EHMB frente a otros productos secundarios menos útiles.
El catalizador de rutenio funciona con cargas muy bajas y mantiene su actividad durante largos periodos de tiempo, algo crucial para que el proceso sea viable a nivel industrial. De hecho, el trabajo reporta cifras de número de rotación (TON) de hasta 37.000, un récord para este tipo de transformaciones. Este valor indica cuántas moléculas de producto se pueden generar por cada molécula de catalizador antes de que este se desactive.
Para entender en profundidad cómo se comporta el catalizador y qué intermedios se forman durante la reacción, el equipo combinó análisis cinéticos y estudios mecanísticos detallados. Entre las herramientas empleadas destaca la espectroscopia CEST-NMR, una técnica de resonancia magnética nuclear muy avanzada que permite observar especies transitorias de la reacción y optimizarla paso a paso.
Gracias a esta comprensión fina del mecanismo, los investigadores pudieron ajustar parámetros como la temperatura (moderada, en torno a 80 ºC), el tipo de disolventes (preferentemente de origen biológico) y la carga de catalizador, consiguiendo un sistema no solo muy eficiente, sino también compatible con criterios de sostenibilidad y con una fácil escalabilidad.
En la práctica, esto significa que botellas usadas, textiles y otros residuos de PET postconsumo se pueden someter a este tratamiento para convertirse, con un uso mínimo de energía y reactivos, en un producto químico de gran pureza, listo para entrar en cadenas de síntesis farmacéutica o agroquímica.
De residuos plásticos a medicamentos, agroquímicos y nuevos poliésteres
Una de las grandes virtudes del EHMB es su enorme versatilidad. Este compuesto actúa como intermediario clave en la preparación de diversos principios activos farmacéuticos (APIs) y en la producción de agroquímicos de alto valor, por lo que su demanda potencial es elevada.
A nivel farmacéutico, el EHMB puede transformarse en imatinib, un famoso fármaco contra ciertos tipos de leucemia y otros cánceres; también en ácido tranexámico, utilizado en cirugía y en medicina de urgencias para reducir hemorragias excesivas. A esto se suma su papel en la síntesis de insecticidas como el fenproximato, empleados para proteger cultivos frente a plagas.
El impacto de esta transformación va más allá del simple cambio de materia prima. En la fabricación actual de fármacos, la cantidad de residuos generados por kilo de producto final puede ser enorme, con factores de desperdicio que en algunos casos superan los 100 kilos de desecho por cada kilo de medicina obtenida. Disponer de rutas sintéticas más limpias, basadas en plásticos reciclados, reduce significativamente ese impacto.
Además, el EHMB no se limita a alimentar cadenas farmacéuticas: puede polimerizarse de nuevo para originar un nuevo material, un poliéster denominado PHMB. Este polímero ofrece propiedades muy similares al PET virgen, pero con una ventaja crucial: se ha demostrado que es susceptible de reciclaje químico completo por saponificación, lo que abre la puerta a ciclos cerrados de uso y reutilización.
En otras palabras, el sistema permite cerrar el círculo de la economía plástica: el PET se transforma en EHMB, el EHMB genera fármacos o nuevos poliésteres, y estos últimos pueden reciclarse químicamente varias veces sin perder calidad, manteniendo el carbono dentro de la tecnosfera y reduciendo la dependencia de recursos fósiles nuevos.
Desde el punto de vista económico, este enfoque encaja con el concepto de suprarreciclaje: se pasa de un plástico relativamente barato, con problemas de gestión, a productos químicos de alto valor comercial y tecnológico, lo que mejora la viabilidad financiera del sistema en comparación con otros métodos de reciclaje químico menos rentables.
Impacto ambiental: análisis de ciclo de vida y ventajas frente a la ruta fósil
Los responsables del estudio de St Andrews no se limitaron a demostrar la eficiencia del proceso; también llevaron a cabo un análisis de ciclo de vida (ACV) para comparar el EHMB derivado de residuos de PET con el producido por las rutas petroquímicas convencionales.
Este análisis, diseñado para identificar los puntos críticos de impacto ambiental a lo largo de todo el ciclo de vida del producto, mostró que el EHMB obtenido a partir de residuos de PET es, como mínimo, comparable al derivado de combustibles fósiles en términos generales, y en muchos aspectos claramente superior.
Los resultados indican que la nueva ruta reduce a menos de la mitad la cantidad de residuos generados por cada kilo de producto obtenido. También se observó una disminución notable del consumo de agua y de indicadores ligados a la acidificación y la eutrofización del entorno, dos problemas ambientales asociados a vertidos y emisiones industriales.
Otra ventaja clave es que el proceso aprovecha el carbono que ya circula en la tecnosfera, es decir, en productos en uso o residuos, en vez de extraer más carbono del subsuelo en forma de petróleo o gas. Al hacerlo, se frena la presión sobre los recursos fósiles y se limita la cantidad de dióxido de carbono que se incorpora a la atmósfera a lo largo de la cadena de producción.
El análisis de ciclo de vida simplificado confirma, además, que el nuevo método ofrece importantes beneficios ambientales respecto a los procesos industriales vigentes para producir EHMB, que suelen implicar reactivos peligrosos y etapas con alto consumo de energía. Por tanto, se trata no solo de una opción tecnológicamente avanzada, sino también de un ejemplo sólido de química sostenible aplicada al reciclaje de plásticos.
En conjunto, todo ello genera nuevos incentivos para el desarrollo de materiales y moléculas circulares, ayudando a que el reciclaje químico pase de ser una curiosidad de laboratorio a una herramienta real en la lucha contra la contaminación plástica y la crisis climática.
El salto biotecnológico: bacterias que transforman PET en paracetamol
Mientras en St Andrews se perfeccionan procesos catalíticos, en la Universidad de Edimburgo otro equipo ha optado por una ruta radicalmente diferente: usar microbios vivos para transformar derivados del PET en paracetamol. Este trabajo, liderado por el profesor Stephen Wallace y publicado en Nature Chemistry, abre un frente nuevo dentro del suprarreciclaje químico.
La idea central es explotar la capacidad de la bacteria Escherichia coli, ampliamente utilizada en biotecnología, para realizar reacciones químicas complejas dentro de sus propias células. Partiendo de ácido tereftálico, la molécula que se obtiene al degradar químicamente el PET, los investigadores han conseguido que la E. coli modificada convierta este compuesto en el principio activo del paracetamol mediante un proceso de fermentación.
El propio Wallace compara su sistema con la elaboración de cerveza: del mismo modo que la levadura transforma los azúcares del mosto en alcohol, estas bacterias fermentan las moléculas derivadas del plástico para obtener un analgésico ampliamente utilizado en todo el mundo. Todo ello, además, bajo condiciones suaves y con un consumo de energía muy reducido.
Actualmente, la mayoría del paracetamol producido a gran escala se sintetiza a partir de benceno, un petroquímico derivado del petróleo crudo. Este proceso industrial implica diversas etapas de refinado y transformación que generan importantes emisiones de gases de efecto invernadero, además de requerir materias primas fósiles finitas.
Según destaca el equipo de Edimburgo, el caso del paracetamol es un excelente ejemplo de cómo la medicina moderna sigue anclada en recursos poco sostenibles. Sustituir parte de esa cadena fósil por residuos plásticos reciclados biológicamente podría suponer un avance importante hacia modelos de producción farmacéutica más circulares y respetuosos con el clima.
Fermentación sostenible y reacción de Lossen dentro de la célula
Desde el punto de vista técnico, el avance de Edimburgo se apoya en dos pilares: la fermentación sostenible a temperatura ambiente y la adaptación a sistemas biológicos de una reacción química clásica, la transposición (o reordenamiento) de Lossen, descubierta en el siglo XIX.
El proceso comienza con la descomposición de las botellas de PET para obtener ácido tereftálico. A continuación, este ácido se introduce en biorreactores donde las bacterias E. coli modificadas lo absorben y lo incorporan a su metabolismo. Mediante ingeniería genética y metabólica, el equipo de Wallace ha redirigido rutas internas de la bacteria para convertir los intermediarios en PABA (ácido p-aminobenzoico) y, finalmente, en paracetamol.
La novedad más llamativa es que, dentro de la célula, se lleva a cabo una transposición de Lossen, una reacción que tradicionalmente requiere condiciones básicas, calor o catalizadores metálicos generalmente incompatibles con organismos vivos. En este caso, los científicos demostraron que los iones fosfato presentes de forma natural en las bacterias pueden catalizar dicha reacción de forma biocompatible.
Para lograrlo, se introdujeron genes procedentes de hongos y otras bacterias, dotando a la E. coli de la maquinaria enzimática necesaria para completar todas las etapas. El resultado es una cepa capaz de realizar en su interior varias transformaciones químicas que, en un laboratorio convencional, requerirían múltiples pasos sintéticos, reactivos adicionales y, a menudo, condiciones agresivas.
El proceso de fermentación se desarrolla a temperatura ambiente, sin necesidad de altas presiones ni catalizadores tóxicos, y consigue rendimientos de conversión del 90-92 % en menos de 24 horas. Además, las emisiones de carbono asociadas son mínimas, especialmente si se compara con las rutas petroquímicas estándar.
En fases iniciales de ensayo, el sistema ha sido capaz de producir cantidades de paracetamol equivalentes a unas pocas tabletas por litro de PET procesado, lo que demuestra la viabilidad del concepto, aunque todavía quede camino por recorrer hasta llegar a una producción a escala industrial.
Ventajas ambientales, limitaciones actuales y retos de escalado
El enfoque biotecnológico desarrollado en Edimburgo encaja plenamente en el marco del suprarreciclaje químico con baja huella de carbono. Al convertir residuos plásticos en un medicamento esencial, se combinan dos objetivos: gestionar mejor los desechos y reducir la dependencia de combustibles fósiles en la industria farmacéutica.
Entre sus ventajas ambientales destacan el bajo consumo energético (al operar a temperatura ambiente), la ausencia de catalizadores metálicos tóxicos y la casi nula emisión directa de CO₂ durante la fermentación. Además, el uso de residuos como materia prima evita la extracción de nuevos recursos fósiles y se alinea con las políticas de economía circular.
Las propias compañías farmacéuticas han mostrado interés. AstraZeneca, por ejemplo, ha contribuido a financiar el estudio y colabora con el equipo de Wallace para evaluar la escalabilidad del proceso y su posible integración en cadenas de producción reales. No obstante, los investigadores reconocen que la tecnología aún está lejos de implantarse a gran escala.
Entre las principales limitaciones se encuentran la necesidad de aumentar los volúmenes de producción, garantizar la estabilidad y seguridad de las cepas bacterianas modificadas, y superar las fases regulatorias asociadas a cualquier cambio significativo en la fabricación de medicamentos, incluidas eventuales pruebas y validaciones adicionales para asegurar la calidad del producto final.
A pesar de estos desafíos, el proyecto marca el inicio de lo que muchos consideran una nueva era en la producción de fármacos sostenibles, donde la química clásica y la biología sintética se combinan para construir plataformas híbridas de síntesis. La posibilidad de adaptar este enfoque a otros residuos plásticos y a la fabricación de múltiples principios activos se perfila como una línea de investigación con un enorme potencial.
En definitiva, aunque aún no sea posible “salir del bar con un vaso de plástico y convertirlo en tu propia medicina para la resaca”, como bromea el propio Wallace, la base científica para acercarse a ese escenario ya está en marcha.


