- Un gran estudio observacional en Italia relaciona un mayor consumo de ultraprocesados con más mortalidad en supervivientes de cáncer.
- Quienes más ultraprocesados comen presentan hasta un 48% más de riesgo de muerte por cualquier causa y un 59% más por cáncer.
- La calidad nutricional no explica por sí sola el riesgo: el procesamiento industrial y los aditivos parecen influir de forma independiente.
- Reducir ultraprocesados y priorizar alimentos frescos, poco procesados y cocinados en casa se perfila como estrategia clave tras el cáncer.
Para muchas personas que han superado un tumor, la etapa posterior al tratamiento se convierte en una carrera de fondo en la que cada decisión sobre el estilo de vida cuenta. En ese contexto, la alimentación de los supervivientes de cáncer ha pasado a ocupar un papel central en la investigación médica, especialmente por el auge de los alimentos ultraprocesados en la dieta diaria.
En los últimos años, varios trabajos científicos han puesto el foco en un mismo punto: la posible relación entre el alto consumo de ultraprocesados y un mayor riesgo de mortalidad en quienes ya han pasado por un cáncer. Un gran estudio realizado en Italia y publicado en la revista especializada Cancer Epidemiology, Biomarkers & Prevention ha reavivado el debate, al mostrar que no solo importan las calorías o los nutrientes, sino también el grado de procesamiento industrial de los alimentos.
Un gran estudio en supervivientes de cáncer: quiénes participaron y cómo se siguió su dieta
La investigación procede de la Unidad de Investigación de Epidemiología y Prevención del IRCCS Neuromed, en el sur de Italia, y se enmarca dentro del conocido estudio Moli-sani, una gran cohorte poblacional que sigue desde 2005 a miles de residentes en la región de Molise. De las 24.000 personas inicialmente incluidas, se seleccionó a 802 supervivientes de cáncer (476 mujeres y 326 hombres) mayores de 35 años que habían detallado con precisión sus hábitos alimentarios.
Estos participantes fueron sometidos a un seguimiento prolongado, con una mediana de 14,6 años de observación entre marzo de 2005 y diciembre de 2022. Durante ese periodo se registraron 281 fallecimientos entre las personas que habían superado un cáncer, lo que permitió analizar cómo se relacionaba su patrón de consumo de ultraprocesados con la supervivencia a largo plazo.
Para recoger la información dietética, los investigadores utilizaron un cuestionario de frecuencia de consumo similar al empleado en el proyecto europeo EPIC (Investigación Prospectiva Europea sobre Cáncer y Nutrición). Con esos datos, cada alimento consumido se clasificó según el sistema NOVA, que agrupa los productos en cuatro categorías en función del nivel de transformación industrial, reservando el último grupo para los alimentos ultraprocesados.
Una vez clasificados los productos, el equipo cuantificó la presencia de ultraprocesados en la dieta de dos maneras complementarias: la proporción en peso —qué parte del total de gramos ingeridos al día procedía de ultraprocesados— y la proporción energética, es decir, el porcentaje de calorías diarias que venían de estos productos. Esta doble aproximación permitía afinar el análisis, ya que algunos alimentos pesan mucho pero aportan pocas calorías, y otros concentran mucha energía en poco volumen.
Qué son exactamente los alimentos ultraprocesados y por qué preocupan
Los ultraprocesados son productos que, más que alimentos en sentido tradicional, son formulaciones industriales creadas a partir de ingredientes refinados y aditivos alimentarios. Suelen elaborarse con azúcares añadidos, harinas muy refinadas, grasas de baja calidad y una larga lista de sustancias tecnológicas que mejoran el sabor, la textura o la duración en el estante.
En este grupo se encuentran, por ejemplo, bollería industrial, cereales de desayuno azucarados, refrescos y bebidas endulzadas, snacks salados, platos listos para calentar, helados, ciertos productos cárnicos muy procesados y salsas o untables industriales. Son artículos pensados para ser cómodos, baratos y muy apetecibles, pero que aportan pocas vitaminas, minerales y fibra en comparación con su densidad calórica.
Además de su pobre perfil nutricional, estos productos suelen contener sustancias como conservantes, colorantes, saborizantes artificiales, emulsionantes y otros aditivos que no forman parte de la cocina tradicional. Según los investigadores de Neuromed, el organismo humano no está especialmente adaptado a manejar de forma continuada este tipo de mezclas, lo que podría alterar la microbiota intestinal, favorecer estados inflamatorios crónicos y modificar procesos metabólicos clave.
Precisamente por ello, distintas sociedades científicas europeas y guías dietéticas han empezado a señalar que la preocupación con los ultraprocesados va más allá del exceso de azúcar, grasa o sal. Lo que inquieta es el conjunto: el perfil nutricional, el tipo de ingredientes empleados y el modo en que se combinan y transforman en la cadena industrial, algo que puede tener implicaciones concretas en poblaciones delicadas como los supervivientes de cáncer.
Resultados: más ultraprocesados, más riesgo de morir tras el cáncer
Una vez analizados los datos y ajustados por multitud de factores —edad, sexo, tabaquismo, índice de masa corporal, actividad física en el tiempo libre, historial médico, tipo de tumor y calidad general de la dieta medida con una escala de adherencia a la dieta mediterránea—, las cifras fueron claras. Las personas situadas en el tercio con mayor proporción en peso de alimentos ultraprocesados en su menú diario presentaron:
- Un 48% más de mortalidad por cualquier causa en comparación con el tercio que menos ultraprocesados consumía.
- Un 59% más de mortalidad por cáncer respecto al grupo con menor consumo.
Cuando se utilizó la proporción energética —el porcentaje de calorías diarias procedentes de ultraprocesados—, la asociación se mantuvo de forma consistente para la mortalidad específica por cáncer, aunque fue menos evidente para otras causas de muerte. Los autores recuerdan que esta discrepancia tiene sentido, porque la carga calórica y el volumen físico de los alimentos no siempre van de la mano.
Un aspecto especialmente relevante para la comunidad científica europea es que estas asociaciones persistieron incluso después de tener en cuenta la calidad global de la dieta. Es decir, aunque una persona mantuviera un patrón relativamente cercano a la dieta mediterránea, si una fracción importante de lo que comía era ultraprocesado, el riesgo seguía siendo mayor que en quienes basaban su alimentación en productos frescos y mínimamente procesados.
En conjunto, estos datos apuntan a que el problema no se limita a comer “más o menos sano” en términos clásicos, sino que el nivel de elaboración industrial de los alimentos parece jugar un papel propio en la supervivencia a largo plazo tras un cáncer.
Inflamación, corazón y metabolismo: las posibles claves biológicas
Para intentar entender el porqué de este aumento de riesgo, el equipo de Neuromed evaluó distintos biomarcadores inflamatorios, metabólicos y cardiovasculares obtenidos de muestras y registros clínicos de los participantes. La idea era comprobar si ciertas alteraciones fisiológicas mediaban la relación entre consumo de ultraprocesados y mortalidad.
Al ajustar los modelos estadísticos por marcadores de inflamación y frecuencia cardíaca en reposo, la fuerza de la asociación entre ultraprocesados y muerte por cualquier causa se redujo aproximadamente en un 37%. Esto sugiere que una parte importante de ese exceso de riesgo podría explicarse por un estado inflamatorio sostenido y una mayor carga para el sistema cardiovascular.
Además, los investigadores exploraron cómo se comportaban distintos subgrupos de ultraprocesados, como bebidas azucaradas o edulcoradas, carnes procesadas, lácteos industriales, snacks salados, alimentos ricos en almidón refinado, dulces y bollería. Aunque algunos de estos grupos mostraron asociaciones más claras que otros con el riesgo de muerte, el patrón general fue que el problema se entiende mejor observando el conjunto de la dieta y no un producto aislado.
En palabras de los autores, interpretar el efecto de un solo alimento ultraprocesado fuera de contexto resulta engañoso; lo que realmente pesa es un patrón sostenido en el tiempo basado en productos muy transformados, ricos en aditivos y pobres en nutrientes protectores. Para supervivientes de cáncer, cuyo organismo ya ha atravesado tratamientos agresivos, este entorno metabólico podría ser especialmente desfavorable.
Implicaciones para España y Europa: qué puede cambiar en la mesa
Los resultados de este trabajo, desarrollado en una población mediterránea, son especialmente relevantes para países como España, Italia, Francia o Portugal, donde la dieta tradicional se ha considerado durante décadas un modelo de alimentación saludable. En la práctica, esa dieta se basaba en productos frescos, legumbres, frutas, verduras, cereales integrales, aceite de oliva y pescado, con un papel limitado para los alimentos industrialmente muy transformados.
Sin embargo, los datos de consumo recogidos en la Unión Europea muestran que, también en el sur de Europa, los ultraprocesados han ido ganando terreno, sobre todo entre los hogares urbanos y los más jóvenes. Platos preparados, snacks para picar entre horas, bebidas azucaradas y bollería empaquetada forman ya parte habitual de muchas despensas, también en familias donde hay personas que han superado un cáncer.
Este panorama preocupa a oncólogos, nutricionistas y entidades dedicadas a la prevención del cáncer en Europa, que llevan años insistiendo en la necesidad de que las recomendaciones dietéticas para supervivientes no se queden solo en el conteo de calorías o en la reducción de grasas. La evidencia que llega desde Italia refuerza la idea de que es necesario hablar explícitamente de procesamiento industrial y de la conveniencia de desplazar el centro de gravedad de la dieta hacia alimentos sencillos y poco manipulados.
En España, muchas guías de alimentación saludable ya desaconsejan el consumo frecuente de refrescos, bollería industrial y productos listos para calentar, pero este tipo de hallazgos podría impulsar recomendaciones específicas para la población oncológica: desde las unidades de nutrición hospitalaria hasta los programas de seguimiento en Atención Primaria y asociaciones de pacientes.
Consejos prácticos: cómo reducir ultraprocesados tras un cáncer
Más allá de los números, el estudio deja un mensaje relativamente sencillo para quienes han pasado por un cáncer y sus familias: lo que más importa es el patrón global de alimentación. No se trata de demonizar un producto concreto, sino de evitar que la base de la dieta esté formada por artículos salidos de la industria con listas de ingredientes interminables.
Entre las recomendaciones que pueden extrapolarse de los datos y de las declaraciones de los investigadores, destacan varias pautas prácticas aplicables en España y en otros países europeos:
- Revisar las etiquetas: si un producto presenta más de cinco ingredientes o incorpora aditivos que no formarían parte de una receta casera, es muy probable que sea ultraprocesado.
- Volver a lo sencillo: priorizar frutas, verduras, legumbres, frutos secos naturales, cereales integrales, huevos, pescado, carne fresca y lácteos poco transformados frente a snacks empaquetados o platos preparados.
- Cocinar en casa con más frecuencia: preparar raciones extra de platos caseros —guisos, cremas de verduras, potajes, ensaladas completas— facilita tener alternativas listas sin recurrir al listo para calentar.
- Limitar bebidas azucaradas y bollería: reservar refrescos, bollos y dulces industriales para ocasiones muy puntuales y no como elemento diario de la dieta.
- Consultar con profesionales: los dietistas-nutricionistas y equipos de nutrición oncológica pueden ayudar a adaptar estas pautas a las necesidades de cada persona, teniendo en cuenta el tipo de tumor, los tratamientos recibidos y otras patologías asociadas.
Aunque los propios autores subrayan que se trata de un estudio observacional —y por tanto no permite afirmar de forma absoluta que los ultraprocesados sean la causa directa del aumento de mortalidad—, la consistencia de los resultados y la coherencia con lo que ya se sabe sobre inflamación, riesgo cardiovascular y cáncer hacen que el mensaje de prudencia cobre fuerza.
La evidencia disponible apunta a que, para quienes han superado un cáncer, cuidar la dieta no pasa solo por contar calorías o vigilar las grasas, sino por recuperar un patrón alimentario basado en alimentos frescos y mínimamente procesados, donde los productos ultraprocesados tengan un papel muy secundario. Este cambio, asumible poco a poco en la mayoría de hogares europeos, se perfila como una de las herramientas más accesibles para intentar mejorar la supervivencia y la calidad de vida tras la enfermedad oncológica.





